“No estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo” Lucas 10, 20
Hermanos,
Vamos a fijarnos en la última frase que hemos leído. “No se alegren porque someten a los demonios”, es decir, porque hacen obras grandes, vencer al demonio, ¿qué más grande que eso? Y nosotros estamos llenos de muchas veces ambiciones y también tratamos de conseguir cosas grandes aquí en la tierra. “No se alegren tanto de las cosas grandes que ha conseguido aquí en la tierra. Alégrense más bien, porque sus nombres están escritos en los cielos”. Sí, hermanos. Este es la mejor manera de vivir la fe. Creemos en Dios, aceptamos por lo que se nos ha revelado en la naturaleza o la lógica de que hay un Dios.
Pero también la revelación nos ha dicho la naturaleza de ese Dios. Y así creemos. Y eso hay que traducirlo en la vida. En la vida eso no puede ser que yo piense así, que hay un Dios que es Creador, que lo conocemos por la esa revelación natural, pero también sabemos que hay un Dios que es amor, porque nos lo dice la palabra del Señor, y que nuestra vida siga exactamente igual como si no creyéramos y aceptáramos eso.
Si yo pienso que hay un Dios que es amor, que entregó su vida por mí, mi vida también debe de cambiar. Y aquí lo que nos dice es eso, hermanos, alégrese porque los nombres de ustedes están en el libro de la salvación, en el libro del Padre. ¿Y qué más podemos aspirar nosotros que algún día estar junto al Padre? ¿Cómo seremos?
San Pablo, me gusta repetir esto, me gusta repetirlo. ¿Cómo seremos? ¿Cómo estaremos con el Padre? Dice, «Yo no sé cómo seremos. Pero yo lo que sí sé, dice Pablo, que seremos semejantes a Él. ¿Qué cosa más grande podemos aspirar? ¿Qué más logros podemos aspirar nosotros? ¿Qué más cosas, justicia? ¿Qué más? Que estar en el libro del Padre.
Entonces hermanos, las lecturas de hoy ¿qué nos dicen? En primer lugar, vamos a empezar por Isaías, el libro de Isaías. Después viene Pablo a los Gálatas. Después viene Jesús enviando no ya a los 12 apóstoles, sino también a 72 discípulos, la cosa se iba agrandando. Y les manda un recado. No cojan miedo, no se acobarden, prediquen, que para eso yo les envío para que continúen mi obra. Pero vamos a empezar por Isaías.
El libro de Isaías, uno de los grandes profetas, tal vez uno de los libros proféticos más grandes, tiene como personaje a Isaías. ¿Quién era? Pues Isaías era un hombre de una familia parece prominente en el reino de Judá. Y que había estudiado mucho las escrituras y que algún día recibió esa llamada del Señor para ser vocero de Dios. El profeta es eso, ser un vocero. No habla en su nombre, habla en nombre de aquel que le ha mandado decir, «Habla por mí”.
Entonces, allá en el siglo noveno antes de Cristo. Fíjense bien hermanos, hace 2900 años. Y él empieza a escribir porque la situación del país es una situación muy dura. Muy dura. En todo sentido. Pero era dura porque el pueblo de Israel se había apartado de Dios. No seguía los mandamientos de la alianza. Se iba detrás de otros dioses. Era de dura servís, cabeza dura y además las naciones siempre estaban en guerra una con otra, el pueblo vivía en un estado bastante malo. Y entonces no veía soluciones.
Y los profetas precisamente están para hacerle ver qué es lo que Dios quiere que se haga en ese momento, que es recordarnos lo que el Señor quiere. Nosotros podemos decir que el libro de Isaías es un libro de teología, teología de la historia. ¿Por qué? Porque trata de entender, de escudriñar, de escuchar qué Dios nos quiere decir en la historia. Nosotros vemos la creación y vemos estas montañas del Cobre preciosas y cuando llueve se ponen más linda y uno dice, «Señor, gracias porque has creado esto.» Y así pasa con la historia.
Es decir, nosotros descubrimos esa revelación natural esa existencia de Dios. Pero entonces Dios no solamente se manifiesta en la naturaleza por lo que nos dice el libro eh de la Biblia. Sí, el libro de la Biblia nos aclara, pero Dios se manifiesta en la historia. Dios se manifiesta en la historia de nuestros pueblos, en la historia de la humanidad, en la historia de mi familia y en mi historia personal. Él se manifiesta. Él siempre está.
Lo que nosotros tenemos que ver cómo lo primero, buscarlo, y después cómo lo encontramos. Para que una vez que lo hayamos encontrado empezar a mirar la historia y toda la creación, y todas las cosas con los ojos de Dios. Eso es lo que tenemos que hacer porque Dios nos dice a nosotros algo con la historia personal.
Y digo que puede ser un libro de teología de la historia porque al principio se creyó que Isaías había escrito todo el libro, los ha acontecimiento que se viven son del siglo noveno al siglo quinto. No podía ser Isaías. ¿Quién fue? Isaías y una escuela de profetas, de lectores de la palabra de Dios, de gente aferrada a la palabra de Dios que siguieron mirando en la historia lo que Dios quería decirnos en cada momento.
Por eso el libro de Isaías, los últimos estudiosos con la técnica moderna de investigación de textos antiguos, dicen que el libro de Isaías está dividido en tres grandes partes, una propia de Isaías durante el tiempo que él estuvo con los reyes de Judá. La otra parte, por aquellos miembros de la escuela de Isaías que habían marchado al exilio, y allá han sostenido la fe, entonces era otra visión. Era el pueblo de Dios que miraba desde lejos lo que habían perdido en la tierra, allá en su tierra, en Jerusalén, en Judá, lo que habían perdido y se preguntaban, «¿Y qué Dios quiere decirnos con esto?».
Y la tercera es cuando ya empiezan a regresar a la tierra. Fíjense, hermano, que son cuatro siglos, cinco siglos. ¿Por quién fue escrito? Pues por muchos de los que regresaron, de la misma escuela de Isaías, que tenían en mente lo que Isaías, las ideas esas claras que había tenido el profeta y que habían regresado, y también se habían encontrado con otra gente allí en la tierra que se había mantenido fieles.
Entonces, cuando uno lee Isaías, es un libro que es hermoso, porque en el primer momento te dice situaciones duras y difíciles, y de momento en medio de toda desesperanza, la lectura de hoy. “Jerusalén, la gran Jerusalén y mamaréis de sus pechos abundantes que no se acaban y tendrán todo y todos los pueblos confiarán”. Pero ¿cuándo decían eso?, ¿cuándo estaban en el poder? No, eso lo decían cuando estaban más mal. Y hay que tener fe para saber que Dios no abandona a su pueblo. No abandona a su pueblo. La fe no puede vivirse en el aire, la fe tiene que vivirse en las circunstancias. Y estas pueden ser buenas, mejores, más fáciles y muy difíciles.
Por eso es que se nos presenta Pablo como testigo, que Pablo dice, «Señores, yo lo mío es Cristo y no hay nada más. Y puedo pasar por todo, pero sé que Cristo es el Señor y es el que me lleva a mí a predicarle y a tratar de hacer su voluntad”.
El pueblo de Israel pasaba situaciones duras. Nosotros mismos ahora como pueblo estamos pasando situaciones muy duras. Escaseces de todo tipo, de lo más elemental, agua, electricidad, los alimentos, la justicia también hay que lograrla, hay que trabajar por ella. Para que, en medio de las dificultades, uno amaine un poco las injusticias, y hay que tratar de resolver las injusticias. Hay que hacer una reflexión personal como persona, como pueblo, como familia y decir, ¿qué estamos haciendo mal, Señor? ¿Qué estamos haciendo mal o qué hemos hecho mal que tenemos estas consecuencias?
Ese es el libro de Isaías. Y eso no es para que solamente recordar aquello. Eso es para que nosotros hoy reflexionemos. ¿Qué hacemos ahora en esta situación? ¿Perdemos la esperanza, ya no hay nada? ¿Ha triunfado el mal? No, si Él mandó a los discípulos y dice que los discípulos expulsaron a los demonios. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué tenemos que hacer? Ese es el libro del profeta Isaías. Nos cuestiona a nosotros, para que nosotros en nombre de Dios, busquemos lo que debemos de hacer. Siempre teniendo como principal, de que Dios no nos abandona. Eso está en la raíz del profeta, ahí en el centro. Dios siempre quiere decirnos algo, Dios no nos abandona, lo que hay que buscar qué Dios me quiere decir en cada momento.
Estamos en el año jubilar que el Papa nombró Jubileo de la Esperanza. Y una de las cosas que tenemos que darle a este pueblo, a nuestro pueblo, a nuestra comunidad, a nuestros fieles, es la esperanza. La esperanza difícil de entender o de buscar; en esa misma situación estaban Isaías y el pueblo. Ellos no veían luz por ningún lado. Luz de esperanza no la veían en ningún lado. Pero el profeta tuvo la valentía, de en nombre de Dios decir, «Dios no abandona al pueblo. Mantengan la esperanza. Él vendrá a salvar a este pueblo. Pongan ustedes de su parte. Sean fieles a la alianza que hicieron en el Sinaí con Dios. Vivan según los mandamientos, según la palabra de Dios. Hagan el bien”. Esa es la parte que le corresponde a nosotros. Dios no nos abandona. ¿Y qué cosa nos dice? La frase con la que empecé, “Alégrense más bien de que su nombre está en el paraíso, en la gloria junto a Dios”.
Hermanos, esa es nuestra esperanza grande y firme, la única. Las esperanzas de los hombres son temporales. Las esperanzas de los hombres, por muy buenas que sean y qué bueno que hay esperanza de realizaciones humanas, pasan. La esperanza que nos da la vida eterna no pasa, y eso es lo que nosotros tenemos que buscar.
Entonces, hermanos, vamos a pedirle que nosotros seamos como como Isaías. Nuestro pueblo necesita de la esperanza y esa la podemos dar nosotros. La da Dios, pero a través de nosotros, para eso Él nos manda. Para eso mandó a aquellos setenta y dos. “Prediquen en nombre del Señor Jesús, en mi nombre. Yo soy el que doy de esperanza. Prediquen”. Y esa es la misión nuestra hoy aquí donde quiera que estemos, en Cuba o donde quiera que nosotros estemos, la misión nuestra es dar esperanza. Esa esperanza firme que no engaña, la esperanza de saber que cualquier conquista aquí en la tierra se puede convertir en vanidad y en orgullo, “yo soy, el que soy”. Me gusta también decir esto, porque me parece muy gráfico es un refrán popular, “se cree cosas, nos creemos cosas porque logramos algo”.
Hermanos, toda nuestra esperanza tiene que estar puesta en el Señor Jesús. Y Él que nos inscriba, trabajar para estar inscrito en el libro del Señor. Pero para eso tenemos que trabajarlo, lograrlo, esforzarnos como Pablo, es pelea de buen combate. A mí ya no me importa todo lo que la gente diga o haga. A mí lo que me importa ahora es permanecer fiel en el Señor Jesús.
Bueno, nuestro pueblo necesita eso, el pueblo cubano necesita encontrarse con el Señor Jesús, con la palabra de Dios. Estoy seguro que en la medida en que nos encontremos con la palabra de Dios, nosotros seremos un poco más felices en la tierra y tendremos un poquito más de esperanza. Pero para eso todos tenemos que ponernos a querer hacer el bien, a buscar la palabra de Dios. Que el Señor nos ayude a vivir así.
Nosotros somos los enviados a este pueblo. Hay muchos que se van, bueno, buscando lugares que creen que pueden estar mejor para desarrollar cosas. Eso es natural. Pero los que estamos aquí, nosotros tenemos que procurar darle esperanza a este pueblo. Y los que no están aquí, tienen que tratar de vivir con esperanza allá, donde quiera que estén, porque allá también hace falta esperanza. Y darnos esperanza a los que estamos acá. Y nosotros también con nuestra decisión y nuestra firmeza, darle esperanza a los otros, de que en medio de las dificultades se puede seguir amando y escuchando al Señor, y tratando de vivir según su palabra. Y así pues todos estaremos inscritos en ese registro en el Reino de los Cielos.
Que el Señor nos ayude, hermanos, a vivir así, a ir a lo esencial, a lo fundamental. A lo demás encargarnos, hacerlo, trabajar por el bien. Pero siempre nuestra meta encontrarnos con el Señor Jesús, porque seremos semejantes a Él.

Neidys Gusto en saludarte GRACIAS!!! Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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