Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el XVI domingo del Tiempo Ordinario, 21 de julio de 2024

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, obispo de esta hermosa diócesis pinareña.

Hoy escuchamos a Jesús invitando a los apóstoles a compartir un rato de descanso en un lugar solitario. Se hacía necesario tener un momento de intimidad entre ellos pues la multitud lo seguía a todas partes. Sin embargo, al llegar y ver tanta gente, Marcos nos revela que Jesús “sintió compasión de ellos y se puso a enseñarles porque estaban como ovejas sin pastor” (Cfr. Marcos 6, 34)

De entre la multitud de imágenes que nos ofrecen hoy las lecturas, elegimos una: la de Dios como el pastor que se preocupa por su rebaño, el pueblo, al que conduce por sendas de justicia y de paz. Jesús es el que mejor dio el ejemplo y la definición del buen pastor: “El que da la vida por sus ovejas”.

La Palabra de Dios nos vuelve a proponer un tema fundamental y siempre fascinante de la Biblia: nos recuerda que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, quiere guiarnos a buenos pastos, donde podamos alimentarnos y reposar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es precisamente la plenitud de la vida. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización. En el Evangelio de hoy Jesús se presenta como Pastor de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Su mirada sobre la gente es una mirada por así decirlo “pastoral”.

Jesús encarna a Dios Pastor con su modo de predicar y con sus obras, atendiendo a los enfermos y a los pecadores, a quienes están “perdidos”, para conducirlos a lugar seguro, a la misericordia del Padre. (Benedicto XVI).

Hay dos dimensiones de la vida de todo cristiano que encontramos bien delimitadas en este pasaje. La oración y la acción. No son dos actividades aisladas la una de la otra. No se limitan a momentos determinados. Se trata de actitudes, más que de actos. Oración para llenarnos de Cristo. Acción para comunicarlo a los demás.

Por eso, Cristo combinaba sabiamente con sus apóstoles estos dos ingredientes. Los apóstoles vuelven de predicar y hacer milagros y Cristo se los lleva a un lugar solitario, para estar con ellos, para charlar, para que compartan con él sus alegrías y dificultades, sus victorias y derrotas. Le encanta estar con sus amigos. Disfruta cuando lo buscamos y le abrimos nuestro corazón. Cuando le miramos para aprender de Él, cuando confiamos nuestras inquietudes y dudas.  Y este contacto con el Maestro deja una huella en nuestra vida. “La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2560)

Ser cristiano significa que seguimos a Cristo. Seguir sus huellas, andar detrás de Él. Anuncio, dinamismo, movimiento, entrega. No fuimos elegidos para la pasividad y el acomodamiento.

Míranos, Señor, estamos como ovejas sin pastor. Pocas veces el mundo ha tenido tantas ofertas, pero a pesar de todo carecemos de auténticos líderes que con su ejemplaridad de vida y atracción del mensaje nos inviten a empeñarlo todo. Vivimos desorientados por los falsos mesías. Suscita entre nosotros personas honestas, líderes responsables y entregados por el pueblo. Danos, Señor, auténticos pastores.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

Un comentario sobre “Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el XVI domingo del Tiempo Ordinario, 21 de julio de 2024

  1. Neidys GRACIAS!!!!!! Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).


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