Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios, pastor de todos ustedes.
“La historia de amor entre Dios y su pueblo parece ser una historia de fracasos, como sucede en la parábola de los labradores asesinos, que aparece como el fracaso del sueño de Dios.
Hay un hombre que construye una viña y están los labradores que matan a todos los que envía el señor. Pero es precisamente de esos muertos que todo toma vida. Los profetas, los hombres de Dios que han hablado al pueblo, que no fueron escuchados, que fueron descartados, serán su gloria. El Hijo, el último enviado, que fue precisamente descartado por eso, juzgado, no escuchado y asesinado, se convirtió en piedra angular.
Esta historia que parece ser una historia de amor, después parece terminar en una historia de fracasos, pero que termina con el gran don de Dios, que del descarte saca la salvación; de su Hijo descartado nos salva a todos. Es aquí donde la lógica del fracaso se cae. Y Jesús lo recuerda a los jefes del pueblo, citando la Escritura: La piedra que descartaron los constructores es ahora piedra angular. Esto lo ha hecho el Señor y es una maravilla a nuestros ojos.
El camino de nuestra redención es un camino de muchos fracasos. También el último, el de la cruz, es un escándalo. Pero precisamente ahí vence el amor. Y esa historia que comienza con un sueño de amor y continúa con una historia de fracasos, termina en la victoria del amor: la cruz de Jesús. No debemos olvidar este camino, es un camino difícil.
Si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces ha expulsado a los profetas. Cuántas veces ha dicho a Jesús ‘vete’, cuántas veces ha querido salvarse a sí mismo, cuántas veces hemos pensado que nosotros éramos los justos”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 1 de junio de 2015, en Santa Marta).
Jesús denuncia, con esta parábola, a quienes no han querido escuchar a los enviados de Dios, llegando incluso a matarlos y a deshacerse del Hijo. Y se dirige a un “ustedes” para hacerlos herederos del reino, siempre que produzcan frutos. La Iglesia está llamada a ser el nuevo pueblo de Dios, pero este don no es un derecho adquirido: está supeditado a dar frutos.
Por el bautismo hemos sido convocados a trabajar en la viña del Señor, una viña que Dios cuida con cariño y mimo.
Pero la viña no es nuestra: somos los criados labradores a quienes el Señor ha encargado cuidar de su campo y entregarle a tiempo los frutos que le corresponden.
En nuestra sociedad, hay un creciente pensamiento de que la felicidad se encuentra en olvidarse de los problemas de nuestra vida y vivir como si no existieran. La felicidad en los tiempos modernos, se resume en placeres, amor propio, independencia. Pensemos en que el primer pecado de Adán y Eva fue el placer y el querer ser independientes. El querer ser como Dios.
Abramos nuestro corazón para reflexionar y alzar nuestra mirada en Jesucristo Crucificado. Jesucristo sabe que las soluciones que el mundo nos ofrece no son las más acertadas. Él quiere ayudarnos y para eso nos pide que creamos en él y que nos aferremos a Él como un hijo se aferra en la cintura de su padre cuando siente temor. Sepamos poner todas nuestras preocupaciones en sus manos y a vivir nuestra vida dándonos a nuestros seres queridos. Cumpliendo con nuestros deberes habituales, para que nuestra vida sea plena.
Gracias, Señor, por habernos elegido y contratado para cuidar de tu viña. Perdona por tantas veces como no estamos a la altura de la misión. Perdona nuestra ceguera, nuestra comodidad, nuestro conformismo. Danos disponibilidad, constancia, alegría para ser los trabajadores del reino que tú esperas.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz “La globalización de la indiferencia nos ha robado la capacidad de llorar” Francisco en Lampedusa Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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