Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis bendecida por Dios.
Hoy celebramos, en el último domingo del año litúrgico, la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Como el año litúrgico representa el camino de nuestra vida, esta experiencia nos recuerda -es más, nos enseña- que nos dirigimos hacia el encuentro con Jesús, el Esposo, que vendrá como Rey y Señor de la vida y de la historia. Estamos hablando de su segunda venida. En la primera vino en la humildad de un Niño acostado en un pesebre (Lc 2,7); en la segunda regresará en la gloria, al final de la historia, una venida que hoy celebramos litúrgicamente.
Pero hay también una venida intermedia, la que vivimos hoy, en la que Jesús se nos presenta en la Gracia de sus Sacramentos y en el rostro de cada «pequeño» del Evangelio. Es el tiempo en el que se nos invita a reconocer a Jesús en el rostro de nuestros hermanos, el tiempo en que se nos invita a utilizar los talentos que hemos recibido, a asumir nuestras responsabilidades cada día. Y a lo largo de este camino, la liturgia se nos ofrece como escuela de vida para educarnos a reconocer al Señor presente en nuestra vida cotidiana y para prepararnos a su venida final.
El año litúrgico es el símbolo del camino de nuestra vida: tiene su principio y tiene su final en el encuentro con Jesús, Rey y Señor, en el Reino de los Cielos, cuando entraremos en él por la puerta estrecha de la «hermana muerte», como la llamaba San Francisco de Asís.
El texto del Evangelio nos presenta al Rey en la cruz, entre dos ladrones. Lucas pinta el escenario de la cruz con todo lujo de detalles. Los espectadores, el pueblo que asiste a estos actos, está curioso y entretenido. Más cerca, al lado de la cruz está las autoridades que lo insultan. Los soldados también están cerca y participan en los agravios. En primer plano están los tres crucificados. Uno de ellos provoca a Jesús y lo desafía. El otro crucificado recrimina al compañero y pide a Jesús que se acuerde de él cuando venga como rey. Ese es el ambiente en el que se nos invita a meditar y orar en la fiesta de Jesucristo, Rey del universo.
Esta lectura, elegida para hoy, puede resultar extraña. ¿Qué tipo de realeza es la de Cristo si la situamos en un ambiente así? Es muy difícil entender la realeza en un entorno tan humillante. El letrero colgado en la cruz, “Este es el rey de los judíos”, era una mordaz ironía. Pero justo desde la humillación y debilidad extremas de la cruz es desde donde Jesús reina. Diferente a todos los reyes de la tierra. Jesús sale victorioso y de ello es garantía la promesa hecha al buen ladrón.
Jesús no vino para ser servido, sino para servir; no vino para usar su poder, sino para donarse completamente por los demás. Para salvarlos. Ésta es la realeza de Jesús, y por eso no es comprendida. Es la realeza del amor, del perdón, del servicio, que Jesús ha traído y que, gracias a la Cruz, ha vencido.
Señor, qué paradoja la de tu reinado. Danos tu sabiduría. Que ella nos abra los ojos del corazón para distinguir con claridad las propuestas del mundo y las tuyas. Las que llevan a la liberación y salvación de todos.
Cristo Rey del Universo, ven a reinar en nuestros corazones y en nuestra vida. Amén.

GRACIAS!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz «Ahogar el mal en abundancia de bien». San Josemaria Escriva (cf Lumen gentium 61) AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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