Queridos hijos e hijas, les habla su obispo Mons. Juan de Dios.
Hoy escuchamos a Jesús haciendo una fuerte llamada a sus discípulos. Tras proclamar las Bienaventuranzas, Jesús dirige a ellos con dos afirmaciones fundamentales que definen su identidad y su misión en el mundo: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. Estas metáforas, tan sencillas como profundas, van más allá de una exhortación moral. Son una declaración de lo que la comunidad de creyentes, por gracia de Dios, está llamada a ser, y es una revelación de la misión a la que han sido llamados.
En el mundo antiguo, la sal era esencial para conservar los alimentos y realzar su sabor. Al decir “ustedes son la sal”, Jesús señala que la presencia de sus discípulos en la sociedad tiene una función preservadora y dadora de sabor. El discípulo, impregnado del Evangelio, está llamado a ser un antídoto contra la descomposición moral y la decadencia espiritual de su tiempo. Su fe, vivida con autenticidad, preserva los valores del Reino: la verdad, la justicia, la misericordia. Pero también está llamado a dar sabor, a hacer la vida más humana, más bella, más esperanzadora. Una vida sin la “sal” de la fe y el amor puede volverse insípida, rutinaria y carente de sentido profundo. La advertencia es grave: “Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se la volverá a salar?”. La sal que no sala es una contradicción, algo inútil. La fe que no transforma la vida propia y el entorno, que se esconde o se diluye por miedo o comodidad, pierde su razón de ser.
La segunda imagen es aún más poderosa: “Ustedes son la luz del mundo”. Jesús, la Luz verdadera, comparte esta cualidad con sus seguidores. La luz no existe para sí misma; su naturaleza es brillar, disipar tinieblas, guiar, revelar la realidad tal cual es. El cristiano no posee una luz propia, sino que refleja la luz de Cristo. Por eso, Jesús añade: “No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de un monte. Ni se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón”. La fe es por naturaleza pública y comunicativa. No es un sentimiento privado, sino una identidad que debe manifestarse en las obras. El objetivo final es conducir a los demás hacia el reconocimiento del Amor de Dios.
Ambas imágenes –sal y luz– subrayan una verdad crucial: el discipulado es una vocación a una presencia activa en medio del mundo. No somos llamados a construir comunidades aisladas, sino a ser agentes transformadores dentro de la sociedad, en la familia, el trabajo, la cultura. Ser sal y luz implica contacto, influencia, testimonio coherente. Es una presencia que, sin imposiciones, se hace sentir por su calidad evangélica: por la integridad que conserva lo bueno, por la caridad que da sabor a las relaciones, por la esperanza que ilumina los dramas humanos, por la justicia que señala caminos nuevos.
En esta semana estaremos celebrando la Fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, día en que recordamos de manera especial a los enfermos y al personal que lo atiende.
Hermanos enfermos, en su fragilidad y a veces en la oscuridad del dolor, estas palabras de Jesús tienen una resonancia muy especial. Ustedes son, de un modo profundamente evangélico, sal y luz para la Iglesia y el mundo. Su sal no está en la fuerza física, sino en el sabor único de la paciencia, la entrega confiada y la oración hecha desde la debilidad. Son sal que preserva a la comunidad de la superficialidad, recordándonos lo esencial. Son luz que brilla no con ruidos, sino con la serena y poderosa luminosidad de la fe que se aferra a Dios en la prueba. Su vida es una ciudad en lo alto del monte, un testimonio que nos guía a todos hacia el Padre de las misericordias.
Y a ustedes, agentes de pastoral de la salud –médicos, enfermeras, voluntarios, familiares cuidadores–, Jesús les repite hoy: “Ustedes son la sal… ustedes son la luz”. Son la sal que da sabor de humanidad y respeto a los ambientes a veces fríos de la enfermedad; son la que preserva la dignidad sagrada de cada persona, incluso cuando la vida se fragiliza. Son la luz que, con competencia, consuelo y acompañamiento, iluminan el camino del sufrimiento, revelando en cada gesto de cuidado el rostro compasivo de Cristo, el Buen Samaritano. No oculten esa luz bajo el cajón del cansancio o el desaliento. Cada palabra de aliento, cada acto de cuidado, es una “buena obra” que hace brillar la luz del Padre en el corazón del que sufre.
Que el Señor, que es nuestra Luz y el Sabor de la vida eterna, fortalezca a los enfermos en la esperanza y renueve cada día la vocación servidora de quienes los asisten. Juntos, desde lugares distintos, hacen visible el Reino de Dios, que es cuidado, consuelo y luz sin ocaso.
Que María, Madre de la Caridad, ponga a Jesús en nuestro corazón.
