Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 1 de marzo de 2026, II Domingo de Cuaresma

“Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo” Mateo 17, 5

Hermanos,

Decía al comenzar la misa, en la introducción, en el saludo, que la Cuaresma es como un es un caminar, un ascender, llegar a una meta. En este caso, todos nosotros sabemos que la meta es acompañar a Jesús en su Pasión, Muerte y su Resurrección.

Es decir, nuestra meta es y eso es lo que estamos luchando en esta Cuaresma, es precisamente caminar hacia la victoria, hacia nuestra victoria, que en definitiva es la victoria de Cristo, porque el que misericordiosamente nos llama, nos acompaña, nos lleva a que nosotros estemos eternamente junto a Él gozando de lo que todos anhelamos, que es la paz, la misericordia, la fraternidad, el bien, la alegría, el saber que estamos con Dios y que todas las ilusiones que tenemos en nuestra vida ahí se sobre cumplen, utilizando una palabra, en la eternidad junto a Dios.

Para eso hemos sido creados, esa es nuestra fe. Hemos sido creados para conocer, amar, servir, luchar en esta vida y gozar eternamente de Dios en la gloria. La vida no tiene otro sentido si no es ese, sino ¿qué sería la vida? Años, minutos, horas que pasan con el tiempo, situaciones agradables o desagradables. No, la vida es conocer el sentido de mi vida, conocer a Dios, conocer en inteligencia sobre lo que es Dios, para gozar eternamente junto a Él. Entonces, sí, la vida tiene sentido.

Rapidito. En días anteriores al miércoles de Ceniza, en la lectura del Evangelio que en ese domingo se nos presentaba, yo decía que Dios nos presentaba el bien y el mal. Es decir que la vida en este mundo, es un mundo bastante incierto. Es decir, el bien y el mal están mezclados y que nosotros estamos ahí y muchas veces no sabemos qué hacer entre el bien y el mal, cuál es nuestro comportamiento. Y en el texto decía, «El Señor nos presenta el bien y el mal. Ustedes son libres, escojan siempre el bien y tendrán el resultado de la bendición de Dios”.

Muy bien, ese fue el último domingo antes de la Cuaresma. Pero viene el miércoles de Ceniza. Fíjense, se nos había dicho que el Señor nos pone el bien y el mal, ¿eh? Entonces, viene el miércoles de Ceniza y la llamada del miércoles de Ceniza está comenzando la cuaresma. Y con ese deseo de que, lo que estamos viviendo ese día, se prolongue durante toda la Cuaresma, es la sinceridad.

El Señor nos pide ser sinceros. Nos había hablado del bien y del mal y ahora nos dicen, hermanos, ante el bien y el mal sean sinceros. No confundan lo que es malo con que es bueno.» Y entonces no se dejen llevar. No, sean sinceros. ¿Qué busca mi corazón? De verdad, de verdad. ¿Es el bien perfecto? ¿Es el mal y los disfraces de bien?

No, la sinceridad. Por eso es que nos dice, cuando vayas a orar, cuando vayas a ayudar al prójimo, cuando vayas a ayunar, siempre, siempre algo, no para satisfacer a los demás o para que los demás te reconozcan. Eso es, vaya, la bambolla, eso es querer sobresalir. Porque aún en las cosas buenas entonces se quiere sobresalir. No, hermanos. Sean sinceros. Lo que hagan, háganlo porque saben que lo tienen que hacer y lo guardan en su corazón.

Entonces, pasando así, el Señor nos ha llamado al bien, sabiendo que vivimos en un mundo en que el bien y el mal se confunden. Entonces, para eso nos pide la sinceridad y pedirle a Dios que nos ayude porque nos confundimos. Nadie puede decir que no ha pecado que no se ha confundido en la vida. Nadie puede decirlo. Dios es el que nos da la mano y nos ayuda. Entonces, en el primer día la iglesia nos presenta el Evangelio de las tentaciones. Fíjense, nos dice para que nadie se crea fuerte como una roca enorme, fíjense que ustedes van a ser tentados.

Van a ser tentados y que a lo mejor se les aflojan las piernas, cuando les tienten, no, permanezcan firme. Y nos pone el pasaje, el pasaje de las tentaciones que le hacen a Jesús. Lo llevó a un monte alto, tírate para que Dios te coja. Lo llevó a un monte alto, mira, todas estas cosas eran tuyas y tú y las palabras del Señor Jesús, ¿cuáles fueron? Ay, sí, es verdad, es bonito. No, fueron palabras cortantes. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Ante la otra tentación no tentarás al Señor tu Dios, no te arriesgues, no te arriesgues jugando entre el bien y el mal, no tientes a Dios, no tientes porque puede ser que tú mismo caigas, no tientes, no te dejes llevar. Y la otra es cuando el Señor le rechaza, cuando le dice, «Mira, todo esto será tuyo. Apártate, Satanás, apártate, al único que hay que servir es a Dios.»

Da la casualidad que en el Evangelio de hoy también se nos presenta un monte alto. Pero no para tentar a Jesús ni para prometerle cosas, no. Dice que en ese monte alto y ahí está entonces la promesa de Dios. La promesa del diablo, del mundo, tírate que te van a ayudar, no te va a pasar nada. Adórame, nunca te va a faltar comida. Sígueme, te daré todo el poder. ¿Qué es lo que representa Dios a los discípulos a Pedro, a Santiago y a Juan? ¿Esas promesas que pasan, que no llenan el corazón?, no. El Señor lo que le dice es con Moisés y Elías aquella palabra, «Este es mi hijo amado, escúchenlo. Este es el que yo quiero, escúchenlo.»

¿Y qué es lo que dejó? Grandezas, no. Dejó, dice el texto, una paz tan intensa, una felicidad tan grande que Pedro, que era arriesgado siempre, el primero que se lanzaba, le dijo, «Señor, vamos a hacer tres casas, tres chozas, tres tiendas aquí porque esto está perfecto y nos quedamos aquí.» Eso es lo que el Señor nos promete. Eso es lo que el Señor nos dice que nos va a dar. Es eso. El estar junto a Dios, que es la felicidad eterna. Y eso es lo que el Señor nos está ofreciendo.

Fíjense que estamos subiendo. El bien y el mal, podemos cambiar el camino, la sinceridad a que nos llame el miércoles de ceniza, la seguridad de que seremos tentados, pero está la fuerza de Dios. Y ahora viene la palabra Escúchenlo. Que yo lo que les prometo es esto.

Entonces, ¿cuál es la nota de este de este domingo? La nota de este domingo es la llamada. Dios no nos deja así, sino que Dios nos llama a vivir de su vida, a su intimidad. A vivir con Él. Eso es a lo que Dios nos llama. Y vemos entonces la primera lectura. ¿Cuál es la primera lectura? Es un texto clásico que tenemos que tenerlo presente. De la misma manera que el domingo pasado fue la creación del hombre y como el hombre se deja tentar está y cae en la tentación. Aquí se nos presenta Abraham, nuestro padre en la fe. ¿Por qué nuestro padre en la fe Abraham? Eso lo sabemos todos. El Señor le dice, «Abraham, deja tu casa, deja tus cosas y sígueme. Yo te voy a dar una tierra prometida”. Y le da la promesa. “Yo te voy a ser padre de un pueblo numeroso”.

Es decir, una sola familia que se separa de la tribu y lo manda a un territorio, vaya, desconocido y le dice, «Yo te voy a ser padre de un pueblo numeroso”. Que fue más grande. Es decir, lo que no podía percibir ni imaginarse ya Dios lo tenía para él. Y el texto de la Biblia nos dice que Abraham obedeció al Señor confiando en su palabra, y Abraham salió, partió a hasta esos lugares o situaciones que todavía no entendía.

Hermanos, igual que nosotros. El Señor nos manda a vivir en una vida, en un lugar, en un tiempo, en un país determinado y en una situación que se puede presentar, pero en cada momento, no importa la situación que sea, el Señor nos dice, fieles a la palabra de Dios siempre. Que yo les voy a hacer padres de un pueblo numeroso. Yo les voy a dar la paz. Yo les voy a dar la sabiduría. Yo les voy a dar ese encuentro eterno junto a Dios que Pedro, Santiago y Juan vieron en el momento de la transfiguración.

Entonces, hermanos, la llamada. Si Dios llamó a Abraham y Abraham respondió diciendo, «Sí, al Señor” ante la incertidumbre, el Señor también nos pide hoy nosotros seguir al Señor en medio de la incertidumbre. Y en medio de las situaciones duras y difíciles, en medio de aquellas soluciones que nos aplastan muchas veces y que no está en nuestras manos resolver. Y por eso hay que pedir que los que tienen esa autoridad, y además también ese mandato, porque para eso está la autoridad, para el servicio, bueno, pues hagan posible para que el pueblo pueda estar mejor.

Pero el Señor nos dice, «No importa la situación, ahí estoy yo. Manténganse fieles”. Eso fue lo que hizo Abraham. Esa es la parte que nos corresponde. Este texto lo leemos a veces como una historia, una anécdota que pasó, una anécdota del Antiguo Testamento. No, eso tenemos que hacerlo nosotros cada uno. El Señor también a mí me dice, «Oye, sal de tu comodidad, sal de tu vida. Y hay otro campo ahí. Sal de esta situación que tú tienes”, y la vida se te complica o se arregla, pero en todo momento siempre querer seguir al Señor y ser fiel a su palabra.

Viene la segunda lectura. Y en la segunda lectura que es de la segunda carta de Pablo a Timoteo. Ustedes saben bien que Timoteo era aquel discípulo de Pablo muy joven, y Pablo tenía que darle instrucciones para ayudarlo a crecer, como estos niños que poco a poco van creciendo, y me maravilla cómo ayudan la misa y cómo presentan las cosas, viven este momento, me maravilla. Entonces, eso es lo que hacía Pablo con Timoteo, le ayudaba a crecer y vamos a ver qué es lo primero que dice.

Le dice, «Hermano, lucha conmigo por el evangelio sostenido por la fuerza de Dios”. Fíjense bien, no le dice, «Sígueme que esto es un baño de rosas”. El seguir al Señor es de lucha, como Abraham. Sígueme, sígueme a mí, es la lucha por el evangelio que sabrás que vas a tener la fuerza de Dios. Recordemos siempre eso, la segunda parte. Y dice ahora, «Él nos salvó en la cruz”. Y dice, «y nos llamó igual que a que Abraham, el Señor nos llamó”. Llamó a Timoteo. Me llamó a mí, te llamó a ti. Él nos llamó para que, en nuestra vida, en nuestro estado, nosotros, pues sigamos al Señor siendo fieles.

Eso es lo que nos pide Él, no pide que yo sea igual que al otro, que lo que el otro hizo. No, no, lo que me pide que, lo que yo soy, padre de familia, la mamá de la casa, el maestro, el que dirige una empresa, el que gobierna, que lo haga queriendo seguir a Jesús. Entonces, sí las cosas cambian. Él nos salvó y nos llamó. ¿Y a qué nos llamó? A ser santos. Santos significa hacer la voluntad de Dios.

Y ahí empieza a decir, no porque nosotros fuimos buenos el Señor nos premia, sino porque ese fue su propósito. Él nos quiere salvar. No porque nosotros seamos buenos, sino porque él quiere que nosotros seamos buenos y para eso nos da su fuerza.

Entonces, el tema de hoy es la llamada. Y vamos a recordar eso. Fíjense que estamos subiendo hasta el encuentro del Señor. Ya hoy nos dice que el Señor nos llama para que le acompañemos. ¿En qué? En su vida, en transmitir la buena noticia. ¿Hasta dónde? Hasta la cruz, pero hasta la Resurrección. En la Semana Santa, el día más grande no es el Viernes Santo. El día más grande es la Resurrección.

Todos los días son grandes porque en la cruz ahí, como dice la canción del Padre Catasús, “murió el hombre un día, y hay que morir con Jesús todos los días en la cruz”. Pero, ¿para después qué? Para resucitar junto con Él en la gloria. Porque el enemigo, el mal, no tiene la victoria.

Entonces, hermanos, nos quedamos con que el Señor nos llama. Nos quedamos con que el Señor nos pide que le seamos fieles. Nos quedamos con que tenemos que dar una respuesta que sí al Señor. Nos quedamos que podemos contar con su fuerza porque nosotros somos débiles. Y nos quedamos porque el Señor hace prosperar las obras que están hechas en su nombre. Las obras de nuestras manos, de nuestra vida que están hechas en su nombre.

Y vamos a llegar al momento que vamos a decir como Pedro, «Ay, Señor, qué bueno es estar contigo. Vamos a quedarnos eternamente aquí”. A eso es lo que aspiramos nosotros. Y les voy a decir algo más. Abraham fue fiel al Señor, y el Señor le dijo, «Sígueme”. Y como promesa le dijo, «Te voy a ser padre de un pueblo numeroso”. Qué cosa más grande. El Señor lo que nos pide ahora es mucho más que eso. El Señor lo que nos llama ahora es para mucho más que tener un gran reino, que sabemos que los reinos pasan. El Señor nos llama a vivir eternamente junto a él. Y si Abraham le hizo caso al Señor, hizo su voluntad siguiéndole. Y la promesa era, «Te haré padre de un pueblo numeroso”. ¿Cómo nosotros no vamos a seguir al Señor si la promesa es estar eternamente junto a él?

Que el Señor nos ayude, hermanos, a vivir siempre en esa promesa, y querer estar siempre junto a Dios. Aprovechemos esta Cuaresma, aprovechémonos dando paso de verdad, de sinceridad y de conversión. Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así.

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