Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios.
Dice San León que: “El fin principal de la transfiguración era desterrar del alma de los discípulos el escándalo de la cruz”. Por eso los llevó a un monte alto, para ilustrarlos acerca de su pasión, para hacerles ver que era necesario que el Cristo padeciese antes de entrar en su gloria, conforme a lo anunciado por los profetas (Lc 24,25); para sostener aquellos corazones atribulados y desfallecidos”.
Celebrar cada año la fiesta de la Transfiguración del Señor nos hace revitalizar y alimentar nuestra única esperanza en el Hijo amado. Esta fiesta anticipa lo que nos pasará al final de nuestros días. Pero, para llegar a esta meta, todos tenemos que pasar por los valles tenebrosos de nuestra vida, que pueden ser nuestros problemas cotidianos, crisis de relaciones, falta de perspectiva y motivación en la vida. Al cruzar estos valles es importante saber atender la voz del Hijo amado del Padre Solo él nos puede guiar y conducir al triunfo final.
El escenario será el monte Tabor. El Tabor es un monte redondo, gracioso, solitario, que con sólo trescientos metros de altura, destaca por su figura excepcional y su separación de otras montañas. Situado en el extremo nordeste de la llanura de Esdrelón, dista de Cesarea setenta kilómetros. Es uno de los montes con más personalidad de toda Palestina. Su verdor contrasta con la desnudez de las alturas cercanas.
Jesús se transfiguró delante de sus amigos íntimos. Cambió totalmente su apariencia y aspecto.
En la escena aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, envolviendo el Evangelio; igual que en el triunfo escatológico, cuando Jesucristo sea exaltado como rey y centro de todas las edades. Jesús, resplandeciente sobre un monte de la tierra.
Todo ocurre a diez kilómetros de Nazaret, por donde había caminado vestido de humildad, y de carne opaca. Ahora, desanuda el vigor y la belleza de su ser, reprimidos por las leyes de la encarnación, y permite que aparezcan, y fulguren, y fascinen a quienes los contemplan.
Quiere que su alma, unida al Verbo y gozando la visión beatífica de Dios, desborde su gloria hasta redundar en el cuerpo, como hubiera sido siempre su estado connatural, si él no hubiera querido oscurecer sus efectos.
Una nube los cubría. Es la nube. La nube de larga tradición: aquella historia de Dios enlazada con la historia de los hombres, que denota la presencia del Señor. La que garantizaba todas las intervenciones divinas; recordemos el éxodo: «El Señor dijo a Moisés: Yo vendré a ti en una nube, para que vea el pueblo que yo hablo contigo y tengan siempre fe en ti” (Ex 19,9). La nube que se había cernido sobre María en la Encarnación: “El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso al que va a nacerlo llamarán consagrado, Hijo de Dios” (Lc 1,35). Esa nube cubre ahora a Jesucristo y de ella brota la voz poderosa: “Este es mi Hijo elegido, escuchadlo”.
Jesús necesita afirmarse y afirmar su identidad de Hijo de Dios, sobre todo en los más íntimos. Se transfiguró y sus vestidos resplandecían de blancura. Su realidad, que permanecía oculta, se manifestó. Dios le llenó desde dentro.
Entrar en oración es llegar a la fuente fresca de la transfiguración, allí donde la luz tiene su manantial. Todo cambia en la oración. El encuentro de Jesús con su Padre fue confortador y estimulante. Glorificador.
Añade Mateo: “Los discípulos cayeron sobre su rostro, presos de un gran temor. Se acercó a ellos Jesús y, tocándoles, dijo: Levántense. No tengan miedo” (Mt 17,6). Jesús provoca el temor y luego lo disipa. Es un temor que despierta al alma purificándola. Temor necesario para que no rebajemos la grandeza de Dios hasta el nivel de nuestra rutina o de nuestros proyectos mundanos.
Señor Jesús, en esta fiesta de la Transfiguración queremos renovar nuestra vida y misión, conforme a nuestros estados de vida. Ayúdanos en este proceso de renovación, para que nos transformes también en buenos colaboradores tuyos en esta tarea tan ardua.
Que María de la Caridad, ponga a Jesús en nuestros corazones.

GRACIAS!!!!!!!!!!!!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz “La globalización de la indiferencia nos ha robado la capacidad de llorar” Francisco en Lampedusa Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
Me gustaMe gusta