Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios Hernández, Pastor de todos ustedes.
El texto evangélico nos sitúa en el momento del juicio definitivo, del encuentro final. Este “rey” es un pastor que ha cuidado su rebaño, que ha dado la vida por sus ovejas y ahora las reúne de todos los lugares y todos los tiempos, de todas las religiones y pensamientos. Y las separa en dos grupos que ya suponen el veredicto. La prueba final está bien clara y sencilla: solo se trata del amor.
La solemnidad del texto nos lleva a la sencillez de la reflexión. De lo que se trata no es ni más ni menos que del amor que hayamos demostrado a Jesús. Incluso sin haberlo conocido, se le puede amar o rechazar y él mismo lo explica. Lo amamos o rechazamos cuando practicamos la misericordia y el amor en quienes él más quiere, en los pobres, en los necesitados, en los inmigrantes. Así se ama a Jesús.
Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse, del hacerse cargo del otro. En el fondo, detrás de esta actitud hay con frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor que dice: “A mí me lo hicisteis”.
Por esto, como nos recuerda el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “La alegría del Evangelio”, quisiera recordar una vez más “la absoluta prioridad de la ‘salida de sí hacia el otro’ como uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual como respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 179). De la misma naturaleza misionera de la Iglesia brotan “la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve”» (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial del Enfermo 2015).
Cristo, el día de hoy, nos viene a recordar lo propio de su mensaje: la caridad.
La caridad no como mera filantropía, sino como verdadero amor a Dios que vive realmente en mi prójimo. Esta caridad brota naturalmente del amor a Dios. Si amo a Dios no puedo dejar de amar a mi hermano. Y por ello todo lo que haga a mi prójimo se lo hago a Dios Nuestro Señor porque él habita en mi persona y en los demás.
No basta conformarnos con no criticar a los demás, hace falta hablar bien de mi prójimo, promover lo bueno y silenciar lo malo, hablar bien de los demás.
No hace falta inventarse virtudes o cualidades donde no las hay, hay que reconocer y hablar de las que tienen los demás. Se dice fácil, pero cuesta. Haz la prueba de hablar bien de los que están a tu alrededor y verás que es fácil. Más, Dios lo quiere, y sobre todo, recuerda que Dios vive en tu prójimo.
La oración ante el texto del Juicio Final me recuerda a tantos santos fundadores de comunidades religiosas para vivir al servicio de los más pobres y a las religiosas continuadoras de sus obras, a los misioneros y misioneras de todos los tiempos y por todo el mundo, a tantas personas que a través del voluntariado colaboran en multitud de ONG, a los padres y madres de familia que lo dan todo siempre, y a la inmensidad de buenas personas que hacen que cada día el mundo sea un poco mejor. Gracias, Señor, por todos ellos. Y con ellos me atrevo a pedirte: Venga a nosotros tu reino.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

GRACIAS!!!!!!!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA e ISRAEL GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
Me gustaMe gusta