Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 8 de marzo de 2026: III Domingo de Cuaresma

“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva” Juan 4, 10

Hermanos,

Ya estamos el tercer domingo de Cuaresma. Hemos dicho que podemos considerar la Cuaresma como si fuera, lo dije al principio, que estamos acompañando a Jesús en su última su subida hacia Jerusalén, sabiendo como Él mismo lo da a entender de que ésa va a ser la subida en la cual Él ofrecerá será su vida por nosotros, y que la gente descubrirá, sabrá quién es Él, aquel que ha venido, es Cristo, como dice la samaritana, aquel que ha venido a salvar.

Y entonces cada domingo tiene un mensaje, pero ese mensaje está ligado al anterior. Rapidito, el domingo pasado nosotros vimos que Dios llama, y que Dios, responsablemente también hace que nosotros le demos una respuesta. Sabemos que Dios nos llama, ¿cómo lo conocemos? Dijimos por la palabra de Dios que se escucha, que se lee, por la comunidad, por la vida de la comunidad, por la realidad, por la misma razón, Dios nos llama.

Entonces Él nos llama y nosotros tenemos que darle una respuesta, si somos inteligentes, si somos honestos y si somos lúcidos. Hay que dar una respuesta. Y la respuesta de Abraham fue una respuesta en la fe. El Señor le dijo, «Deja tu casa, deja las cosas que yo te voy a dar una tierra prometida”. La incertidumbre, ¿qué tierra será esa? Confía en el Señor, esa es la fe. Por eso el padre en la fe. No tenemos las seguridades, si tuviéramos seguridades no tuviéramos fe. La fe precisamente es eso, en que yo creo lo que Dios me dice, lo acepto y vivo en la fe. En la fe es un Dios que me salva y que sabemos que murió por mí en la cruz y punto.

También ese domingo vimos que Dios llamaba a Timoteo. ¿Para qué? Para que continuara la obra. Vimos también, como llamó a Santiago, a Pedro y a Juan para que contemplaran la resurrección, su reinado en la Transfiguración. Y hoy vemos el resultado de la fe, es decir, el resultado no. Vemos el camino de la fe, como la fe existe en un mundo que muchas veces, lo que nos hace es dudar de la fe y decir, ¿en qué tengo fe, si mira cómo estamos, en qué tengo fe? Entonces, es una tentación contra la fe.

Y vemos al pueblo de Israel en este pasaje, el pueblo de Israel que sale de Egipto, Dios lo libera de la opresión del faraón y Dios le dice, «Vete a una tierra que yo también te daré.» Y ellos tienen que salir de Egipto y pasan por el mar Rojo. El ejército de faraón quería evitar que se fueran porque ya se le iba la mano de fuerza esclava. Ellos obedecieron y cuando veían que ya todo estaba a punto de terminar, que iban a ser de nuevo cogidos, castigados y de nuevo devueltos a la esclavitud, en eso Dios pone la mano y pueden atravesar el mar rojo y siguen.

Pero nosotros los hombres, somos del cará, porque sabemos las cosas, entonces nos dejamos llevar y precisamente esto es un caso. Cuando estaban por el desierto, imagínense la falta de agua, esto, lo otro, empieza la queja, no tenemos agua. Y entonces la queja era dura. “Si sabías que no íbamos a tener agua, que íbamos a morir en el desierto, hubiéramos preferido quedarnos en la esclavitud de Egipto”, fíjense. Eso dice el texto. Es como una narración, pero que podemos aplicarle a la vida, hubiéramos preferido quedarnos así esclavos, pero tener agua y tener comida, y no tener dificultades.

Dios que ama a su pueblo no lo abandona, Moisés que se siente interpelado. Llega un momento que dice, «Están hasta para tirarme piedras», fíjense. Entonces Dios le da aquel poder a Moisés para hacer brotar agua para que el pueblo coja fuerza. Para que el pueblo se dé cuenta de que Dios no lo abandona, que Dios está con él. Entonces este momento ha quedado como ese momento en la historia de la salvación, en la cual nosotros tenemos que darnos cuenta de que podemos ser tentados. Y aquí viene el primer domingo, en que se habló de las tentaciones.

Podemos ser tentados de desconfiar de la palabra de Dios, que es viva, eficaz y se cumple. El Señor nos dice, confíen que al final, yo siempre estaré con ustedes, siempre y al final pues tendrán esa tierra que el Señor les dará.

Los cristianos ya sabemos porque Cristo ha muerto y resucitado, lo estamos celebrando hace más de veinte siglos, que nosotros tendremos la vida eterna, pero que la fe hay que defenderla, hay que vivirla, en medio de dificultades. Digo, para aquellos que se piensen que, si yo tengo fe, no tengo problemas en mi vida. No, hermanos, no es así. La vida continúa. Y la fe hay que vivirla en esos momentos duros.

Y a lo mejor me dirán, ¿entonces?, digo, entonces, si todo el mundo tratara de vivir según la palabra de Dios, no cabe la menor duda que este tránsito hacia la patria celestial fuera mejor. Pero desgraciadamente está metida la envidia, la prepotencia, el odio, la violencia en medio de nuestras vidas, y hay que vivirla creyendo firmemente en Dios que Él no nunca nos olvida. Puede ser que en algún momento estemos, «Señor, ¿hasta cuándo?» Como Jesús dijo, «Aparta de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad.» Así también nosotros, Señor, aparta esto que estamos viviendo, pero en todo momento ayúdame a ser fiel.

Entonces, las lecturas de hoy. Jesús que en ese camino hacia Jerusalén tiene que pasar por sus discípulos por Samaria. Como bien dice el texto, judíos y samaritanos no se llevaban para nada, teniendo los dos un mismo padre. Bien, porque el demonio es así. Entonces, no se llevaban para nada y se encuentra en aquel pozo a aquella mujer, le pide agua, ya ustedes lo oyeron. ¿Cómo tú me pides agua siendo judío? Y Jesús le dice, hermana, hija mía, no juzguen las apariencias. El que está aquí es más que todo eso. El que está aquí es capaz de darte un agua para la vida eterna. Imagínese, las mujeres, agua para la vida eterna, si aquí estaba el pozo de Jacob, aquí vivieron los animales de él, la familia y tú vas a tener un agua… Dice, «Sí, el agua que ustedes dan que está aquí, después te da sed.»

Igual que nosotros cuando trabajamos mucho, que eso es bueno, pero nos fijamos siempre qué tenemos para que nada nos falte. Yo quiero tener más, aquel tiene, yo quiero más que él, porque yo quiero hacer aquello. Hermano, esas cosas pasan. Igual pasa con esa agua que Jesús quería tomar. “Esta agua pasa, el agua que yo te voy a dar es para la vida eterna”. Entonces pasa todo ese pasaje tan lindo, el capítulo cuarto de San Juan, léanlo, búsquenlo.

En este capítulo cuarto de San Juan, el Jesús es el que pide. Jesús les pide, dame agua. La Madre Teresa tenía esa esa intuición, el Señor tiene sed de nosotros, de nuestro amor y de nuestra fe y así es. “Yo quiero agua y yo te voy a dar un agua para la vida eterna”. Y Jesús entonces hace lo que dice, le descubre, «Mira, no te crees a la mejor, tú también tienes tus pecados”. Y entonces la mujer se envalentona, los mismos discípulos llegan, ¿cómo tú hablas con una samaritana? Y Jesús le dice, óiganme, hay que luchar por salvar a todo el mundo y para Dios no hay diferencias.

Y hay una frase que dice, «Ustedes adoran a Dios» le dice a las mujeres, «en este monte y en Jerusalén. Pero no van a ni adorarlo ni en Jerusalén ni en este monte, porque Yo soy el que estoy aquí, que a mí es el que el que el que van a adorar.» ¿Por qué? Porque yo soy el hijo de Dios mismo que ha muerto en la cruz por nosotros. Hermanos, es un pasaje hermoso. Que uno tiene mucho, mucho que sacarle. Nosotros también somos la samaritana, que creemos que las cosas son lo que tengo en la mano, este jarro, este pozo y esta agua, no, tenemos a Cristo. Sigamos a Cristo.

La segunda lectura que es la carta a los Romanos, dice una frase, «la esperanza no defrauda.» Si tenemos esa fe firme en Dios y la esperanza es producto de nuestra fe, porque confiamos y esperamos lo que el Señor nos dice, nunca seremos defraudados. ¿Eso significa que todos nuestros problemas estarán resueltos? Ay, qué fácil sería la vida. Qué cosa, mira que nosotros creemos… creo en Dios porque todos mis problemas van a estar resueltos, no. Creo en Dios porque él es mi Señor, mi Salvador y él entregó su vida en la cruz por mí, para salvarnos. Y eso le da sentido a la vida. La vida no es venir al mundo por venir. La vida es venir al mundo para vivir eternamente junto a Dios.

Y dice más, «Hermanos, no decaigamos. La esperanza no defrauda.» Entonces pone el ejemplo ese que a mí me gusta que dice, «es difícil que alguien quiere entregar su vida por otro.» Dice, «Puede ser que por un hombre bueno alguien quiere entregar la vida, puede ser y gracias a Dios que todo eso se da.» Dice, «Pero Cristo, siendo nosotros pecadores, Cristo entregó su vida por mí y no quiso abandonarme.» Si yo tengo ese gesto de ese Dios, que se hace hombre para salvarme, ¿qué voy a dudar a dudar? Eso es lo que Pablo quería decirle a Timoteo.

Sí, lo sabemos, pero puede ser que hagamos como los judíos en el desierto, «Señor, no me lleves recio. ¿Por qué no sacaste de la esclavitud para morir?” Puede ser que digamos eso, esas son las tentaciones en contra de la fe. Pero, hermanos, firmes en la fe. Firmes en la fe en ese Dios, que se da y que se entrega por todos y cada uno de nosotros.

Y que en nuestra subida hacia la Semana Santa, tengamos en cuenta que la fe es una lucha, que vamos a encontrar momentos como los judíos, que le faltó el agua que le faltó la comida y vino el maná, que las bestias los atacaron, pero al final la fe los mantuvo firmes y llegaron a la tierra prometida, como Abraham. Así también será el Señor con cada uno de nosotros.

Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así.

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