Mensaje radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el II domingo de Cuaresma, 1 de marzo de 2026

Amables oyentes: No sólo Jesús fue transfigurado. También los discípulos. La reacción de Pedro queriendo hacer “tres casas” para quedarse allí, indica que ellos ya tenían una luz “por dentro”. Pedro escribirá muchos años después en su segunda carta a las Iglesias lo siguiente:

“Si les hemos dado a conocer la venida poderosa de nuestro Señor Jesucristo, no ha sido siguiendo cuentos fantasiosos, sino porque fuimos testigos de vista de su majestad. Cuando recibió de Dios Padre honor y gloria, y de aquella magnifica gloria salió la poderosa voz: ¡Éste es mi Hijo amado! Y fuimos nosotros quienes oímos esta voz cuando estábamos con él en la montaña santa”.

Y eso era importante, porque esa luz les haría falta cuando llegara la noche oscura y cuando el silencio de Dios pesara como un piano sobre sus cabezas. Los discípulos no dejaron de recordar este momento de la transfiguración cuando llegaron los tiempos de crisis para la fe y la esperanza.

Para nosotros, el transfigurarse es pasar de la noche del pecado a la luz de la gracia. Y eso, ciertamente, es un regalo de Dios. Pero no hay que olvidar que a Dios lo encuentra el que lo busca. Pedro, Santiago y Juan subieron la montaña. Y eso es a lo que estamos invitados en esta Cuaresma: a subir la montaña, algo que realmente necesitamos.

Estamos tan atrapados por nuestras preocupaciones, que no sabemos si somos capaces de salir de ellas…Estamos tan preocupados por nuestros problemas, que los agrandamos enormemente perdiendo la visión de conjunto…Estamos escuchando tantas palabras vacías, tanto ruido, tantas canciones sin sentido, tantos malos consejos, tanta palabrería… que necesitamos con urgencia un poco de silencio. Estamos tan metidos en las cosas de este mundo, que necesitamos un poco de aire fresco…que necesitamos, como Pedro, Santiago y Juan, despegarnos un poco de este suelo que pisamos… y subir la montaña

Subir una montaña significa esfuerzo, silencio, cansancio, vencer el deseo de no seguir, combatir el desaliento… Subir una montaña significa saber tomar distancia de las personas, de las cosas, de los problemas… Subir una montaña supone tener bien claro el objetivo: la cima, y no contentarse con menos…

La Cuaresma nos invita al esfuerzo de subir la montaña. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué subir a la montaña si se está bien en el valle? ¿Para qué ir a buscar la manifestación de Dios en la montaña si me va bien con los pequeños dioses a los que me he acostumbrado?

Las respuestas son sencillas. ¡Estamos tan acostumbrados al placer, a la moral del gusto, al no esfuerzo, que no queremos salir de nuestros caminos conocidos! Estas razones paralizan nuestro progreso espiritual.

Cuentan que un campesino que vivía sólo en una finca sintió un día el ruido de camiones que iban y venían. Era la Empresa Eléctrica que venía a instalar la electricidad a todas las casas de aquel lugar. Cuando llegaron a él para hacer el contrato, el campesino dijo que no necesitaba la corriente, ya que él tenía un farolito que encendía cada noche y vencía la oscuridad. Mucho hubo que hablarle para convencerlo de la importancia de tener la electricidad en su casa, que podría tener un refrigerador, un televisor, etc. A regañadientes, nuestro campesino aceptó. Incluso le regalaron un bombillo para que lo pusiera en la sala de su bohío. El asombro llegó cuando vino el cobrador de la luz al mes siguiente. ¡Sólo había gastado 40 centavos! Y cuando se le preguntó por qué había consumido tan poca corriente, explicó: “Es que yo enciendo la luz solo un momento para buscar la caja de fósforos y encender mi farolito”.

Nuestro campesino es un ejemplo de cómo estamos atados a personas o cosas, a “farolitos” que nos impiden crecer y progresar. Preferimos seguir caminando por trillos y no hacer la carretera. Dejemos a un lado nuestros “farolitos” para que seamos transfigurados por Jesús y crezca nuestra vida espiritual.

San Agustín escribió que “encontrar consiste en buscar”. Todos hemos tenido alguna experiencia de Dios. Hemos sentido cerca a Dios cuando nos hemos acercado al sufrimiento de alguien, cuando nos hemos olvidado de buscar nuestra propia felicidad para buscar la de los demás, cuando pusimos nuestra voluntad en las manos de Dios, cuando aprendimos a buscar a Dios de día y de noche. A veces hemos dicho que Dios se ha alejado de uno cuando, a lo mejor, ha sido al revés.

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