Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, su obispo y pastor
Hoy Mateo nos habla, desde el mismo corazón de las Bienaventuranzas para mostrarnos a Jesús educando a sus discípulos en la vivencia de los valores del reino. Todas sus enseñanzas expresan un conjunto de actitudes que van más allá de la legalidad literal, que unen con Dios Padre y que hacen hijo a quien así actúa. Invita a no encerrar la santidad y la voluntad de Dios en una lista de cosas que hay que hacer para evitar. Quiere que sus discípulos descubran cómo es posible llegar hasta un amor sin límites, cómo encarnar la justicia del reino de los cielos.
El “cumplimiento” que Jesús trae no es una mera aplicación literal, sino una plenitud que revela el espíritu original y divino de la Ley. Se trata de una “justicia mayor” que supera la de los escribas y fariseos, no por un rigorismo externo, sino por una profundidad interior. Jesús lo ilustra con una serie de contrastes tajantes: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados… Pero yo les digo…”. Con esta autoridad (“Yo les digo”), no contradice la Ley, sino que desvela su intención más honda.
En conjunto, Jesús no está divulgando un nuevo código legal más estricto, sino revelando la Ley del Espíritu. Es una llamada a una conversión que no se conforma con no matar, sino que busca activamente la paz; que no se contenta con no cometer adulterio, sino que cultiva la pureza de corazón y la fidelidad en el amor; que no busca resquicios legales (como el divorcio fácil o los juramentos engañosos), sino que vive en la sencillez y la veracidad. La “justicia mayor” es la que se vive desde un corazón transformado por la gracia, un corazón que ama como Dios ama.
Jesús quiere que dejemos de preguntarnos hasta dónde podemos llegar sin pecar, porque la vida que propone a los suyos no sigue una ley de mínimos. Nos llama a construir unas relaciones humanas edificadas sobre la confianza, la sinceridad, la autenticidad y la coherencia. ¿Cómo puedo actualizar, concretamente, en mi realidad cotidiana, lo que Jesús propone para los ámbitos de la comunidad, la familia, el entorno social?
Este llamado a la autenticidad radical, a la purificación de las intenciones más profundas, encuentra un eco poderoso en el Miércoles de Ceniza. Este día no es solo un rito exterior, sino la puerta solemne a un camino de conversión interior. El gesto de recibir la ceniza –polvo que somos y al polvo volveremos– es un golpe de realidad que nos despoja de toda pretensión y autosuficiencia. Nos recuerda nuestra finitud y nuestro pecado, precisamente para abrirnos a la misericordia infinita de Dios.
También del 17 al 23 celebramos un acontecimiento de enorme trascendencia para la Iglesia en Cuba: el 40º aniversario del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC).
Celebrado en 1986, el ENEC fue un momento histórico de reflexión, diálogo y comunión. Representó un «encuentro» auténtico de toda la comunidad creyente, que, guiada por el Espíritu Santo, discernió juntos su misión en medio de la realidad cubana.
El ENEC nos recordó nuestra identidad profunda y nuestra tarea permanente: ser una Iglesia misionera, servidora y esperanzada, encarnada en la vida de nuestra nación, anunciando el Evangelio de Jesús con alegría y compromiso.
En este aniversario, no solo miramos al pasado con gratitud, sino que renovamos nuestro compromiso para el futuro. Que el legado del ENEC nos siga impulsando a:
- Ser un pueblo en salida, al servicio de todos, especialmente de los más necesitados.
- Fortalecer nuestra unidad y comunión en la diversidad.
- Sembrar semillas de esperanza, reconciliación y fe en el corazón de nuestra patria.
Que María, Madre de la Caridad, ponga a Jesús en nuestro corazón.
