Homilía del P. Rogelio Deán Puerta, párroco la Parroquia del Cobre, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 18 de enero de 2026, II Domingo del Tiempo Ordinario

“Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” Juan 1, 34

Mis hermanos,

Compartimos la palabra de Dios y reflexionamos un poco a ver en qué sentido puede iluminar nuestra vida.

En la primera lectura del libro del profeta Isaías hay un versículo de fuerza muy interesante y fíjense como dice, sencillamente, «Dios fue mi fuerza.» Cuando uno va leyendo la historia de la salvación en el Antiguo Testamento, uno va descubriendo como más allá de los avatares de la historia, sabemos que el pueblo de Israel es el pueblo elegido por Dios. Y sabemos cómo ese pueblo fue haciendo un camino y cómo Dios se le fue revelando, y Dios le fue conduciendo por diversos caminos. Camino que ciertamente no estuvo exento de muchas dificultades, de muchos dolores, de muchas cruces, de muchas pruebas.

Y es que ciertamente en la vida de fe, siempre han existido y van a existir las pruebas. Y en medio de tantas pruebas, como también podemos decir que nosotros los cubanos acá en la isla estamos viviendo muchas pruebas, uno tiene que identificar de dónde uno saca la fuerza, dónde uno encuentra la fuerza en medio de la debilidad personal de uno, para vencer las pruebas. Vencer en las tentaciones, vencer el agobio y no dejarse rendir en el avance de ese camino al que Dios nos convoca.

Ciertamente, Dios camina con nosotros. Dios no solo indica el camino, sino también Dios hace camino con nosotros. Y qué bueno que nosotros en nuestra experiencia diaria de oración, de meditación, de lectura de la palabra, podamos hacer conscientes la presencia de Dios en nuestra vida. De ahí viene la fuerza. Porque evidentemente con nuestra fuerza personal no podemos lograr nada. Necesitamos por sobre todas las cosas, la fuerza de Dios.

Entonces, qué bien eh cuando en el salmo decimos, «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.» Esa fuerza de Dios se hace operativa, esa fuerza de Dios crece en tanto y en cuanto, a pesar de las caídas que vamos a tener, uno se reafirma en buscar, defender y seguir la voluntad de Dios.

A veces cuando muchas veces nos disponemos a seguir la voluntad de Dios, la vemos clara y decimos, «Vamos por ahí.» Pero por el camino nos vamos a veces cansando, nos caemos y entonces nos rendimos. No. O sea, uno tiene que renovar desde la fe la voluntad de decir, «No, no, no. Mi voluntad es la de Dios. Mi voluntad se renueva en la del Señor”, y a veces es difícil, pero es la voluntad del Señor, es el camino que me va a conducir a mí a la felicidad.

¿Cuál es la voluntad de Dios? Que yo sea feliz. ¿Para qué vengo a la iglesia? Una vez se lo decía un catecúmeno, «A ver, dime, ¿para qué tú vienes a la iglesia?» Entonces me buscaba muchas palabras y le decía, «Mira, muy sencillo, a la iglesia tú vienes porque tú quieres ser feliz. Dios quiere que tú y yo seamos felices.» ¿Y cuál es el camino? Su voluntad. Porque Él nos va guiando por un camino ciertamente a veces difícil, pero que conduce a la felicidad, porque Dios no se deja ganar en generosidad. Porque Dios siempre puede más. Y hay que repetirse aquí adentro, la victoria por encima de todo es del Señor.

Y por eso Pablo se comunica, comparte la paz del Señor, se presenta como testigo. ¿Quién es el creyente? ¿Quién es el discípulo? ¿Quién es el apóstol? Un testigo. Y evidentemente no se puede ser testigo del Señor, no se puede ser testigo del amor del Señor, de las maravillas del Señor, si uno no la experimenta en primer lugar dentro de uno. Uno comparte lo que uno vive, tú no puedes compartir lo que no vives. Si quieres que el amor de Dios se canalice a través de ti hacia los demás, tú tienes que experimentar el amor de Dios, tú tienes que ser testigo en directo del Señor.

En esa misma dirección va Juan el Bautista. ¿Quién es Juan el Bautista? Un testigo de la verdad. Y entonces, ¿a qué se dedicó Juan el Bautista? ¿Cuál es la misión de Juan el Bautista? Preparar el camino del Señor. ¿Cuál era la voluntad de Dios sobre Juan el Bautista? Con mucha humildad, con mucha sencillez a la manera del Bautista, porque Dios cuando expresa su voluntad sobre ti, no es que te anule en tu modo de ser, en tu forma, en tu diferencia, no. Dios cuenta con tu diferencia.

Y de hecho Juan el Bautista, al parecer, era bien original. ¿Qué hacía Juan el Bautista? Preparar el camino del Señor. ¿Qué tenemos que hacer nosotros, los que decimos que somos cristianos, los que seguimos a Cristo? Preparar el camino del Señor. ¿Dónde? En tu trabajo, en tu centro de estudios, en el barrio, donde estés. Quitarte tú un poco, eso que nos cuesta tanto trabajo a veces, que constantemente nos estamos poniendo nosotros para brillar, para llamar la atención, no. Por eso el Bautista en otro momento dice, «Es necesario que yo mengüe, que yo baje para que Él crezca.»

¿Cuál es la misión tuya y mía como cristianos? Abrirle camino al Señor. Preparar la tierra en el corazón de las demás personas para que llegue el Señor. Y necesitamos, hoy más que nunca que el Señor llegue, que el Señor nos abrace, que el Señor nos levante, que el Señor nos dé ánimo. Entonces somos enviados a la esperanza porque que va preparando el camino del Señor en los corazones de los demás, es un enviado de la esperanza. Si usted no es un testigo de la esperanza, no es un propagador de la esperanza, usted no va por los caminos del Señor. Porque la esperanza, la esperanza tiene que distinguirnos como cristianos.

Somos testigos de la esperanza, testigos del amor. Por eso tenemos que ayudarnos los unos a los otros en los momentos difíciles. Y tenemos que ayudarnos a levantarnos. ¿Cuántas veces en su palabra el Señor dice, «Levántate”? Tenemos que ayudarnos los unos a los otros a levantarnos, a seguir ese camino, ese camino de amor. Porque si no es un camino de amor, no es el camino del Señor. Si ese camino trae verdad y trae justicia, pero no trae amor, pon en duda ese camino porque el camino del Señor, aunque traiga justicia, siempre tiene que traer amor.

Vamos entonces a darnos la oportunidad igual que el Bautista, de abrirnos a ese Espíritu que viene a nuestro encuentro, que se manifiesta, ese espíritu que va sosteniendo nuestra vida, que es el Espíritu Santo del Señor y decir, «Ven, Espíritu Santo sobre mí todos los días para poder ser testigos eh de tantas cosas que el Señor quiere hacer en nuestra vida”. Tenemos que ser testigos de su amor, testigos de su presencia.

Que nuestra madre, la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de Jesús y madre nuestra, os haga siempre ser por sobre todas las cosas, testigos de la esperanza. Que así sea.

Homilía del P. Rogelio Deán Puerta, párroco la Parroquia del Cobre, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 18 de enero de 2026, II Domingo del Tiempo Ordinario

“Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” Juan 1, 34

Mis hermanos,

Compartimos la palabra de Dios y reflexionamos un poco a ver en qué sentido puede iluminar nuestra vida.

En la primera lectura del libro del profeta Isaías hay un versículo de fuerza muy interesante y fíjense como dice, sencillamente, «Dios fue mi fuerza.» Cuando uno va leyendo la historia de la salvación en el Antiguo Testamento, uno va descubriendo como más allá de los avatares de la historia, sabemos que el pueblo de Israel es el pueblo elegido por Dios. Y sabemos cómo ese pueblo fue haciendo un camino y cómo Dios se le fue revelando, y Dios le fue conduciendo por diversos caminos. Camino que ciertamente no estuvo exento de muchas dificultades, de muchos dolores, de muchas cruces, de muchas pruebas.

Y es que ciertamente en la vida de fe, siempre han existido y van a existir las pruebas. Y en medio de tantas pruebas, como también podemos decir que nosotros los cubanos acá en la isla estamos viviendo muchas pruebas, uno tiene que identificar de dónde uno saca la fuerza, dónde uno encuentra la fuerza en medio de la debilidad personal de uno, para vencer las pruebas. Vencer en las tentaciones, vencer el agobio y no dejarse rendir en el avance de ese camino al que Dios nos convoca.

Ciertamente, Dios camina con nosotros. Dios no solo indica el camino, sino también Dios hace camino con nosotros. Y qué bueno que nosotros en nuestra experiencia diaria de oración, de meditación, de lectura de la palabra, podamos hacer conscientes la presencia de Dios en nuestra vida. De ahí viene la fuerza. Porque evidentemente con nuestra fuerza personal no podemos lograr nada. Necesitamos por sobre todas las cosas, la fuerza de Dios.

Entonces, qué bien eh cuando en el salmo decimos, «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.» Esa fuerza de Dios se hace operativa, esa fuerza de Dios crece en tanto y en cuanto, a pesar de las caídas que vamos a tener, uno se reafirma en buscar, defender y seguir la voluntad de Dios.

A veces cuando muchas veces nos disponemos a seguir la voluntad de Dios, la vemos clara y decimos, «Vamos por ahí.» Pero por el camino nos vamos a veces cansando, nos caemos y entonces nos rendimos. No. O sea, uno tiene que renovar desde la fe la voluntad de decir, «No, no, no. Mi voluntad es la de Dios. Mi voluntad se renueva en la del Señor”, y a veces es difícil, pero es la voluntad del Señor, es el camino que me va a conducir a mí a la felicidad.

¿Cuál es la voluntad de Dios? Que yo sea feliz. ¿Para qué vengo a la iglesia? Una vez se lo decía un catecúmeno, «A ver, dime, ¿para qué tú vienes a la iglesia?» Entonces me buscaba muchas palabras y le decía, «Mira, muy sencillo, a la iglesia tú vienes porque tú quieres ser feliz. Dios quiere que tú y yo seamos felices.» ¿Y cuál es el camino? Su voluntad. Porque Él nos va guiando por un camino ciertamente a veces difícil, pero que conduce a la felicidad, porque Dios no se deja ganar en generosidad. Porque Dios siempre puede más. Y hay que repetirse aquí adentro, la victoria por encima de todo es del Señor.

Y por eso Pablo se comunica, comparte la paz del Señor, se presenta como testigo. ¿Quién es el creyente? ¿Quién es el discípulo? ¿Quién es el apóstol? Un testigo. Y evidentemente no se puede ser testigo del Señor, no se puede ser testigo del amor del Señor, de las maravillas del Señor, si uno no la experimenta en primer lugar dentro de uno. Uno comparte lo que uno vive, tú no puedes compartir lo que no vives. Si quieres que el amor de Dios se canalice a través de ti hacia los demás, tú tienes que experimentar el amor de Dios, tú tienes que ser testigo en directo del Señor.

En esa misma dirección va Juan el Bautista. ¿Quién es Juan el Bautista? Un testigo de la verdad. Y entonces, ¿a qué se dedicó Juan el Bautista? ¿Cuál es la misión de Juan el Bautista? Preparar el camino del Señor. ¿Cuál era la voluntad de Dios sobre Juan el Bautista? Con mucha humildad, con mucha sencillez a la manera del Bautista, porque Dios cuando expresa su voluntad sobre ti, no es que te anule en tu modo de ser, en tu forma, en tu diferencia, no. Dios cuenta con tu diferencia.

Y de hecho Juan el Bautista, al parecer, era bien original. ¿Qué hacía Juan el Bautista? Preparar el camino del Señor. ¿Qué tenemos que hacer nosotros, los que decimos que somos cristianos, los que seguimos a Cristo? Preparar el camino del Señor. ¿Dónde? En tu trabajo, en tu centro de estudios, en el barrio, donde estés. Quitarte tú un poco, eso que nos cuesta tanto trabajo a veces, que constantemente nos estamos poniendo nosotros para brillar, para llamar la atención, no. Por eso el Bautista en otro momento dice, «Es necesario que yo mengüe, que yo baje para que Él crezca.»

¿Cuál es la misión tuya y mía como cristianos? Abrirle camino al Señor. Preparar la tierra en el corazón de las demás personas para que llegue el Señor. Y necesitamos, hoy más que nunca que el Señor llegue, que el Señor nos abrace, que el Señor nos levante, que el Señor nos dé ánimo. Entonces somos enviados a la esperanza porque que va preparando el camino del Señor en los corazones de los demás, es un enviado de la esperanza. Si usted no es un testigo de la esperanza, no es un propagador de la esperanza, usted no va por los caminos del Señor. Porque la esperanza, la esperanza tiene que distinguirnos como cristianos.

Somos testigos de la esperanza, testigos del amor. Por eso tenemos que ayudarnos los unos a los otros en los momentos difíciles. Y tenemos que ayudarnos a levantarnos. ¿Cuántas veces en su palabra el Señor dice, «Levántate”? Tenemos que ayudarnos los unos a los otros a levantarnos, a seguir ese camino, ese camino de amor. Porque si no es un camino de amor, no es el camino del Señor. Si ese camino trae verdad y trae justicia, pero no trae amor, pon en duda ese camino porque el camino del Señor, aunque traiga justicia, siempre tiene que traer amor.

Vamos entonces a darnos la oportunidad igual que el Bautista, de abrirnos a ese Espíritu que viene a nuestro encuentro, que se manifiesta, ese espíritu que va sosteniendo nuestra vida, que es el Espíritu Santo del Señor y decir, «Ven, Espíritu Santo sobre mí todos los días para poder ser testigos eh de tantas cosas que el Señor quiere hacer en nuestra vida”. Tenemos que ser testigos de su amor, testigos de su presencia.

Que nuestra madre, la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de Jesús y madre nuestra, os haga siempre ser por sobre todas las cosas, testigos de la esperanza. Que así sea.

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