Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el III domingo del Tiempo Ordinario, 26 de enero de 2025

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, con inmensa alegría me dirijo a ustedes como cada domingo.

Hoy escuchamos el inicio del Evangelio según san Lucas. Durante muchos años se pensó que Teófilo había sido un discípulo del evangelista y a quien Lucas quería transmitir sus enseñanzas. Actualmente, gracias al estudio de varios exégetas, conocemos que en realidad Teófilo es un personaje ficticio cuyo nombre significa “amigo de Dios” y en él están representados todos aquellos interesados en conocer a Dios y seguirlo.

El escrito de Lucas está dirigido al mundo pagano. Es el Evangelio más universal. Se conoce también como el Evangelio del Espíritu Santo, en él se presenta a Jesús como el salvador misericordioso que acoge a todos, pobres y pecadores. El centro del Evangelio es la Historia de la Salvación cuyo centro es Jesucristo, en quien se cumplen las promesas. Y así lo confirma el texto que acabamos de escuchar.

En la sinagoga de Cafarnaún, Jesús se presenta a sí mismo como aquel en quien se cumple la Escritura. No es un profeta más. Es el Mesías, el ungido por el Espíritu Santo, que viene a traer la verdadera libertad que da Dios. Su misión no es de condena, sino de liberación, restauración, evangelización. Va dirigida a todo el mundo, pero de un modo especial a quienes están oprimidos y faltos de vida. Sin embargo, su mensaje y su misión despertarán la acogida de unos y el rechazo de otros.

A todos nos gusta remontarnos a nuestras propias “raíces”: recordar nuestra infancia, o que nuestros padres nos narren anécdotas y aventuras de cuando éramos pequeños. A quienes tienen un cierto aire de romanticismo, les fascina saber cómo, cuándo, dónde y en qué circunstancias se conocieron sus papás, cómo se enamoraron, cómo fue su noviazgo, su matrimonio, su luna de miel y cómo fueron llegando los hijos.

Bueno, pues llegado el momento de su vida pública, vuelve Jesús al lugar donde se había criado, y vuelve a hacer la lectura, como seguramente ya lo habría hecho cantidad de veces durante su vida. Y tal vez también su Madre acudiría, santamente orgullosa -como cualquier madre-, a escuchar a su Hijo a hacer la lectura y la explicación del texto sagrado. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido -comenzó a leer con voz clara y sonora-. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar un año de gracia del Señor».

Palabras solemnes del profeta Isaías, promesas de Yahvé a su pueblo. Nos hablan de la llegada de un Redentor, del Mesías ungido por el Espíritu del Señor y de su misión: la liberación de Israel. ¿Podemos imaginar la profunda conmoción interior que experimentaría Jesús en su alma? ¡Estas Escrituras se referían a Él, por supuesto, y estaban para cumplirse en esos precisos momentos!… Jesús se sentó. Breves instantes de meditación personal. Sin duda ponderaba muy bien la solemnidad y la trascendencia histórica del momento. «Todo el mundo tenía los ojos fijos en Él» -nos refiere el evangelista—. Y enseguida comenzó a hablarles: «HOY se cumple esta Escritura que acaban de oír». ¡Nadie mejor que Él podía explicar estas profecías y nunca mejor que entonces se aplicaban al pie de la letra!.. «HOY”, hoy se cumplen las promesas de Yahvé.

Pues también en el «hoy» de nuestra vida de cada día, a través de la Iglesia y de los sacramentos, se cumplen esas promesas de salvación. Es en los sacramentos y en la liturgia sagrada -la oración «pública y oficial» de la Iglesia— en donde esa maravillosa historia pasada se hace «eternamente presente». En cada Santa Misa, en cada confesión, en cada Eucaristía, en la celebración de la liturgia se «actualiza» nuestra Redención. No son simples recuerdos o evocaciones de nuestra memoria o de nuestra fantasía, sino acontecimientos que vuelven a revivirse y a realizarse en el tiempo como si estuviesen sucediendo en el momento presente. Dios es eterno y para Él no hay tiempo ni distancias. Para Él existe sólo el «hoy».

Como discípulos, somos continuadores de la misión de Jesús. Somos enviados a librar de todas las opresiones que atentan contra la dignidad de la persona. Lo nuestro no es juzgar, ser intransigentes, dividir, sino acoger y ser misericordiosos y agentes de paz. El “hoy” que proclamó Jesús no se agota en el calendario, sino que se prolonga y se renueva en cada uno de sus seguidores.

Gracias, Señor, porque sentimos que hoy también se cumple el Evangelio. El Espíritu Santo está con nosotros y nos envía a proclamar la buena noticia. Queremos seguir tus huellas y que nuestras palabras y acciones hablen de amor, de justicia, de salvación… como las tuyas. Danos tu fuerza para vivir y mostrar el Evangelio en nuestro mundo.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.

Un comentario sobre “Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el III domingo del Tiempo Ordinario, 26 de enero de 2025

  1. Neydis GRACIAS!!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).


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