Queridos hijos e hijas: Como sabemos, la sal sirve para dar sabor y conservar los alimentos que nos regala la tierra. Podríamos preparar un exquisito arroz con pollo cocinado con aceite de oliva y con un pollo fresco y arroz de excelente calidad, pero si no le ponemos la necesaria sal, el resultado será negativo. ¡Cuánto sufrimos cuando el médico nos prohíbe la sal en las comidas! Incluso tratamos de sustituirla añadiendo a las comidas unas gotas de limón, pero no sabrá igual.
La imagen de la luz, por su parte, nos resulta también muy elocuente. ¡Cuánto sufrimos con los apagones! Y cómo cambia la oscuridad cuando encendemos una simple vela o una linterna. Jesús nos llama a ser luz para que se vean las “buenas obras”.
Lo contrario a la luz, bien lo sabemos, es la oscuridad. Las obras buenas son propias de la luz. El pecado es propio del mundo de las tinieblas.
Bien sabemos que los principales obstáculos que impiden que el mensaje de Jesucristo llegue más a los demás son NUESTROS PROPIOS PECADOS, que nos hacen estropear con los pies lo que hacemos con nuestras manos. Una mala acción de un cristiano, una palabra suya mal dicha, un gesto de amor dejado de hacer… aleja a la gente de Dios. Vista hace fe”, exige de nosotros nuestro pueblo.
Lo curioso (¡menos mal!) es ver cómo Dios sabe transmitir su luz a través de nuestras oscuridades. A la mente me viene una anécdota histórica: Hace unos 200 años, el emperador Napoleón, dando una patada en el suelo, le dijo al cardenal Consalvi, Secretario de Estado del Papa Pío VII: “Yo acabaré con la Iglesia”, a lo que el cardenal contestó: “Señor, hace siglos que nosotros la estamos destruyendo con nuestros propios pecados… ¡y no hemos podido acabar con ella!”.
Pongo dos ejemplos: El bíblico rey David, el héroe de mil batallas, que venció a todos sus enemigos, incluyendo al gigante Goliat, sólo perdió una batalla: contra sus bajas pasiones.
Y, por su parte, el primer rey de Israel, el ungido de Dios, humildemente llega a reconocer sus pecados afirmando:“He sido un necio, me he equivocado totalmente” (1 Sam. 26, 20).
Sabemos que el aceite y el vinagre no ligan. Tampoco ligan la luz y las tinieblas. Los cristianos estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas. Y, a veces, las tinieblas nos vencen. Repito la afirmación del Papa Pablo VI: “Muchos cristianos de hoy, en lugar de misionar, son misionados; en lugar de convertir, son convertidos; en lugar de comunicar el espíritu de Jesús, son ellos contagiados por el espíritu del mundo”.
Si abrimos la Biblia escucharemos al mismo Jesucristo decir: “Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en mí no quedará en tinieblas”. Y también: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” Y a sus discípulos les dirá: “Ustedes son la luz del mundo. Brille la luz de ustedes ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre del cielo”.
Y a Nicodemo Jesús le dirá: “La causa de la condenación de los hombres es ésta: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”.
Para los que estudian la historia de la Iglesia, recordarán cómo los primeros cristianos le llamaban al bautizo “el sacramento de la iluminación”. Pablo, en la carta a los Efesios, afirma: “En otro tiempo ustedes eran tinieblas, ahora son luz en el Señor. Caminen como hijos de la luz, cuyos frutos son toda bondad, justicia y verdad. Busquen lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”.
En resumen: toda nuestra vida, criterios, valores y conducta deben estar conformes con esa luz de Cristo que nos ha iluminado. Luz que se nos dio no para guardarla debajo de la cama o en el baúl de los recuerdos, sino para que alumbre a los demás con nuestras buenas obras.
Examinémonos si por miedo o cobardía, oportunismo o conveniencia, ocultamos la luz de la fe en Cristo en medio del ambiente en que nos movemos. Porque Cristo dijo: “Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta época descreída y malvada (¡hace 20 siglos!) también yo me avergonzaré de él cuando venga en la gloria de mi Padre “.
Y hablando de la sal, no olvidemos que Jesús nos pide hacer como la sal y darles sabor a las cosas desabridas que hay en este mundo. No nos desanimemos pensando que los cristianos somos muy pocos comparados con toda la población mundial. Volviendo al ejemplo del arroz con pollo, para cocinar una olla de ese arroz no nos hará falta otra olla de sal. Bastará un poco para darle sabor a todo.
