Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 26 de octubre de 2025: Domingo XXX del Tiempo Ordinario

“Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». Lucas 18, 14

Hermanos,

De nuevo la palabra de Dios llega a nosotros, nos llama la atención. Creo que fue el domingo pasado, decía que la palabra de Dios era para enseñar, para animar, para reprender, para que choquemos con la verdad. Entonces, por eso es bueno y siempre lo decimos, qué bueno es que ustedes y yo también tengamos más presente en nuestra vida la palabra del Señor. Hay veces que nos contentamos con ir a la iglesia y muy bien, así se hace, así hay que hacerlo. Y el sacerdote, pues nos habla de la palabra de Dios, lo que nos dice la palabra de Dios, y eso es bueno, eso es tener una explicación, es llevarnos por un sendero que ilumine nuestra vida.

Pero, hermanos, no podemos desechar que cada uno de nosotros individualmente tiene que buscar la palabra de Dios. El sacerdote la presenta en nombre de toda la iglesia, pero también el Señor hace que nosotros si la leemos, si la comprendemos, si queremos hacerla nuestra, el Señor nos ilumina. Y tiene la iglesia, para que la iglesia nos diga y nos enseñe, como lo está haciendo desde hace casi dos mil años. Nosotros precisamente tomamos la palabra de Dios y tratamos de comprenderla según el Señor quiere, porque la iglesia tiene ese poder que le dio Jesús. No se lo dio a nadie, a ninguna persona, a ningún Papa ni nada. El Papa precisamente habla en el nombre de la iglesia, porque así el Señor lo dijo. Y así la iglesia lo ha querido guardar.

Bien, entonces vamos a coger la palabra de Dios, vamos a leerla, vamos a repetir pedacitos de la palabra de Dios. La primera lectura, seguimos en el libro del Eclesiástico. Ustedes saben que el libro del Eclesiástico no es un libro de la sabiduría. Y en este texto que vamos a leer algunos fragmentos, y ustedes pues van a hacerlos suyos. En este texto vamos a ver qué nos dice el Señor. Yo lo voy a leer.

“El Señor es un juez que no toma en cuenta la condición de las personas”. Es decir, Él lo mismo trata a un rico que a un pobre. Y no hablamos de dinero, pero Él lo mismo trata a un poderoso, que a una persona que no tiene poder y humilde. Él lo mismo trata a una persona que sabe mucho y a uno que no sabe mucho por tantas razones. Entonces, continúa y dice, «Él no considera las personas para perjudicar al pobre. Él escucha la oración del oprimido”.

Es decir, no es un problema que me pongo de una parte para perjudicar a otra, no. No es un problema que me voy con los poderosos porque voy a recibir beneficios. No. El Señor es justo y por lo tanto, a cada persona Él lo trata porque es criatura de Dios, hecha a su imagen y semejanza. Y entonces ahí entramos en el tema de la oración.

Lo primero es eso, cada uno de nosotros es amado por Dios y él nos juzga en la verdad. Dice, «No desoye la súplica del huérfano ni de la viuda. La oración del humilde traspasa las nubes, y entonces no cesa”, empieza a decir de la oración de la del pobre. Hermanos, toda persona que a alaba a Dios, esa persona es un pobre. ¿Por qué es un pobre? En el sentido de esa pobreza, la pobreza que no se tiene en cuenta en las estadísticas o solamente aparece en las estadísticas. Pobre es aquel que necesita.

Todos necesitamos de Dios. Y precisamente necesitamos de Dios porque como el mismo Señor nos dice, «¿Quién como Dios? ¿Quién podrá enmendarle la plana a Dios? Si Él nos creó, Él entregó a Jesús por nosotros. Entonces, el humilde es el que reconoce eso y se hace humilde ante Dios. “Padre santo, Dios mío, tú me creaste, tú me quieres y no haces diferencias de nada, pero yo te pido a ti que tú me ayudes”. Porque humilde es aquel que se considera a sí mismo como necesitado, podrá tener mucha sabiduría, poder y dinero, pero ante Dios, ante la vida, necesitamos de Él. Esa es la humildad cristiana. Esa es la humildad, reconozco lo que soy, mis debilidades.

Y estamos en este tema de la de la de la humildad, lo estamos de desde hace tiempo, semanas. ¿Por qué? Para que nos demos cuenta que cada vez que nos arrodillamos ante Dios o alzamos las manos invocando a Dios, tenemos que sentirnos humildes. “Señor, yo no puedo, tú sí puedes”. En el Padre nuestro decimos, «Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.» ¿Por qué? Porque a nosotros nos cuesta hacer tu voluntad. Que queremos que Tú estés presente en nuestras vidas llevándonos por el bien porque a nosotros nos cuesta. Eso es lo que se llama humildad.

Precisamente en los últimos siglos el hombre se ha apartado de Dios porque le cuesta trabajo considerar que hay alguien que es superior a él, que nos puede guiar el camino y que tiene poder, poder que nosotros no tenemos. Eso nos cuesta trabajo. Y entonces vemos a Dios, o generaciones que ven a Dios como un contrincante, como alguien que lo han inventado. No, hermanos, la razón y la lógica nos dicen que Dios es el creador de todo, es nos ha dado la vida y que nosotros somos unos infelices, dotados de sabiduría, dotados de amor, dotados de la lucha, de la fuerza para alcanzar el bien, nunca para alcanzar el mal. Pero ¿y quién nos da eso? Nos lo da Dios. El soberbio no quiere tener a nadie por encima. El humilde reconoce, porque la propia vida le dice que tiene que acudir al Señor para recibir las gracias que necesitamos y también para aprender lo que él nos quiere decir.

Entonces, hermanos, ¿qué nos dice aquí? Oremos sin descanso porque lo dice bien claro, el que sirve a Dios de todo corazón es oído en su súplica. Entonces, mantengamos la oración, no nos dejemos llevar por la apatía. Y si algún día nos cuesta trabajo rezar a nosotros, pidámosle a Dios que nos dé esa gracia, convirtamos nuestra vida en una acción de gracia a Dios. Señor, que siempre hoy haga tu voluntad, que siempre te tenga presente. Vamos a pedir eso.

Hay un libro que se llama “El peregrino ruso” que fue escrito hace varios siglos, en el cual un monje estaba buscando la manera de siempre estar en oración, incesantemente, y recibió la iluminación y él sintió que podíamos rezar constantemente, rezando, teniendo en la mente, “Jesucristo, hijo de Dios, Salvador nuestro, ten misericordia de mí”. Con esa oración, hermanos, pidiéndole al Señor que tenga misericordia de nosotros, pero hagámoslo siempre y eso acompañémoslo con nuestras obras, con nuestro bien, haciendo, cumpliendo los mandamientos como hemos pedido en la oración de hoy.

El Evangelio apoya esto, porque el Evangelio pone aquella parábola, lo voy a decir rapidito porque se entiende muy bien, de aquel fariseo que se creía que sabía mucho de Dios y es verdad que sabían de Dios. pero no entendían el humillarse ante Dios. Y se comparaba con el otro. “Señor, yo nunca he hecho nada malo, éste sí. Fíjate, fíjate cómo es”. Qué orgullo. ¿Quién puede decir que nunca ha hecho nada malo? Sin embargo, el otro hombre que era marginado en la sociedad judía, que era puesto a otro lado, es más, que era casi, no sé, casi ni existía, un publicado, un enemigo también era. Sin embargo, este hombre humildemente decía ante Dios, «Señor, soy un pecador, perdóname.»

¿Cuál de los dos? Si Cristo siendo Dios se humilló y se hizo hombre como nosotros, nosotros tenemos que pasar por ese camino. De humildad, de humildad ante Dios. El ejemplo de esta humildad ante Dios, lo pone Pablo en la lectura que le hace a su apóstol Timoteo. Él escribe cuando ya estaba preso, él escribe cuando ya lo van a llevar a Roma, él lo escribe cuando ya sabe que lo van a condenar y en un momento determinado dice, «Señor, perdónalos, perdónalos.» Pero él dice una frase, «Para mí ha llegado el sacrificio y se acerca el momento de mi partida.» Y fíjense lo que dice, «He combatido el buen combate. He terminado mi carrera, siempre fiel a la fe”.

Hermanos, que nosotros podamos decir esto en el momento de nuestra entrega a Dios. Es combatir un buen combate. Para eso tenemos que prepararnos, para ganar el combate. Y para ganar el combate como Pablo, que pasó por su sacrificio, por su humillación, por su martirio, como lo hizo Jesús. Pero siempre diciendo, «Gracias Señor. He combatido el buen combate”. Entonces viene el final de la lectura. “El Señor me librará de todo mal y me salvará”. Cualquiera dirá, ay, pero lo martirizaron, lo martirizaron. Y fíjense lo que dice, «El Señor me librará de todo mal y me salvará, llevándome a su reino celestial.» En semanas anteriores hemos leído como aquella gente puso su confianza en el dinero y llegó un aluvión y se llevó lo que tenía, o se murió y después se lo cogió otro. Pablo sabía qué tesoro buscaba, y el tesoro que buscaba era el reino celestial.

Hermanos, esa es la llamada de Dios a nosotros. Permanezcamos siempre fieles en la oración, permanezcamos siempre también fieles a Dios en nuestra vida y en todo. Y el Señor nos salvará. A eso nosotros aspiramos. Y podemos decir como Pablo, al final, “Gloria por Él por los siglos de los siglos. Amén”.

Que el Señor nos acompañe a vivir así, pendientes siempre de la palabra del Señor.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 26 de octubre de 2025: Domingo XXX del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Rezando mucho por la situación que se avecina mañana. El Huracan es devastador. GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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