Queridos todos: Es muy bonita y educativa esta comparación que hace Jesucristo sobre nuestra amistad mutua y la relación que existe entre una mata y su fruto. Cuando Jesucristo se comparó con una vid, o sea, la planta que produce las uvas, y nos comparó a nosotros con los sarmientos, o sea, las ramas llenas o no de uvas, todos entendieron muy bien, pues esa imagen agrícola era muy familiar para los que lo escuchaban. Era un cultivo muy conocido en su tierra.
Pienso que, si Jesucristo, hubiera vivido en Cuba, hubiese tal vez hablado seguramente de los sabrosos mangos que en estos días empiezan a aparecen en nuestras calles.
Seguro que todos hemos observado cómo después de un viento fuerte o un gran aguacero caen al suelo desprendidos de la mata muchos pequeños mangos que vieron interrumpido su crecimiento. Si nos agachamos y recogemos algunos del suelo, notaremos cómo algunos conservan todavía un pequeño tallo que los mantenía unidos a la mata. Era, por ese tallo, que le entraba al mango toda la savia y los nutrientes que necesitaba para irse desarrollando. La lástima es que, al separarse del tronco, se ha condenado a muerte. Aunque parezca un pequeño mango, ya no es un mango. Ha empezado a secarse y a morir.
En el evangelio escuchado, Jesús empieza por identificarse como “la vid verdadera”, queriendo decir que toda vida viene de él y pasa luego, a través de nosotros los pequeños sarmientos, para dar fruto del mismo modo que la savia circula por la vid y llega hasta los sarmientos para producir uvas.
Jesús hace una advertencia severa: Todo sarmiento que esté vivo, tiene que dar fruto, es decir, toda persona, todo miembro de una comunidad, está llamado a crecer y a vivir plenamente.
En la lectura escuchada hay dos expresiones o palabras que se repiten cada una de ellas hasta siete veces: las de “permanecer” y “dar fruto”.
Y ésa es la intención fundamental que quiere enseñar Jesús. Hay que permanecer unido a él para poder dar fruto, mientras que el que se separe de él, se quedará estéril y no dará ningún fruto. San Juan, el autor del evangelio escuchado, repetirá la palabra “permanecer” hasta 40 veces en sus escritos.
Jesucristo espera de nosotros que demos fruto, y fruto abundante, y por ello nos invita a permanecer unidos a él. Quien no permanezca con él, que es la fuente de vida, renuncia a vivir.
Puede que hayamos tenido la amarga experiencia de habernos alejado de Dios, de habernos separado de Dios, y experimentamos que nos hemos ido secando y perdiendo el gusto por la vida.
Recordemos siempre que nuestra unión con Jesucristo debe ser íntima, vital, permanente. Vid y sarmiento no son dos cosas distintas, forman un todo. Solo que la savia, el nutriente, no brota de los sarmientos sino que los reciben de la vid, del árbol. Por eso él va a afirmar: “Sin mí ustedes no podrán hacer nada”, o lo que es lo mismo: separados de mí, desgajados de mí, no podrán dar fruto, no podrán crecer. En Cuba diríamos: no podrán llegar a ser “mangos exquisitos”.
Confesémosle al Señor que sin Él no podemos hacer nada porque Él es la fuente de nuestra vida. Sin Él nuestras palabras sonarán vacías, nuestros sentimientos apagados, nuestras relaciones difíciles, nuestros amores egoístas y posesivos. Sin Él nuestra vida se secará. Jesucristo es el único aliento que hace vivir nuestro corazón.

Neidys GRACIAS!!!!!! FELIZ Y SANTO TIEMPO PASCUAL GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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