Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández, Obispo de esta diócesis y pastor de todos.
El texto de hoy es, aparentemente, la narración de cómo Jesús devuelve la vista a un ciego. Es una realidad, es una hermosa catequesis en la que Jesús se desvela, progresivamente, como la luz del mundo. Así, la curación física pasa rápidamente en el relato, porque lo más importante es llegar a la fe, abandonar la ceguera espiritual y adquirir la experiencia personal suficiente para decir: “Creo, Señor” incluso en un ambiente hostil. Curiosamente, no solo el ciego recobra la vista al encontrarse con Jesús.
Todo su entorno queda alterado y afectado ante el paso del Señor: los padres del ciego, los adversarios, cuantos lo conocían. También el lector es invitado a renovar su adhesión a Jesús.
El comienzo del evangelio de hoy toca un tema trascendental para el ser humano. Los apóstoles, curiosos y crueles, preguntan a Jesús, al ver a aquel desgraciado al borde del camino: Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?
Toda la revelación enseña que el pecado es la causa principal del sufrimiento. Pero muchas veces, individualmente no hay relación directa y proporcionada entre el pecado y la desgracia. Ni él ni sus padres pecaron, responde Jesús a los apóstoles, nació así para que se manifieste en él las obras de Dios. Este es el sentido más hermoso de nuestras adversidades: son el signo, una señal de Dios.
Todos nuestros sufrimientos tienen su sentido, pero a veces debemos esperar, con gran paciencia y por mucho tiempo, hasta que se revele su significación. ¡Cuántos años el ciego de nacimiento tenía que esperar! ¡Cuántos años de ceguera absurda, de noche incomprensible, para que pudiera brillar la alegría de este día!
Gracias a la fe, podemos y debemos ver en nuestros sufrimientos, promesas y no mutilaciones. Ante cualquier dolor, hemos de adorar el misterio que Dios propone al hombre. Dios nos pide creer que cualquier sufrimiento puede convertirse en el sufrimiento de Cristo, que es su Pasión. Así San Pablo expresa: “Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo”. No hay dolor, no hay, cruz que no se parezca a la Suya.
El ciego del Evangelio descubre el sentido de su ceguera en el encuentro con Jesucristo. Le regala no sólo la vista del cuerpo, sino también la visión del alma: la FE. Primero es invitado a dar testimonio del Señor. A los que le preguntan su opinión sobre Jesús, les responde con mucha convicción: es un profeta. Y al encontrarse de nuevo con Jesús y reconocerlo como su bienhechor, hace profesión de su fe: Creo, Señor. Y se postra ante Él.
Es la curación más profunda. Por cierto, es expulsado de la sinagoga, pero encuentra la fe: es el gran acontecimiento de su vida.
Así se manifiestan las obras de Dios, por medio del actuar de Jesús. Sus milagros son signos que conducen hacia Dios, a los hombres de buena voluntad y de corazón abierto. Pero a los soberbios y autosuficientes los endurecen en su pecado.
A nosotros también nos puede entrar el pecado de la soberbia si no estamos atentos. Podemos ver signos evidentes de la presencia de Dios, de su amor en nuestra vida y no aceptarlos porque somos más ciegos que el ciego de nacimiento.
Por eso, hay que estar abiertos a la luz de la verdad que es Cristo y no cegarnos en nuestra soberbia. Aceptar a Cristo, aceptar su amistad y su amor, aceptar la verdad de sus palabras y creer en sus promesas; reconocer que su enseñanza nos conducirá a la felicidad y, finalmente, a la vida eterna.
Aquel ciego podemos ser cada uno de nosotros. Llevamos dentro y tenemos a nuestro alrededor zonas oscuras a las que aún no ha llegado la luz de Cristo. Se resiente nuestro seguimiento y nuestra misión. Como el invidente del relato, somos incapaces de vernos a nosotros mismos, a los demás y a la realidad que nos rodea con la mirada de Dios. Por eso es bueno preguntarnos frecuentemente: ¿Me hago consciente de esas zonas oscuras, medito sobre los pasos que estoy dando para avanzar y fortalecer mi fe? ¿Reconozco a las personas y las situaciones que me ayudan a madurar en mi fe; también las que me estancan?
Señor, tú me diste estos ojos. Pon en ellos tu luz y dime hacia dónde he de volverlos para descubrirte más y mejor.
Que María de la Caridad, nos ayude a buscar y ver a Jesús, siempre.

GRACIAS!!!!!!!!!!!!
SANTA Y FELIZ CUARESMA EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz «Ahogar el mal en abundancia de bien». San Josemaria Escriva (cf Lumen gentium 61) AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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