Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios.
Al comentar el evangelio de hoy debemos subrayar tres elementos esenciales: la bendición de Jesús al Padre, la manifestación sobre la relación entre el padre y el Hijo y la invitación a la amistad con Cristo, siendo sencillos y humildes como el Mesías. Es en el seguimiento de este Jesús donde el discípulo encontrará reposo, aliento y esperanza para seguir adelante en su vida.
Feuerbach y Nietzsche -dos filósofos ateos del siglo pasado- lanzaron sus teorías del «super-hombre» y del dominio del más fuerte. Ideas tan tristes que desembocaron en la prepotencia nazi, en un racismo aberrante y en todas las formas de totalitarismo ateo que perseguía todo tipo de religión, especialmente la católica; esas ideas fueron las causantes de la Segunda guerra mundial y originaron un abismo de inhumanidad que ni siquiera excluyeron los terribles campos de concentración y de exterminio. Esa triste «ley del más fuerte» impone muchas veces el criterio de comportamiento entre los hombres, ¡tan penosa y de tan lamentables consecuencias para la convivencia humana! Y es que el poder, la ambición desenfrenada y la soberbia prepotente pudren el corazón de los hombres y crea verdaderos infiernos.
Y, sin embargo, Jesucristo nos viene a hablar hoy de humildad, de mansedumbre y de servicio: «Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas»… ¿No es un mensaje ya trasnochado y pasado de moda? ¿Acaso el que triunfa, hoy en día, no es el hombre «fuerte», el «grande», el poderoso?
El pequeño, el débil y el humilde ni siquiera es tomado en cuenta; más aún, muchas veces es ridiculizado y marginado. El mismo Nietzsche se mofaba de la humildad, diciendo que era «un vicio servil y un comportamiento de esclavos».
En el Evangelio de hoy se nos presenta Jesús en oración bendiciendo a su Padre: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado los misterios del Reino a los sabios y a los poderosos, y se los has revelado a los pequeños». ¡Qué contraste tan abismal! Pensamos que las gentes felices del mundo son los ricos, los poderosos, los grandes, los fuertes y los sabios. Y, sin embargo, nuestro Señor llamó «dichosos» precisamente a los de la parte opuesta: «Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los pacíficos, los que padecen persecución… porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 1-12). Y hoy, Jesús nos sale con otra de las «suyas», invitándonos a la humildad. ¿Acaso ha enloquecido? ¡Con razón nadie le hace caso! Parece que Él va siempre «en sentido contrario», contra corriente. Pero, no nos viene mal preguntarnos quién es el verdadero loco. Nietzsche, al final de su vida, acabó suicidándose.
Jesús siempre se presentó así: manso y humilde. Después de la multiplicación de los panes, cuando la muchedumbre quería arrebatarlo para hacerlo rey, Él se les esconde y se va solo, a la montaña, a orar. Y cuando curó al leproso de su enfermedad inmunda o devolvió la vista al ciego de nacimiento; cuando hizo caminar al paralítico, curó a la hemorroísa, resucitó a Lázaro o a la hija de Jairo, no se dedicó a tocar la trompeta para que todo el mundo se enterara… Y, finalmente, cuando se decide a entrar triunfalmente en Jerusalén, no lo hace sobre un alazán blanco o sobre un caballazo prieto azabache, rodeado de un ejército de vencedor, sino montado en un pobre burrito, que era señal de humildad y de paz.
¡Definitivamente, Jesús no hacía milagros para «ganar votos» para las elecciones, ni se aprovechó de su popularidad entre la gente para hacerse propaganda y ocupar los mejores puestos! «Aprendan de mí -nos dice- que soy manso y humilde de corazón». Sí. Él había dicho durante su vida pública que «no había venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45) y lo cumple al pie de la letra.
Si seguimos su ejemplo, Él nos asegura los frutos que obtendremos: «Encontrarán descanso para sus almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera». La persona humilde goza de una paz muy profunda porque su corazón está sosegado. Ese yugo y esa carga se refieren a la cruz que tenemos que llevar todos los seres humanos. Pero Cristo nos llena de paz y de felicidad en medio del dolor porque su presencia y su compañía nos bastan y nos sacian. Él es nuestra paz. Y no importa que nos lluevan las persecuciones, las calumnias, las injurias y todo tipo de mentiras.
Hoy también Jesús nos invita: “Vengan a mí”. Es una propuesta dirigida a los “fatigados y cansados”, es decir, a quienes siguen viviendo hoy oprimidos y sienten que sus fuerzas no alcanzan para afrontar lo que acontece. A nosotros, sus discípulos, nos pide ser pequeños, sencillos y humildes de corazón y, sobre todo, concentrar la atención en los crucificados, marginados y agobiados.
Que María de la Caridad, Maestra de pequeñez, nos enseñe a vivir como nos pide Jesús

GRACIAS!!!!!!!!!!!!!! EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz “La globalización de la indiferencia nos ha robado la capacidad de llorar” Francisco en Lampedusa Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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