Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, pastor de todos.
Durante los cuatro últimos domingos, la liturgia de la Palabra de Dios ha recogido el capítulo 6 del evangelio según San Juan. Lo que comenzó con éxito por la multiplicación de los panes y los peces, termina con un aparente fracaso, cuando muchos de los discípulos se retiran del seguimiento, escandalizados por las palabras del Maestro. Jesús ha conducido a sus oyentes hasta un punto en el que deben tomar una decisión vital: comer su carne y beber su sangre, esto es creer en él y compartir su vida y su suerte, o rechazarlo.
La dinámica de la vida muchas veces inquieta nuestro interior. Cada día nos encontramos ante circunstancias de gran variedad, algunas son positivas, pero otras también son negativas y tocan nuestra vida personal, familiar o profesional. Experimentamos diversidad de sentimientos y emociones ante estas circunstancias que afectan o perturban nuestra integridad y mueven lo más profundo de nuestro ser, causando inestabilidad o estabilidad.
Esto fue lo que sucedió a los discípulos que escuchaban a Jesús. Las palabras del Señor no eran suaves, sino duras. Sus palabras resonaban fuertemente en el interior de cada discípulo y, en algunos, producían inquietud, en otros, asombro o aflicción. Pero, por otra parte, también causaban atracción, conmovían, animaban. ¿Qué impresión causan en mí las palabras del Señor? ¿Qué fuerza y qué significado tienen para mi vida?
Vemos que para Pedro y los apóstoles tenían una fuerza única, un significado esencial y profundo. Eran la respuesta a sus interrogantes e inquietudes más profundas de su vida. En ellas descubrieron el amor del Padre, la Verdad y el Camino de sus vidas, más aún, descubrieron la Vida. Las palabras del Señor dieron sentido y transcendieron sus existencias, iluminaron su realidad, su vida concreta, dando un horizonte lleno de esperanza.
Hay veces que en la vida de cada cristiano, la fe es el único sostén y la fuerza para afrontar las situaciones difíciles. Y es que Cristo, lo único que nos pide en esos momentos es que le demostremos en un acto de fe nuestra adhesión a Él y a su voluntad santísima.
Cuando es así, todo en la vida se ilumina, todo gana un sentido, todo se hace amable y bello, incluso la misma cruz, todo se llena de esperanza, todo se hace huella de Dios.
Descubramos la fuerza y riqueza que tienen las palabras del Señor para nuestra vida. Dejemos que sus palabras toquen nuestro corazón. Que sus palabras sean el sostén, pero, sobre todo, el amor inagotable de nuestro Señor.
¿Quién puede escucharlo? ¡Qué hermosa y bella es la vida del cristiano que vive a la luz del amor de Cristo y, qué fácil la vivencia de la propia fe. Entonces lo único que saldrá de nuestros labios, tras haber hecho la experiencia de Cristo, será una profesión como la de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».
Las palabras de Pedro, como portavoz de los Doce, a la pregunta de Jesús, contienen implícitas dos razones para el seguimiento incondicional: Jesús es Dios, “el Santo de Dios” y, tras escucharlo, ellos han creído: “creemos y sabemos” que sus palabras son palabras de vida eterna. Hoy Jesús nos hace la misma pregunta a nosotros: “¿También ustedes quieren dejarme?”
Acepta Señor, nuestra fe vacilante. Continúa alimentándonos con el pan de tu Palabra y de tu banquete eucarístico. Conviértenos en buscadores eternos. Que no nos volvamos atrás ante los criterios opuestos del mundo en que vivimos. Haznos creyentes fuertes, maduros, capaces de sostener a otros cuando vacile su fe.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

Neidys GRACIAS!!!!!!! Gracias por las oraciones !!!!! AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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