Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 10 de agosto de 2025: Domingo XIX del Tiempo Ordinario

“Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más” Lucas 12, 48

Queridos hermanos,

El domingo anterior hemos estado escuchando lecturas que nos previenen, nos avisan, nos alertan, más que prevenir, avisar es alertar. Dos alertas, que, si uno quiere ser lógico, dar pasos seguros en la vida, uno tiene que tener claro a dónde uno quiere llegar. No vaya a ser que uno viva así, voy a caminar y voy a salir a caminar, y después no sé a dónde quiero llegar.

Puede ser que me extravíe, y si voy para Baracoa, pues llegue a Palma Soriano porque no sé a dónde quiero llegar. Y que el día de mañana yo espero muchas cosas en él, y no tengo los pies en la tierra y entonces me quedo por el camino, que puede ser y eso no es malo, lo importante es hacer el esfuerzo; o que me voy por otro camino, que no es el que quiero. Me defraudo entonces.

En domingos anteriores, nosotros hemos visto como el Señor nos dice que pongamos todo nuestro empeño en buscar las cosas duraderas, las cosas grandes, las cosas de Dios, porque muchas veces nosotros dedicamos todo nuestro esfuerzo, que nos quita el sueño, nos da nerviosismo, tenemos que tomar pastillas, nos incomodamos, nos desasosegamos, cogemos un gran desasosiego. ¿Por qué? Porque nos sentimos incómodos con nosotros mismos. Entonces el Señor dice, «No pongan todo su empeño en las cosas que pasan, que mueren con el tiempo, que son pasajeras, caducan, caducan en el tiempo”.

Como hay veces que uno va a una tienda de esas y de momento dice, caducó el 14 de marzo del 2022. Ya caducó. Si te lo tomas, es un riesgo. No podemos dedicar todo nuestro esfuerzo en las cosas que caducan. Y caduca todo, hermanos, hasta nuestra vida. Nosotros moriremos algún día. Para los materialistas, moriremos y ya y no pasó nada. Simple y sencillamente.

Si dedicamos todo nuestro empeño a las cosas que caducan, pasa como el Evangelio del domingo pasado que decía que un hombre quería tener muchas cosas, muchas cosas, hizo grandes graneros, hizo esto, porque yo sí después que tenga todo esto ya yo estaré bien. Muchacho, te equivocaste, te engañaste tú mismo. La parábola dice que esa misma noche el hombre murió. Qué trágico eso. ¿Quién se quedó con eso? Ya después de muerto, como la gente dice. ¿Quién sabe? Y el Señor en esa misma lectura nos recordaba y nos decía, «Busquen las cosas de arriba. Busquen las cosas de arriba. Busquen las cosas que no mueren. Las cosas que no perecen”. Y lo único que no perece, hermanos, es Dios.

Entonces, nosotros tenemos que buscar a Dios por encima de todo. Y el deseo de Dios es que nosotros seamos semejantes a Él en la Gloria. Y que, por lo tanto, nosotros entonces tenemos que utilizar todos los bienes de la tierra, esta tierra hermosa, el cielo, la lluvia que deseamos, y pedimos que llegue, ¿para qué? Para tener prosperidad aquí en la tierra. Pero sabiendo que todo eso tenemos que utilizarlo para nuestro bien y para conseguir el bien mayor que es estar junto a Dios.

Por eso, aquí se nos dice, donde está tu tesoro, ahí está tu corazón. Trabaja mucho en la tierra, pero que tu corazón no quede satisfecho con el tesoro que puedas acumular. No. Que tu corazón siempre quede anhelante para conocer cada día más a Dios y tenerlo junto a él.

Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. Y creo que esta definición de fe, que me gusta mucho, hay veces que nosotros no frecuentamos mucho la carta a los hebreos, pero la carta a los hebreos es una carta increíble, llena de una sabiduría, de una teología, de un conocimiento de Dios, y comienza, la fe es la manera, es la seguridad de lo que nosotros creemos. La fe es la seguridad, es el fundamento. de lo que nosotros creemos. Es decir, la fe es que la que nos garantiza esa fuerza interior en la cual nosotros somos capaces de poner todo, porque sé que eso que no veo, que no tengo todavía, pero que algún día será realidad.

Pero dice más, la fe es ese fundamento de lo que nosotros esperamos. Dice, «Y es la prueba de lo que nosotros no vemos.» La fe es el fundamento de lo que yo espero. Espero porque tengo fe de que eso será así. Se cumplirá. Y es prueba porque teniendo yo esa fe firme, ya yo le estoy probando a los ojos del mundo de que lo que yo creo es cierto. Es fundamento de lo que yo espero y es prueba de lo que no se ve.

Parece un juego de palabra, pero no lo es. Es el fundamento de lo que yo espero. Para eso, aparte de los ejemplos que pone Jesús con estas parábolas en la que nos llama a estar preparados, dispuestos. Aquí se nos pone en el libro de la Sabiduría una reflexión que hace de Abraham, nuestro padre en la fe. Entonces, uno coge el libro de la Sabiduría que tenemos que tenemos acá.  En el primer texto que nosotros hemos leído del libro de la Sabiduría se nos va narrando un poco lo que significa ser un hombre creyente. Y en el libro de los hebreos también se nos explica bien.

Abraham, nuestro padre en la fe. ¿Qué hacía Abraham? ¿Por qué le decimos a nuestro padre la fe? Porque Abraham fue una de aquellas gentes que creyó a pie y puntilla lo que Dios le había prometido. Él me lo prometió, es cierto, yo vivo así. Abraham dejó su tierra, dejó su patria. Esta es una historia que repetimos, pero que es una historia que deberíamos de meditar más. Dejó todo, se lanzó, vivió momentos tremendos. Vivió situaciones que parecían límites, situaciones límites, que ya parecía que él no podía hacer más nada.

El Señor le había prometido ser el padre de un pueblo numeroso y, sin embargo, ya estaba casi muerto su mujer, ya era una mujer mayor, infértil y decía, «Bueno, ¿y dónde está la promesa de Dios?» Venía la tentación, dónde está la promesa de Dios, pero él esperaba, pero con la seguridad de que Dios no podía faltar a su palabra.

Y Dios hizo que Sara tuviera un hijo, Isaac. ¿No pasó más?, pasó más todavía. Cuando ya era mayor él sintió que tenía que sacrificar a su hijo a Dios. Y el Señor le dijo, «Detente, detén tu mano, tu brazo, Abraham, detenla.» Fíjese bien, si lo hubiera sacrificado ¿dónde está haría esa generación?, pero creía que Dios se lo pedía. Estaba dispuesto a todo. “Y le dijo, «Abraham, no. Yo te prometí que tú ibas a ser padre de un pueblo numeroso, lo tendrás. Tu hijo será bendecido. Tú serás padre de un pueblo numeroso”. Como sabemos todos es así. No solamente judíos, sino musulmanes, cristianos, tenemos a Abraham como nuestro padre en la fe.

Entonces, hermanos, nosotros tenemos que ver nuestra fe. Creo en Dios, pero en una seguridad así, ¿yo estoy seguro que el Señor me va a salvar? La verdad que eso siempre tenemos que dejarlo en las manos de Dios porque depende de nosotros. Dios no, lo que sí tenemos seguridad es que Dios me quiere salvar. Ahora lo que tenemos que ver es nosotros, hasta dónde somos capaces de mantener esa fe de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Moisés después.

Entonces el Señor nos pide eso. Hermanos, estén preparados. No se dejen caer por el desánimo. Óiganme, ¿cuántos motivos de desánimo podemos tener nosotros? ¿Cuántos? Dígame. ¿Cuántos? Que por un lado son desánimo porque no vemos que Dios actúa, pero también por otro lado nos da esa inquietud que sabemos que los hombres no podemos resolver las cosas. Porque es así. Hemos puesto en manos de los hombres con muchas promesas y todo se ha ido a bolina, al fracaso.

Fíjense bien como la vida es así. Si por un lado Dios nos da la seguridad, yo estaré con ustedes. Y por otro lado hay veces que nos incomodamos con Dios porque no queremos tener las cosas, pero por otro lado vemos la realidad y decimos, «¿Dónde están las promesas que los hombres me hicieron?» Y no nos damos cuenta que esas promesas nos hicieron hombres que mueren. Y nos la hicieron hombres que se equivocan. Y nos la hicieron hombres que tienen pasiones malsanas.

Entonces, el Señor nos dice, «Afiáncense en Cristo el Señor que con amor nos muestra quién es Dios, que se entregó en la cruz por nosotros. Seamos fieles a lo que Él nos dice.» Y en esta primera lectura del libro de la Sabiduría se nos recuerda que tenemos que estar alertas y preparados porque Dios nos avisa. Hay veces que decimos, Ay, si yo lo hubiera sabido. El Señor te lo ha dicho muchas veces. Por el ejemplo, el pueblo de Israel, cuando va a prepararse para salir por el Mar Rojo, que dice que el Señor le pide que tome determinadas precauciones. Y precisamente aquellos que tomaron esas precauciones fueron los que pudieron pasar el Mar Rojo.

El Señor también ante la promesa, ante la seguridad de que su palabra se cumple, nosotros tenemos que tener precauciones y nuestra vida tiene que estar encaminada según la palabra de Dios. Esto nos lo vuelve a repetir de nuevo Jesús en las parábolas. Siempre manténgase alertas. Siempre manténgase con la luz encendida. Si siempre esperen al Señor de la casa. Siempre. Y así cuando llegue, y a todos nos llegará algún día presentarnos ante el Señor, cuando lleguemos, nosotros estaremos preparados.

Entonces vamos a hacer, fíjense que es largo, pero es toda una historia de salvación. Dios se muestra, el Señor nos da la seguridad, hace la promesa. Abraham que cree en la promesa a pesar de que parecía imposible, la palabra de Dios se cumple. Abraham se preparó, Abraham entendió que la fe es la seguridad de lo que el Señor me ha prometido y nosotros sabemos lo que el Señor nos promete, la vida eterna.

Y también nos dice que en la medida en que tengamos fe, estamos probando ante el mundo que Dios es nuestro Señor y que Jesucristo, Dios mismo, nos ha salvado en la cruz. Seamos fieles al Señor. No nos dejemos desanimar por las circunstancias, ni por las palabras insensatas que muchas veces tratan de decirnos.

No, hermanos, la fe es la que me da la garantía de que Dios está hoy aquí junto a mí, junto a nosotros, acompañándonos, y que su palabra se cumple.

Que Dios nos ayude a vivir así, con esa certeza que me da la fe, y con ese deseo de hacer siempre la voluntad de Dios. Que el Señor nos acompañe.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 10 de agosto de 2025: Domingo XIX del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Gusto de nuevo en saludarte GRACIAS!!! Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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