Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios, Obispo de esta amada diócesis.
El Evangelio de hoy nos alienta a la alegría y, asimismo, a aceptar el sufrimiento, la cruz, inseparables del seguimiento de Jesús. Como los profetas sufrieron por ser fieles al llamado de Dios, así también Jesús sufrirá persecución y muerte en cruz por la salvación de todos. Ese es el camino a Jerusalén y así lo anuncia a sus discípulos.
No lo entienden, e incluso, no quieren que suceda como Jesús lo indica. Pero él deja claras las condiciones para los que lo seguían entonces y para los que queremos seguirlo hoy.
A nadie le gusta sufrir. Pero el sufrimiento viene sin que lo busquemos. Todos podemos hablar de nuestra cruz de cada día. También de la lucha diaria por seguir a Jesús en medio de una sociedad que piensa y vive lo contrario.
En este Evangelio de Mateo, Jesús nos anima a poner nuestros pasos en sus huellas. Jesús nos invita a superar nuestro egoísmo, a tomar nuestra cruz y a dar la vida por su reino.
La recompensa será enorme: Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.
El Dios de Jesús comparte con nosotros todo menos el pecado. Pero Pedro no entendía las cosas de Dios. Del mismo modo, por no situarnos nosotros en el plan del Padre, se nos hace difícil entender sus obras, sus planes para con nosotros. En ocasiones sentimos como Pedro, las ganas del triunfo, la victoria sin pasar por las exigencias que ello conlleva. Pensamos un dios diferente al de Jesús. Vemos desde nuestra óptica y eso nos confunde, nos desorienta. Tenemos necesidad de despojarnos de los criterios del hombre, de nuestros quereres, preferencias y egoísmo y adoptar sólo y únicamente el de Jesucristo.
En una ocasión un sacerdote tuvo que realizar un viaje al extranjero y en el avión coincidió con un empresario muy importante. Después de un rato de diálogo, el millonario le dijo: Daría con gusto gran parte de mi dinero con tal de volver a tener la experiencia de Dios que viví hace muchos años.
La amistad con Cristo no se paga con dinero, es gratis. Por eso es tan difícil lograrla, porque no se vende en ningún establecimiento. No es una mercancía, pero es el bien más cotizado del mundo. Y por desgracia, también el más desconocido.
¿Cómo se logra esa amistad? En primer lugar, haciéndose como Cristo. Para eso hay que empezar a conocerlo; leer el Evangelio, acudir a los sacramentos, dedicar momentos diarios a la oración, etc. Es necesario «empaparse» de sus enseñanzas, que son divinas. Es entonces cuando damos un fundamento sólido a nuestra vida cristiana.
Jesús nos avisa que esa transformación en Él es costosa, como cargar con una cruz sobre los hombros. No hay que engañarse. Pero también es la manera más plena de vivir, despreocupándose de los propios intereses y tratando a los demás como Cristo lo haría. Es así como podremos experimentar su amistad y cercanía. Así «recobramos» nuestra alma para el Señor y ayudamos, con nuestro testimonio, a los otros.
Esta semana en que celebramos la fiesta de nuestra Madre, miremos el ejemplo que nos da la Virgen. Desde el silencio y la presencia activa, Ella nos muestra lo que significa cumplir la voluntad de Dios, cargar con la cruz y seguirlo.
Pidamos a María de la Caridad que siempre ponga a Jesús en nuestros corazones.

GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz “La globalización de la indiferencia nos ha robado la capacidad de llorar” Francisco en Lampedusa Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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