Amables oyentes: Reflexionemos ahora en la sed de la mujer samaritana. Antes, explico algo. La lectura escuchada señaló que los discípulos de Jesús se extrañaron de verlo conversando con una mujer. Y es que, para la mentalidad judía de la época, era indecoroso para un hombre hablar en público con las mujeres. A esto habría que añadirle que la conversación fuera entre un judío y una samaritana, porque entre esos dos pueblos había antiguas rencillas. Ante estos dos hechos, Jesús actúa con libertad. Olvida todos los límites sociales, el qué dirán, y comprende que la sed de esa mujer es de otro tipo. Ha tenido cinco maridos y el sexto no es su marido. A pesar del agua del pozo y de los seis maridos, tiene una sed tremenda. Vive insatisfecha, como nos puede estar pasando a nosotros. Sufre por sus insatisfacciones. Bien sabemos todos, quizás hasta por propia experiencia, que ni el sexo, ni el placer, ni las cosas materiales, satisfacen por sí mismos. El sexo sin verdadero amor no satisface, sino que agota; la promiscuidad entristece, aísla o enferma; la droga, de cualquier clase que sea, no satisface, sino que arruina. El consumo de los bienes materiales no satisface, sino que agobia. Siempre nos vemos insatisfechos, siempre se quieren otros pozos, otros maridos, otras drogas, otros bienes materiales. Pero lo que necesitamos no son otras cosas, sino otra cosa. No cantidad, sino calidad; no materiales sino espirituales; no más agua del mismo pozo, sino agua de otro pozo, la que ofrece Jesús; no un hombre más sino un hombre diferente del resto: el mismo Jesucristo. La sed de la mujer samaritana es un retrato de tantas personas que andan buscando a Dios en medio de múltiples errores y equivocaciones de la vida, y que no encuentran satisfacción en sus ídolos y caminan a ciegas de un dios a otro, de un templo a otro, de un pozo a otro, con un cubo en la mano…
Por último, miremos a Jesús: Su sed es espiritual. El que puede dar agua viva a todos los sedientos es el que ahora está pidiendo agua. Pide de beber a la samaritana, para que ella le pida de beber a él. Es la misma sed que gritó Jesús, cuando estaba clavado en la cruz también a la hora del mediodía. ¿De qué tenía sed Jesús? Tenía sed de amor, de manifestar a todos su amor, de salvar a todos con su amor. El amor que tiene sed de amar.
La samaritana ya no tendrá necesidad de volver al pozo. El agua del Señor la ha saciado. La samaritana había ido a sacar agua del pozo y encontró otra agua, el agua viva de la misericordia. ¡Encontró el agua que buscaba desde siempre! No necesitará volver al pozo, porque ella será un pozo vivo que saciará la sed de tantos que buscan al Señor sin saberlo. El detalle que cuenta el evangelio de que corrió a su pueblo sin llevarse su cubo nos invita a pensar en nuestras malas actitudes, los vicios que nos tienen atados y que debemos tener la valentía de abandonar.
¡Todos tenemos uno o más cubos que dejar! Cubos que nos pesan, que nos alejan de Dios. Dejándolos, encontraremos la alegría del Señor que nos cambia la vida. ¡Cuántas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestros corazones si tenemos el valor de echar a un lado nuestros pesados cubos!
Recemos todos diciendo: Señor, danos de tu agua; apaga nuestra sed, ayúdanos a dejar nuestros pocitos de aguas muertas y que siempre acudamos a ti, el manantial de agua viva.
