Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 15 de febrero, referido al próximo Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma

Amables oyentes: Nuestros mayores, sobre todo los campesinos, no necesitaban tener un almanaque religioso en sus manos para saber que estaban en el tiempo de la Cuaresma, época del año en la que, con más frecuencia y según los meteorólogos, soplan los vientos del sur en los meses de marzo y abril, meses en los que, coincidentemente, la Iglesia celebra la Cuaresma.

La Cuaresma podríamos compararla con el tiempo de entrenamiento de un boxeador antes de escalar el ring de boxeo para una pelea. Tiempo que, por supuesto, requiere de muchas más horas que los minutos que dura una pelea. Para los cristianos, la Cuaresma es ese tiempo de entrenamiento o preparación para la Semana Santa. En esos 40 días, la llamada de la Iglesia a sus hijos será al cambio, a la conversión, al arrepentimiento de los pecados cometidos y al propósito de mejorar su vida cristiana. Según vivamos nuestra Cuaresma así será la Semana Santa. Nos pasaría como al boxeador que nunca ganará una pelea si no ha realizado un buen entrenamiento. No aspiremos a una buena Semana Santa si no vivimos con intensidad los 40 días de preparación para ella.

En cada iglesia, la Cuaresma comienza con el rito de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas y que recibimos todos: el Papa, obispos, sacerdotes, todos los fieles, grandes y pequeños. No es simpático este gesto. Estamos acostumbrados a poner en nuestros cuerpos lociones, cremas, polvos, perfumes, desodorantes… Y este próximo miércoles la Iglesia marca nuestro cuerpo con una cruz de ceniza. La ceniza es un reconocimiento de lo que es nuestra vida, de que somos polvo. Mucho que nos impresiona a todos, cuando es cremado el cuerpo de un familiar difunto, y se nos entrega un ánfora con las cenizas en las que se ha convertido esa persona que quisimos tanto. El Miércoles de Ceniza la Iglesia nos invitará a rezar el salmo 90 de la Biblia que dice: «Enséñanos, Señor, a contar nuestros días, para que tengamos un corazón prudente”. No trata la Iglesia de hacernos sentir miedo con la muerte sino de llamarnos a una prudente sabiduría. Por eso nos dirá a cada uno, en el momento de la imposición de la ceniza, estas palabras de la Biblia: “Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás” (Gén. 3, 19). O también estas otras: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

La Cuaresma será el tiempo oportuno. Tiempo de conversión. ¡Cuántos años de estudio y sacrificio para llegar a ser médico, ingeniero, sacerdote!… ¡Cuántos años para construir un edificio!… Y, sin embargo, para tomar la decisión de dejar una vida desordenada ¡basta sólo un segundo! Un segundo fue lo que necesitó el hijo que se había ido de la casa de su padre, para decir: “Sí, me levantaré del fango en que he caído”. Un segundo es lo que hace falta para tomar lo que Santa Teresa llamó la “determinada determinación”. Si no aprovechamos este tiempo de Cuaresma para «tocar fondo» en nuestra vida, no habremos hecho nada. Es verdad que Dios tiene más deseos de dar que nosotros de recibir, pero él quiere esperar a que le abramos la puerta… No huyamos de nosotros mismos ni nos engañemos tratando de huir de Dios. Hay muchos dispuestos a ayudarnos. Tendremos mejor suerte que quien se lamentaba diciendo: «Para acompañarme a hacer el mal encontré a muchos, pero para levantarme del fango del pecado, nadie me ayudó».

En la Cuaresma se nos llama especialmente a compartir: a desprendernos de tantas cosas que no nos son esenciales y quizás sí lo sean para otros. ¡Qué bueno sería pararnos frente a nuestro armario e ir colocando en una caja la ropa y los zapatos que no nos pusimos el año pasado, o sea, que no nos hicieron falta, y luego llevar esa caja a las personas necesitadas! ¡Qué buena oportunidad para hacernos solidarios con tantas personas que, a nuestro lado, se acuestan con hambre o solo tienen una muda de ropa y un par de zapatos que ponerse! Si, al menos, aprendiéramos a agradecer a Dios lo que comemos y a compartir lo que tenemos…

La Cuaresma será el tiempo donde se nos invitará a hacer morir tantos impulsos negativos que hay en nosotros en el vestir, en el comer, en la búsqueda desenfrenada de las cosas materiales. Hay que morir a tanta vanidad, tanto egoísmo, tanto deseo de ser el primero, el mejor, el de más poder, el de siempre ganar…

En la Cuaresma, la Iglesia nos invitará a practicar el ayuno.  Ayuno, en primer lugar, del pecado. De todo aquello que mate la alegría en uno y en los demás. Pero también, quizás, ayuno de tanto ruido exterior, de tanta palabrería, de televisor, de películas, de celular, de novelas, de computadora, de tanta conversación inútil. La penitencia, el ayuno, “el llevarnos recio a nosotros mismos”, son modos de aprender a dominarnos. Decir no a las cosas lícitas para luego tener fuerzas a la hora de decir no a las tentaciones a las que nos llaman las cosas ilícitas.

La Cuaresma será el tiempo adecuado para reconocer lo mundano que se ha podido colar en nuestra vida: cantamos y bailamos canciones cuyas letras no están de acuerdo con nuestra fe y costumbres… nos vestimos como paganos, provocativamente… el lenguaje que hablamos, los cuentos que hacemos, tal vez hagan que los que nos conocen comenten: “¡Y eso que va a la iglesia!”… Satanás puede haber hecho o estar haciendo daño en nosotros. Tal vez entra a nuestra casa sin tocar, sin pedir permiso. Entra, como decimos, «como Pedro en su casa». San Agustín escribió: “Muchos se dicen cristianos, pero en realidad no lo son. No son lo que la palabra significa: no lo son en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza y, mucho menos, en la caridad”. 

Quisiera que María Rosa también nos leyera de la Biblia lo que San Pablo escribió a los cristianos de Roma. Se trata de unos consejos prácticos para la próxima Cuaresma. Estoy seguro que todos nosotros estaríamos de acuerdo en afirmar que podemos ser un poquito mejores de lo que somos. Mejores esposos y esposas, mejores hijos, mejores vecinos, mejores amigos, mejores compañeros de trabajo o estudio, mejor Obispo, mejores sacerdotes… En resumen: mejores cristianos. Escojamos uno de esos consejos para que nos propongamos cumplirlo durante estos cuarenta días. Le pido a María Rosa que los lea bien despacio, por si algún oyente quiere escribirlos en un papel.

LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS, capítulo 12, versículos del 9 al 21: “Queridos hermanos: Que el amor entre ustedes sea sincero. Aborrezcan el mal y hagan el bien. Ámense como hermanos los unos a los otros. Demuéstrense cariño mutuamente. No sean flojos en el cumplimiento del deber. Sirvan al Señor con corazón ferviente. Tengan esperanza y estén alegres. Soporten con valor los sufrimientos. No dejen nunca de orar. Hagan suyas las necesidades de los demás. Sean solícitos para atender en su casa a los que estén de paso. Bendigan a quien los persigan: bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres. Lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros. No busquen las grandezas. Pónganse al nivel de los humildes. No se crean sabios. No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren ganarse el aprecio de todos los hombres. En cuanto de ustedes dependa, hagan todo lo posible por vivir en paz con todos. No tomen venganza ustedes mismos, dejen que Dios sea el que juzgue. Como dice la Escritura: ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; así le pondrás la cara roja de vergüenza’. No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence el mal con el bien”. PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.

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