Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el IV domingo de Cuaresma, 15 de marzo de 2026

Queridos hijos e hijas, les habla su obispo y amigo, Mons. Juan de Dios.

A lo largo de los evangelios se nos relatan diversas curaciones que Jesús concede a enfermos de todo tipo. Algunos de ellos son ciegos, como sucede en la narración de hoy. Peor en este caso no solo se nos describe la curación del ciego. Sobre todo, se desarrolla bellamente el proceso interior que conduce al invidente del desconocimiento de Jesús a la fe en él.

El capítulo 9 del Evangelio de Juan es mucho más que la narración de un milagro espectacular. En él, la curación física de un hombre ciego de nacimiento se convierte en el eje de una revelación progresiva sobre quién es Jesús y, sobre todo, qué significa “ver” y “ser ciego” en el reino de Dios. Este pasaje, con sus 41 versículos, nos invita a un itinerario de fe que va de la oscuridad a la luz, de la confusión a la confesión, y confronta al lector con una pregunta ineludible: ¿Ante Jesús, yo veo o estoy ciego?

El relato comienza con una pregunta de los discípulos, un poco simple: Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego? Buscan una causa, un culpable. El sufrimiento, para ellos, es un enigma moral que debe resolverse. La respuesta de Jesús rompe este esquema y desvía el foco de la causa del pasado al propósito del futuro. El hombre es un lienzo donde Dios pintará su obra. La ceguera no es un castigo, sino una oportunidad para la revelación de la gloria divina.

Jesús entonces actúa, pero no con una palabra a distancia. Se “ensucia las manos”: hace lodo con su saliva y tierra, un gesto que recuerda la creación del hombre en Génesis. El milagro es un acto de nueva creación, donde Jesús se revela como el Enviado del Padre que da la vista y la vida.

Aquí comienza el verdadero drama. La curación física es instantánea, pero el proceso de “ver” espiritualmente es gradual y se desarrolla en medio del conflicto. Los vecinos y fariseos interrogan al hombre.

En contrapunto al ciego que ve, están los fariseos. Ellos tienen vista física y un vasto conocimiento religioso, pero están espiritualmente ciegos. Su ceguera es peor porque es voluntaria y autojustificada. Se encierran en sus certezas: la ley del sábado es inquebrantable, Jesús no puede venir de Dios porque no cumple su interpretación de la ley. Rechazan la evidencia del milagro porque no encaja en su sistema. Interrogan al hombre, desprecian su testimonio, e incluso insultan a quien fue sanado.

Jesús pronuncia entonces la sentencia final: Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y para que los que ven, se vuelvan ciegos”. Los fariseos, incrédulos, preguntan: ¿Es que también nosotros somos ciegos?”. La respuesta de Jesús es demoledora: “Si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece.” Su pecado es la arrogancia espiritual. Creer que ya se ve todo, que ya se sabe todo, es la mayor ceguera, porque cierra la puerta a la luz nueva que es Cristo.

¿Dónde me sitúo yo? Este evangelio es un espejo.

Jesús se proclama “la luz del mundo” (v. 5). Esta luz no solo ilumina los ojos del cuerpo, sino los del corazón. Nos revela nuestra verdadera condición: necesitados de Él. La historia del ciego de nacimiento es, en el fondo, nuestra historia.

Señor Jesús, cura nuestra ceguera, acompáñanos con tu luz.

Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.

Deja un comentario