Queridos hijos e hijas, les habla su obispo y amigo, Mons. Juan de Dios.
En el umbral de la segunda semana de Cuaresma, la liturgia nos saca del desierto de la prueba y nos lleva a una montaña alta. La escena de la Transfiguración es un contrapunto esencial en nuestro camino hacia la Pascua. Si el primer domingo nos mostraba a Jesús en su humanidad vulnerable, venciendo al tentador, hoy se nos revela su identidad divina, resplandeciente de gloria.
Por eso podemos decir que los discípulos también vivieron una Cuaresma propia. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los mismos que luego lo acompañarán en la agonía de Getsemaní. En la cima, ante sus ojos, “se transfiguró”: su rostro brilló como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Esta luz no es un reflejo externo, sino la irradiación de su ser divino, una anticipación velada de la gloria de la Resurrección. La aparición de Moisés, representando la Ley y Elías a los Profetas, conversando con Él, certifica que Jesús es el cumplimiento de toda la Escritura. Él es el Hijo en quien convergen la promesa y la alianza.
La reacción de Pedro es comprensible y profundamente humana: “¡Qué bien se está aquí!”. Ante la belleza de la gloria, desea detener el tiempo, construir tres tiendas y fijar allí la experiencia. Es el deseo de eternizar el momento de gracia, de quedarse en el Tabor y evitar el Calvario. Pero la voz del Padre, que surge de la nube luminosa, lo corrige y orienta: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo”. La nube, que sabemos desde el Antiguo Testamento que nos revela la presencia de Dios, no envuelve a Moisés o a Elías, sino a Jesús. La Ley y los Profetas ceden su lugar. La actitud ya no es “construir”, sino escuchar. La fe no se fundamenta en experiencias sublimes, sino en la obediencia a la Palabra del Hijo.
El mensaje es crucial para la Cuaresma y para toda la vida cristiana: No hay gloria sin cruz. La Transfiguración no es un final, sino un alimento para el camino. Jesús toca a sus discípulos aterrorizados, les dice “Levántense, no tengan miedo”, y al bajar la mirada, “no vieron a nadie más que a Jesús, solo”. La visión ha terminado, pero la presencia permanece. Ahora deben bajar del monte y seguir a ese mismo Jesús, solo, en su camino hacia Jerusalén, hacia el sufrimiento y la muerte. El destello de gloria es la garantía de que el camino de entrega, por oscuro que parezca, conduce a la luz definitiva.
Como aquellos tres discípulos, también nosotros estamos llamados a tener clara la meta en nuestro seguimiento del crucificado. En medio del camino, cuando diferentes voces amenacen con separarnos del discipulado, no podemos ignorar la voz del Padre: “Escúchenlo”. ¿Cómo y dónde habla Dios hoy? ¿Qué dice su Palabra, para mí, en este momento de mi vida?
La Transfiguración ilumina nuestro esfuerzo cuaresmal con una certeza gozosa. Nos recuerda que, en medio de nuestras luchas y penumbras, Dios nos concede “destellos de Tabor”: momentos de oración profunda, de certeza interior, de comunidad renovada, que nos fortalecen para cargar nuestra cruz diaria. Y, sobre todo, nos da una orden: “Escúchenlo”. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para acallar otros ruidos y escuchar en lo hondo la Palabra del Hijo amado.
Como peregrinos en este tiempo de gracia, miramos también el ejemplo de los santos que transfiguraron su entorno con la luz de Cristo. San Rosendo, patrón de esta Iglesia particular, fue un hombre que supo escuchar a Cristo y, desde esa escucha, actuar con celo pastoral. Como obispo y monje, trabajó incansablemente por la paz social y la reforma de la vida eclesial en una época difícil. Su vida refleja esa dinámica del Tabor: debió ascender a la montaña de la intimidad con Dios en la oración y el retiro monástico, para luego bajar al valle de los conflictos de su tiempo y ser instrumento de reconciliación y renovación espiritual. Su legado nos anima a no tener miedo de bajar de nuestra “montaña” de comodidad, para transfigurar nuestra realidad diaria, llevando la luz de Cristo a las situaciones de sombra, con esa caridad práctica y firme que él ejemplificó. Que su intercesión nos ayude a escuchar a Jesús y a ser, en nuestro tiempo y lugar, testigos de su luz transfiguradora.
Que María, Madre de la Caridad, ponga a Jesús en nuestro corazón.
