Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, su obispo y amigo.
Hoy nuevamente escuchamos presentarse a Jesús como el pan que da vida eterna. Cuando tomamos y comemos ese Pan, somos asociados a la vida de Jesús, entramos en comunión con Él, nos comprometemos a realizar la comunión entre nosotros, a transformar nuestra vida en don, sobre todo a los más pobres.
El Cristo, que nos nutre bajo las especies consagradas del pan y del vino, es el mismo que nos viene al encuentro en los acontecimientos cotidianos; está en el pobre que tiende la mano, está en el que sufre que implora ayuda, está en el hermano que pide nuestra disponibilidad y espera nuestra acogida. Está en el niño que no sabe nada de Jesús, de la Salvación, que no tiene fe. Está en cada ser humano, también en el más pequeño e indefenso.
La Eucaristía, fuente de amor para la vida de la Iglesia, es escuela de caridad y de solidaridad. Quien se nutre del Pan de Cristo ya no puede quedar indiferente ante los que no tienen el pan cotidiano. Y hoy sabemos que es un problema cada vez más grave. (S.S. Francisco, Angelus 7 de junio de 2013).
Hasta siete veces se habla en estos versículos del evangelio de comer/beber a Jesús. Cuando comemos nos apropiamos de las características del alimento y vivimos nuestra existencia terrena con mayor fuerza y vigor. “Comer” y “beber” a Jesús significa nutrirnos de él, asimilarnos con su persona, dejar que su dinamismo de amor configure nuestra vida. El mismo Jesús promete a quien se alimente de este pan bajado del cielo la resurrección final, la permanencia en Dios y la vida eterna.
Comer y beber a Jesús en cada Eucaristía implica transformarnos en un don de Dios para los demás, como él hizo. La celebración eucarística no puede dejarnos indiferentes. También hoy a nosotros Jesús nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Estamos invitados a entrar en esta comunión de vida y de misión. De cada uno de nosotros depende darle una respuesta positiva o rechazarlo como, en otro tiempo, hicieron sus adversarios.
Cada santa Misa, cuando el sacerdote pronuncia estas palabras de nuestro Señor, está perpetuando su sacramento. Y no se trata de un simple recuerdo, sino de un «memorial». Es decir, de una celebración que «revive» y actualiza en el hoy de nuestra historia el misterio de la Eucaristía y del Calvario, por nuestra salvación. En cada santa Misa, Jesucristo renueva su Pasión, muerte y resurrección, y vuelve a inmolarse al Padre sobre el altar de la cruz por la redención de todo el género humano. De modo incruento, pero real. ¡Por eso cada Misa tiene un valor redentor infinito, que sólo con la fe podemos apreciar!
En cada Eucaristía, el Señor nos invita a escuchar su Palabra y a compartir su cuerpo. Le damos gracias por su cercanía, por su interés por nosotros. Le pedimos que todas nuestras comunidades sean espacios abiertos a la acogida, al respeto por lo diferente. Que, como nuestro Señor, nos partamos y repartamos por amor.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

Neidys GRACIAS!!!! Gracias por las oraciones!!! AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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