Queridos hijos e hijas, les habla su obispo y amigo, Mons. Juan de Dios.
El primer domingo de Cuaresma nos sitúa en un escenario despojado y esencial: el desierto. El Espíritu conduce a Jesús a este lugar de soledad, aridez y prueba inmediatamente después de su bautismo, donde fue proclamado Hijo amado.
Este relato, Situado al comienzo del ministerio público de Jesús, condensa de modo ejemplar algo que acompaño toda su vida y su misión: la tentación de manifestarse de modo llamativo como Mesías e Hijo de Dios. Al final, el tentador se da por vencido, porque Jesús deja claro que él es el Hijo obediente a la voluntad del Padre que asume la cruz en su entrega, por amor, a la humanidad.
Jesús, el Nuevo Adán, entra en el desierto –lugar de la antigua prueba de Israel–, pero donde el pueblo sucumbió, Él permanece fiel. Su ayuno de cuarenta días lo coloca en un estado de extrema vulnerabilidad física, pero también de total dependencia del Padre. Es entonces cuando el tentador se acerca. Las tres tentaciones no son simples invitaciones al pecado; son propuestas estratégicas para corromper la misión del Mesías desde su raíz.
La primera tentación ataca la necesidad física inmediata: “Convierte estas piedras en pan”. Es la propuesta de un mesías puramente material, que reduzca su misión a satisfacer deseos inmediatos, a un bienestar sin trascendencia. Jesús responde con Deuteronomio: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Rechaza el atajo de manipular su poder para sí mismo y afirma que la vida humana se sustenta en la obediencia a la voluntad del Padre.
La segunda tentación es más sutil: arrojarse desde la cima del Templo para que Dios lo salve espectacularmente. Es la tentación del mesías de gestos espectaculares, que busca la fe a través del milagro sensacionalista, forzando la mano de Dios para ganarse al pueblo. Jesús la desarma: “No tentarás al Señor, tu Dios”. La fe auténtica no es una temeridad que exige señales, sino una confianza serena que no pone condiciones a Dios.
La tercera tentación es la más directa y ambiciosa: poseer todos los reinos del mundo a cambio de un solo acto de adoración al maligno. Es la tentación del mesías político y triunfalista, que alcanza el poder usando los medios del Enemigo: la idolatría, el pacto con el mal, la ambición de dominio. La respuesta de Jesús es radical y definitiva: “Al Señor, tu Dios, adorarás y sólo a él darás culto”. La misión del Reino se logrará mediante la entrega en la Cruz, no mediante un golpe de estado cósmico.
La victoria de Jesús no es un evento aislado; es el fundamento de nuestra lucha. Él venció para que nosotros, unidos a Él, podamos vencer. Las tentaciones de Jesús son también las nuestras. En nuestro esfuerzo por ser fieles al seguimiento según la voluntad del Padre, no podemos aceptar ponernos por encima de todo y de todos, ni querer manipular a Dios, ni servirnos del poder para dominar… Pensemos: ¿cuál es la principal dificultad = tentación que puede desviarme hoy del seguimiento de Jesús?
El desierto cuaresmal al que la Iglesia nos invita es un espacio para revivir este combate decisivo. La Cuaresma, con su llamado al ayuno y la moderación, nos invita a recordar que nuestra hambre más profunda solo se calma con la Palabra de Dios.
En un mundo que exige garantías y resultados inmediatos, la Cuaresma nos llama a una fe sin cálculos, a no “tentar a Dios” pidiéndole que se ajuste a nuestros planes. Es tiempo de confiar, incluso en la aridez.
El espíritu del mundo nos ofrece éxito, reconocimiento y control a cambio de pequeñas o grandes idolatrías (al dinero, al prestigio, al placer). La Cuaresma es un llamado a la adoración pura: a revisar a qué damos culto con nuestro tiempo, nuestras decisiones y nuestro corazón.
El tentador se retira “hasta el momento oportuno”. La lucha no termina, pero Jesús nos ha mostrado el camino: la fuerza del Espíritu, la verdad de la Escritura vivida, y la orientación absoluta de la vida hacia el Padre.
Que este primer domingo de Cuaresma nos encuentre decididos a entrar en nuestro desierto personal, no con miedo, sino con la confianza del vencedor, Cristo Jesús.
Que María, Madre de la Caridad, nos auxilie en nuestros desiertos personales.
