Queridos hijos e hijas como siempre les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios.
El tercer domingo de adviento, el de la alegría, presenta la figura de Juan el Bautista. Este es claro y enfático en decir lo que no es. Entonces quién eres… le preguntan. Responde no con nombres o apellidos familiares sino identificándose con su tarea: es la “Voz que grita en el desierto: allanen el camino del Señor”. Reivindica el título de precursor: el que prepara la llegada del Mesías con un bautismo de conversión. En todo momento da primacía al que llega y para el que trabaja. El evangelista lo identifica como testigo de la luz que es Cristo.
El centro del poder político, religioso, económico está en Jerusalén. De allí mandan emisarios para interrogar a Juan Bautista. No es sacerdote ni pertenece a ninguno de los grupos judíos reconocidos. Además, ejerce su misión lejos de Jerusalén. Parece que les incomoda el que mucha gente lo escuche y se haga bautizar por él. “¿Qué títulos tienes para bautizar?” A toda costa quieren saber su identidad y se olvidan del mensaje que transmite. ¡Qué grande el Bautista que coloca su identidad en la misión que se le ha encomendado! Él se pierde, desaparece para que emerja y resplandezca el que sí es la Luz.
Juan es el «profeta», identificado con Elías, que estaba destinado a preceder inmediatamente al Mesías a fin de preparar al pueblo de Israel para su venida. Toda su vida está «en relación con» Cristo y se realiza acogiéndolo a él, Palabra, Luz y Esposo, de quien somos voces, lámparas y amigos. «Es preciso que él crezca y que yo disminuya»: estas palabras del Bautista constituyen un programa para todo cristiano.
Dejar que el «yo» de Cristo ocupe el lugar de nuestro «yo» fue de modo ejemplar el anhelo de los apóstoles san Pedro y san Pablo, […] San Pablo escribió de sí mismo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí». Antes que ellos y que cualquier otro santo vivió esta realidad María santísima, que guardó en su corazón las palabras de su Hijo Jesús. (Benedicto XVI, 25 de junio de 2006).
El evangelista san Juan nos dice de Juan que: «éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz y para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz»(Jn 1, 7-8). Su misión es, por tanto, hablar en nombre de otro y dar testimonio en favor de otro. ¡Mucha humildad se necesita para cumplir esta misión! Y Juan supo hacerlo de modo excelente, aun a costa de su vida. Cuando se presentaron ante él los sacerdotes y levitas, enviados por las autoridades judías desde Jerusalén, confesó con toda claridad: «Yo no soy el Mesías» –respondió sin rodeos– también declaró que él no era Elías, ni el Profeta. Él, simple y llanamente se autodefinía «la voz». Sí, «la voz que grita en el desierto», como dijo Isaías.
Pero, ¿para qué sirve una voz que grita en el desierto? ¿Es que alguien puede escucharla? El desierto significa que tenemos que hacer espacios de silencio en la soledad de nuestro interior para acoger esta voz; y también que hemos de saber desprendernos de las cosas materiales que nos disipan y nos distraen para poder concentrarnos en lo esencial.
San Agustín comenta bellamente este pasaje en uno de sus sermones diciendo que “Juan era la voz y Cristo la Palabra eterna del Padre”. El sonido de la voz de Juan permitió a Jesús pronunciar la Palabra de vida y hacerla llegar hasta nuestro corazón. Juan cumplió su misión de voz y desapareció: «Conviene que Él crezca -dirá en otro momento- y que yo disminuya».
Pero el mensaje de esta voz es de una grandísima profundidad y trascendencia: «Preparad los caminos del Señor». Preparar el alma para la venida – ¡ya tan próxima!– de nuestro Redentor, que nace como Niño en carne mortal para salvarnos. Preparar los caminos del Señor significa abandonar el pecado y acercarnos a la gracia; significa aprender a ser humildes, como Juan Bautista, dejar entrar al Señor en nuestro corazón y que Él sea quien rija el destino de nuestra existencia. Significa también estar con el corazón atento para poder descubrir a Dios que viene a nosotros, pues tal vez por su humildad, su silencio y su sencillez, podría pasarnos desapercibido, como sucedió a los judíos: «En medio de ustedes hay uno -les decía el Bautista- a quien no conocen, al que yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Que no nos vaya a ocurrir que llegue la Navidad, que pasen estas fiestas y ni nos demos cuenta de lo más importante: ¡el festejado, Jesús!
Ojalá, pues, que seamos dóciles a esta voz que grita en el desierto y sigamos «preparando los caminos del Señor». Que cuando Cristo venga en esta Navidad nos encuentre a todos con el alma bien dispuesta, prontos para escuchar su palabra, para acoger su mensaje y recibir su salvación. Sólo así las fiestas navideñas dejarán en nuestro corazón un fruto perdurable para siempre.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

GRACIAS!!!!!!!!
FELIZ Y SANTA NAVIDAD EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA e ISRAEL GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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