Mensaje radial de Monseñor Emilio Aranguren Echeverría, obispo de la Diócesis de Holguín, en el Domingo XI del Tiempo Ordinario, 16 de junio de 2024 (Día de los Padres)

Queridos hermanos y amigos, buen domingo para todos, muy especialmente para quienes viven con profundo sentido vocacional el llamado de Dios a ser padres, cabeza del hogar, guía y orientadores de su familia.

Recuerdo una vez más aquella frase que se colocó en décadas pasadas en muchas puertas de nuestros pueblos y vecindarios, decía: “Mi casa alegre y bonita”. Esa expresión, de una u otra forma, siempre la recuerdo cuando celebramos la Jornada Nacional de la Familia y me pregunto por qué. La respuesta es sencilla: una cosa es una casa, un inmueble, una edificación, algo material, lo cual puede ser o no de buena construcción, con mayor o menor seguridad, con detalles ornamentales, muebles, etc. Eso es la casa, otra cosa es el hogar.

El hogar es una experiencia, no es algo material. Es intangible, dirían los filósofos. La experiencia vivida en el hogar lo va a acompañar a uno hasta su última morada. La casa se permuta, se vende, incluso, se deja atrás cuando uno se muda. Esa es la casa. Repito: El hogar va con uno, se lleva dentro, porque es la experiencia vivida en la familia, con los padres, con los hermanos, con los abuelos, con los vecinos, con las amistades.

Al compartir esta experiencia, recuerdo otra frase muy repetida: “Hogar, dulce hogar”. En Belén, José y María con Jesús no tuvieron casa, fue un establo, un pesebre, pero sí recordamos a la Sagrada Familia en el hogar de Nazaret. En el hogar nacen, crecen, maduran y fecundan las relaciones que integran una familia: la paternidad, la maternidad y la filiación que genera la fraternidad cuando son varios los hijos.

Qué lindo es escuchar cuando a una persona le preguntan: ¿y tú eres familia de fulana? Y la respuesta es: “No soy nada de ella, pero siempre sentí a su familia como si yo fuera parte”. Eso es hogar.

Hoy, Día de los Padres, al igual que hicimos el Día de las Madres, demos gracias a Dios por haber llamado al hombre a tan excelsa vocación: ser, con Dios, cocreadores de sus hijos.

Termino esta parte invitándolos a leer el capítulo tres del Libro del Eclesiástico, que no es aceptado por nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones, pero que su enseñanza es innegable y siempre vigente: “El que honra a su padre encontrará alegría en sus hijos y cuando ore será escuchado. El que respeta a su padre, tendrá larga vida”. Amén.

Al fijarme en el texto evangélico que ha sido proclamado, Jesús compara el Reino de Dios con un hombre que esparce la semilla en la tierra, y la semilla brota, crece y da fruto. Después lo compara con una semilla de mostaza que, siendo muy pequeña, cuando crece y se hace grande, sus ramas se esparcen y los pájaros del cielo buscan refugio para su sombra.

Así también, queridos hermanos y amigos, es una familia en la que el amor de los esposos padres fundan un hogar y cuando los hijos crecen también se esparcen. Lo vivimos todos aquellos que llevamos en nuestras venas el ADN de la emigración. Dejan la casa, pero llevan dentro de sí la semilla del amor vivido en familia. La fecundidad del Evangelio es misteriosa.

Un sacerdote mayor, amigo mío, de la tierra donde nacieron mis padres escribe: “El rendimiento no es fruto del esfuerzo, sino de la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios”. En la sociedad actual casi todo está orientado al trabajo, a la actividad y al rendimiento, y este modo de actuar engendra la lógica de la eficacia, que lleva a todo ciudadano a una existencia tensa y agobiada y, lo peor, a un vaciamiento interior donde Dios desaparece, poco a poco, del horizonte de la persona.

Y por eso, este buen cura nos invita a caer en la cuenta de que la vida no es solo trabajo y productividad, sino regalo de Dios que hemos de acoger y disfrutar con corazón agradecido. Para ser humana, la persona necesita aprender a estar en la vida no solo desde una actitud productiva, sino también contemplativa. La vida adquiere una dimensión nueva y más profunda cuando aceptamos vivir la experiencia del amor gratuito, creativo y dinamizador de Dios.

Pidámosle a Jesús, José y María que despertemos en nuestro interior el agradecimiento y la alabanza, liberarnos de la pesada lógica de la eficacia y abrir en nuestra vida espacios para lo gratuito.

Hoy así Dios lo ha permitido, habiendo dejado mis palabras grabadas, estaré físicamente dando gracias con mis hermanas y sobrinos por el don de la vida y unidos, una vez más, daremos gracias por nuestro padre, a quien llamábamos “aita” (en euskera) y por aquellos miembros de la familia que al ramificarse han fundado nuevos hogares. Amén.

Un comentario sobre “Mensaje radial de Monseñor Emilio Aranguren Echeverría, obispo de la Diócesis de Holguín, en el Domingo XI del Tiempo Ordinario, 16 de junio de 2024 (Día de los Padres)

  1. Neidys Gracias por las oraciones GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Autor desconocido AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).


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