Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios y como siempre estoy feliz de poder encontrarnos por este medio.
El Evangelio de Mateo nos sitúa en una escena fundacional. Al ver a las multitudes, Jesús sube al monte, se sienta, como buen Maestro, y sus discípulos se acercan a Él. Entonces, pronuncia las palabras que abren el Sermón de la Montaña: las Bienaventuranzas. Ellas son como el gran pórtico de entrada que muestra de manera inconfundible cuál es la propuesta de vida que Jesús hace a sus discípulos y a toda aquella persona que quiera escucharlo. Sus palabras son también una muestra clara de hacia dónde se mueve el corazón del Padre.
Este momento no es una enseñanza más; es la Carta Magna del Reino de los Cielos, la revelación del corazón de Dios y el perfil del auténtico discípulo. Este pasaje ilumina de manera poderosa la identidad y la misión de quienes, siguiendo al Maestro, se sientan y se ponen en camino para acompañar a otros en la fe.
Ellas anuncian la lógica del Reino. Declaran felices a los frágiles, los que lloran, los pacíficos, los perseguidos. El catequista está llamado a anunciar esta lógica invertida del Reino, que es la lógica del amor y la entrega. Su labor es ayudar a descubrir que la verdadera dicha no está en el tener, el aparentar o el dominar, sino en el amor recibido y entregado, en la paz construida, en la fidelidad a Jesús incluso cuando cuesta. Es una tarea profética: contracultural y esperanzadora.
Al igual que los discípulos y que aquella muchedumbre que escuchaba a Jesús, estamos invitados a buscar la felicidad en los valores de las bienaventuranzas, aunque eso suponga asumir reacciones adversas de nuestro entorno más cercano y de nuestra sociedad.
Hoy, Día del Catequista, recordamos que ellos son discípulos a los pies del Maestro.
Antes de enseñar, el catequista es aquel que, como los primeros discípulos, “se acerca” a Jesús. Sube al monte de la oración, el estudio y la escucha. Su primera tarea no es hablar, sino dejarse interpelar por esa Palabra que es a la vez consuelo y desafío. Las Bienaventuranzas son primero para él, para ella. Son la brújula de su propio corazón: llamado a confiar plenamente en Dios, a ser acogedor y paciente, hambriento de justicia, misericordioso, capaz de perdón y comprensión. Un catequista que no busca vivir personalmente estas bienaventuranzas transmite un conocimiento frío, no el gozo del Evangelio.
El catequista no “atrapa” para sí, sino que atrae hacia Cristo mostrando el rostro de un Dios que está del lado del que sufre, del corazón puro, del que busca la paz. Su enseñanza más elocuente es testimoniar que, aun en la pobreza, el duelo o la incomprensión, se puede ser dichoso porque Dios nos alcanza con su consuelo, su cercanía y su promesa de un horizonte eterno “porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.
Hoy el Señor nos vuelve a decir desde el monte: “Felices…”. Es una palabra dirigida a cada hombre y mujer que, con dedicación y creatividad, siembra y riega la semilla de la Palabra en medio del mundo. Nuestra misión es esencial: no solo transmitir conceptos, sino señalar la fuente de la verdadera felicidad y acompañar en el camino para alcanzarla. Seamos discípulos cercanos al Maestro y, a la vez, guías que señalan con su vida y su palabra que las Bienaventuranzas no son un sueño lejano, sino la realidad gozosa y desafiante de quien sigue a Jesús.
¡Feliz Día del Catequista! Que la fuerza de las Bienaventuranzas sea su alimento y su anuncio más creíble.
Que María, Madre de la Caridad, ponga a Jesús en nuestro corazón.
