Hemos escuchado en esta lectura las llamadas “bienaventuranzas” pronunciadas por Jesús en el Sermón de la Montaña, y con las que quiso mostrarnos a todos el camino de la bienaventuranza o la felicidad del cielo.
Al leer las bienaventuranzas, uno recuerda aquel episodio del Evangelio donde los propios familiares de Jesús vinieron a llevárselo porque pensaban que “se había vuelto loco”. Uno los comprende, porque de verdad hay que estar medio loco para llamar dichosos a los pobres, a los que lloran, a los que sufren.
Imagínense que Jesucristo llegara hoy al Parque Agramonte y dijera a todos los allí sentados: “Felices los que no tienen dinero para comprar en las shoping, felices los calumniados, felices los que lloran, felices los que sufren”. ¿Qué reacción habría en la gente que lo estaría escuchando? “Llévenlo para el siquiátrico e ingrésenlo” es lo menos que dirían.
San Pablo VI enseñó: “Quien no ha escuchado las bienaventuranzas no conoce el Evangelio. Y quien no las ha meditado, no conoce a Cristo”.
Y es que el mundo pone la felicidad en el placer, el poder, las riquezas, los lujos, las vanidades, el comer bien, el beber buenas bebidas, los viajes, el honor, los aplausos…
Jesús, en cambio, invita a la pobreza, a la humildad, a la sinceridad, a la paciencia en el sufrimiento…
San Gregorio Niceno, un obispo del siglo IV, compara las bienaventuranzas con una escalera para subir al cielo. Fundados en esta comparación, podemos distinguir en ella tres grados ascendentes hacia la más perfecta santidad.
Las tres primeras bienaventuranzas (Mt. 5, 3-5) comprenden los impedimentos que se nos pueden atravesar en el camino de la virtud. El mundo pone la mayor felicidad en las riquezas, los honores y los placeres. Cristo enseña, por el contrario, que estas cosas son un obstáculo para la verdadera felicidad, que hay que buscar con una disposición de ánimo completamente contraria, oponiendo, al amor a las riquezas, la pobreza; a los deseos de honras, la humilde mansedumbre; y a los placeres mundanos, las lágrimas del sufrimiento y la penitencia.
Siguen después (v. 6-8) tres principios fundamentales que han de regir la vida del que quiera pertenecer al reino de Cristo. El primero se refiere a las relaciones para con Dios, fomentando un deseo ardiente de hacer en todo, su santísima voluntad (cuarta bienaventuranza); el segundo, para con el prójimo, ejercitando con él la caridad fraterna (quinta bienaventuranza), y el tercero, para consigo mismo, procurando la limpieza del alma, libre de todo pecado (sexta bienaventuranza).
Siguen, por fin, en las dos últimas bienaventuranzas (v. 9-11) la meta de toda perfección, que consiste en la propagación del evangelio de la paz, de palabra y con el ejemplo, y la participación en la cruz de Cristo por las persecuciones y sufrimientos.
Resumo esta enseñanza de San Gregorio Niceno: Según el santo obispo, los impedimentos en el camino de la virtud son el poner la felicidad en el amor a las riquezas, a los honores y a los placeres. Por otra parte, los principios que han de regir la vida de todo cristiano deben ser el hacer en todo, la voluntad de Dios, ejercer la caridad fraterna y tener el alma limpia de cualquier pecado. Para concluir enseñándonos que la meta, la medalla de oro para el que quiera ser perfecto sería el anunciar el mensaje del Evangelio de la paz a los demás, y participar de la cruz de Cristo cuando lleguen las persecuciones y el sufrimiento por seguirlo.
