Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 16 de noviembre de 2025: domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

“Todo el mundo los odiará por causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de su cabeza. Si se mantienen firmes, se salvarán» Lucas, 21, 17-19

Hermanos,

Este es el Año Litúrgico en el cual nosotros celebramos, recordamos precisamente toda la historia de la salvación. Dios se quiso manifestar al hombre y por eso se hizo historia, se hizo hombre como nosotros. Para a través precisamente de los acontecimientos de la naturaleza de la vida, del hombre, la historia del hombre, manifestarse y darle sentido a la vida que nosotros disfrutamos. Y digo que disfrutamos porque la vida es un don de Dios, es un regalo de Dios.

Todos nos alegramos de vivir. Y precisamente Dios nos ha dado la vida porque como Él es un Dios de vida, Él quiere que la vida se multiplique y que todos podamos estar algún día junto a Él en la patria celestial. Ese es, vamos a decir así, el sentido de toda nuestra fe. La vida es un don de Dios. Dios quiere que toda vida se realice, que ninguna vida se pierda.

Como bien nos dice la palabra de Dios, al final de los tiempos todo va a ser recapitulado en Cristo, pero que para eso nosotros tenemos que vivir ese regalo que es la vida que Dios nos da en esta creación, en esta naturaleza, en este cuerpo que el Señor nos ha dado. Sabiendo que nosotros los hombres en medio de toda la creación y ante toda la creación, Dios nos creó a su imagen y semejanza, y nos creó a su imagen y semejanza también invitándonos algún día ser semejantes a Él en la gloria. Ese es el sentido de nuestra fe.

Algún día ojalá que todos estemos junto al Señor, porque todos hayamos vivido en esta vida de tal manera, que le reconozcamos a Él como Dios amoroso que es, que le reconozcamos como que nos quiso tanto que entregó a su hijo Jesús en la cruz por nosotros y que Él nos espera para la gloria eterna.

Y aquí viene entonces lo precario y lo transitorio de la vida esta, vamos a decir así, de la historia, de lo social, de las realizaciones humanas que muchas veces le damos una importancia tan grande, tan grande, que hacemos de ellas como el sentido final de nuestra lucha, de nuestro trabajo. Realizamos en la tierra aquellas cosas que nos parecen maravillosas, pero que no nos damos cuenta que con el tiempo todas esas cosas pasan.

En el Evangelio de hoy, Jesús ante el templo de Jerusalén. A nosotros no nos dice mucho ahora el templo de Jerusalén. Entonces la gente veía el templo como aquella obra de Dios, que nunca pasaría, es decir, Dios habitaría eternamente ahí. Eso jamás sería destruido. Y, sin embargo, Jesús relativiza las cosas, de una manera casi fuerte y bruta dice, «eso que ustedes ven ahí, que ustedes hablan tanto, y hablan tan bien, y eso pasará. Eso pasará. Eso son hechuras humanas”. Ahí están puestas muchas ambiciones, muchos deseos humanos, eso pasa y hay que buscar aquello que perdura para siempre.

Hermanos, nosotros los hombres somos así, nos fijamos de las cosas inmediatas, tanto materiales como realizaciones humanas, y pensamos que ya eso es lo más grande y que eso perdurará para siempre. Vamos a poner el ejemplo de un edificio, vamos a poner el ejemplo de esos estados y naciones que han sido poderosos, que parecía que iban a durar para siempre y que de momento la historia misma se encargó de que pasarlo a otro lado. Vamos a pensar en el Imperio Romano, llegó al máximo y después hizo así y cayó y es uno más. Vamos a pensar, por ejemplo, en la civilización, aquel pueblo enorme de las praderas, los mongoles, parecía que dominarían el mundo y pasaron. ¿Están ahí?, pasaron. Vamos a pensar también en las grandes naciones de este momento que parecen poderosas, que no hay que la destruya. Y pasarán.

Vamos entonces a pensar de manera ya personal. Luchar toda la vida, toda la vida para conseguir lo necesario para vivir y todavía un poco más, y cuando hay ambición todavía un poco más. Y, sin embargo, como bien dice el Evangelio, viene la muerte y eso pasa.

Hermanos, la creación es así, hermosa, es algo por lo cual luchar y procurar que se pueda vivir en fraternidad y en el bien, pero sabemos que esas realizaciones humanas pasan. ¿Qué cosa queda? ¿Qué cosa queda? Pues queda lo que uno ha sido capaz de crecer como persona humana en el amor, amor a los hermanos y en el amor a los demás. En nosotros reconocer lo que somos limitados y que solamente en Dios podemos poner nuestra esperanza. Y eso es lo que nos dicen las lecturas de hoy.

En la primera lectura del profeta Malaquías es cortica, dos párrafos, pero dos párrafos, vaya. “Ya llega el día ardiente como un horno, todos los orgullosos y los que hacen el mal serán quemados como paja por el fuego en ese día”. Fíjense bien, aquí no se habla de quién hizo maravillas grandes, ni las pirámides de Egipto, no se habla de eso. No. Dice, aquí lo que se habla es todos los orgullosos y los que hacen el mal, serán quemados como paja. Es una manera de decir las cosas, porque la paja se destruye con el fuego. Y ahí mismo viene la vuelta entonces, dice, «Pero en cambio, para ustedes que respetan mi nombre, brillará el sol de justicia que traerá en sus rayos la salud.» Palabra del Señor.

Entonces, hermanos, esa es la lectura de hoy, ya próximos a celebrar el domingo que viene la fiesta de Cristo Rey, estas son las lecturas de hoy que nos dicen, “vamos a fijarnos, ser más capaces de respetar el nombre de Dios y vivir en consecuencia, siguiendo sus mandatos, siguiendo su palabra. Y así es como único nosotros vamos a alcanzar esa salvación, ese reino eterno que todos queremos.» En contraste con aquel de que sabemos que pasa.

Hoy mismo la experiencia de nuestra diócesis y de esta región oriental de Cuba ha sido una experiencia de destrucción, de destrucción de los elementos, un ciclón fuertísimo, pero vivimos en el Caribe. Y en el Caribe a través de la historia están los ciclones, y han estado los ciclones. Las crónicas los narran, unos más poderosos que otros. Esa es la vida. Ahora, en esa vida, ¿cómo tenemos que comportarnos? ¿De manera orgullosa o haciendo el mal? No. En esta vida nosotros tenemos que comportarnos respetando el nombre de Dios y realizando su palabra.

Y vendrán tiempos tranquilos. Muchos años sin ciclones. Pasó el Sandy. Ya casi no nos acordábamos de él. Ha pasado este tremendo. Y así sucesivamente. Pero eso lo hablamos en cuanto a los elementos. Pero cuántas situaciones difíciles entonces ha vivido nuestro pueblo y está viviendo nuestro pueblo. ¿Cuántas? Y no es un elemento de la naturaleza. Es un elemento puesto por nosotros los hombres, que no hemos sabido hacer una sociedad justa, una sociedad en la que todos podamos, como dice la segunda carta, trabajar por el bien, cada uno luchar en lo que pueda, en lo que pueda para su propio bien, para el bien de los demás, pero todo eso, ¿de qué manera? Respetando el nombre del Señor.

Entonces, sí, breñará nuestra justicia. Nos quejamos de los elementos y hay personas que dicen que si este ciclón ha sido un castigo de Dios. Lejos Dios de querernos castigarnos con un ciclón. Vaya, el que diga eso, ustedes lo rechazan. Lejos Dios. El Señor quiere nuestro bien, y el Señor quiere que precisamente esa naturaleza en la que estamos nosotros metidos, nosotros la aplaquemos, precisamente viviendo sin orgullo y haciendo el bien, siguiendo la palabra de Dios y eso es lo que el Señor me dice hoy a mí en medio de esta destrucción.

Sí, hermanos, tenemos que darnos cuenta de que la vida pasa, esta vida, pero la vida eterna no pasa, y para eso tenemos que luchar. Para eso hoy tenemos que luchar. Y tenemos que luchar de tal manera, y la sociedad debe estar organizada de tal manera, que todo el mundo pueda realizar sus potencialidades para tener a partir del esfuerzo de sus brazos, y vuelvo a repetir la segunda carta de Pablo, con el trabajo, el esfuerzo humano, puedan encontrar todas aquellas cosas necesarias para luchar, para perder y para volvernos a levantar. Y eso es lo que estamos haciendo tratando de hacer nosotros ahora.

Pero para eso tenemos que buscar entonces una sociedad en la cual, el trabajo del hombre sea de tal manera, se apropie el hombre de tal manera de él, que cuando tenga situaciones difíciles como la nuestra, sepa a quién acudir, sepa dónde buscar, sepa aquello que tengo yo, trabajado y guardado, y que esté allí, que yo no dependa de nadie para que me den. Así es como la sociedad tiene que tiene que organizarse. El Señor nos da la inteligencia para buscarla. No podemos ser una sociedad independiente de la fuerza de la naturaleza. No, hay que tratar de ser una sociedad en la cual seamos previsores, en la que cada uno pueda aportar su inteligencia para el bien de los demás. Y eso es lo que el Señor quiere.

Bien, hablando de eso, en este momento, ¿qué nos toca en este momento nuestro? Cada uno de ustedes lo puede aplicar a la situación particular que tengan, todas aquellas personas que me ayudan en lugares tan distantes. ¿Qué tenemos que procurar? Encontrarme con mi hermano. Y eso lo puedo hacer en cualquier lugar. Encontrarme con mi hermano. Hoy nuestros hermanos de aquí de esta zona están aplastados. Están aplastados porque ven una situación difícil. Y nosotros tenemos que ayudarnos, con la palabra de Dios, a levantarnos y ayudarnos mutuamente.

¿Cuántos ejemplos de personas hemos visto con sus casas destruidas que han sido acogidos por otros en el hogar? ¿Cuántos ejemplos nosotros hemos visto de personas desde lejanos lugares que quieren aportar algo? ¿Cuántos ejemplos hemos visto en asociaciones, en gobiernos, en diferentes organismos internacionales, particulares, amigos, que tratan de mandar lo poco o lo mucho? Cantidad, es decir, y eso es lo que el Señor quiere, que nosotros seamos hermanos. Y no esperar que venga un ciclón para sentirnos nosotros hermanos unos de otros y apoyarnos mutuamente unos a otros. Eso es lo que el Señor quiere.

Hermanos, cualquier ayuda que pueda venir, que yo se la agradezco, pero así con mucho cariño, y con mucha fuerza, lo agradezco porque las comunidades están haciendo lo que pueden para ayudar. Todo eso es suplir. Lo importante es que nosotros sepamos recuperarnos y construir algo nuevo. No algo que nos obligue a estar siempre dependiente de la naturaleza sin tener a dónde acudir con el esfuerzo de mi trabajo, agradeciendo lo que venga de fuera, pero fundamentalmente el esfuerzo de nuestro trabajo para saber recuperarlos. Eso el Señor nos pide. Pero todo eso se hace, hermanos, si nos respetamos unos a otros, y si nosotros queremos vivir respetando el nombre del Señor, que eso también significa respetar a cada persona.

Entonces, hermanos, démosle gracias a Dios por estar aquí celebrando la Eucaristía. Cristo se va a hacer presente, la palabra de Dios que nos dice que este mundo pasa y que no nos equivoquemos. Todo el mundo sabe que este mundo pasa. Busquemos entonces el mundo de Dios, que ese es la salvación. Busquemos allí. Eso es lo que el Señor nos pide y que nosotros sabemos. No nos equivoquemos. No construyamos en falso. Busquemos siempre la palabra de Dios y su justicia. Ayudémonos mutuamente. Pero siempre con la vista larga, este reino de Dios, no es este que pasa y que se termina siempre con la muerte en este reino. No, no, no, no, no. El reino de Dios es el reino de la gloria a la que nosotros estamos llamados y tenemos que construir.

Y entonces, hermanos, y perdonen que me alargue. Cuando Jesús dijo lo del templo, que el templo iba a ser destruido. Ellos se quedaron sorprendidos. Dijeron, «¿Cómo puede ser eso?» Para un judío en aquella época eso es una blasfemia. ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo lo sabemos? Nosotros siempre buscando cómo saber. ¿Cómo sabemos? Entonces dice el Señor, » ustedes van a ver guerras, van a ver calamidades, van a ver a los unos contra otros, van a ver divisiones, la familia se va a dividir, ustedes van a ver y empezó a poner las cosas, así como diciendo bueno, pero eso lo vivimos. Sí, hermano, sí. Porque el reino de Dios está aquí. Sí, hermanos, sí. Eso forma parte de la vida. Cuando ustedes vean todo eso es que el fin de los tiempos está cerca y Dios estará presente.

¿Qué nos quiere decir eso a nosotros? Que hoy aquí el reino de Dios está presente. Hoy aquí el reino de Dios está presente. ¿Por qué? Porque vemos todas estas cosas que pasan, tantas divisiones, tantas injusticias, tantas guerras, tantas difamaciones uno contra otro. ¿Qué significa? Que el reino del mal está presente y que nosotros somos muchas veces los que propagamos el reino del mal, pero sepan que el reino de Dios está ahí y que cada vez que uno de nosotros respeta el nombre de Dios, y vive en su nombre, ahí se está haciendo el reino de Dios, se está haciendo presente hasta el final de los tiempos que solamente el Señor sabrá. Porque sabemos que algún día todo lo creado será recapitulado en Cristo.

Pero no nos pongamos a pensar, «Ay, Dios me castiga. Ay, esto es lo último.» Sí, es difícil, así es la vida. Tanta gente sufre, no por un accidente de la naturaleza, sino por tantas situaciones humanas, injustas que se crean. Y el Señor nos dice, «Respeta a Dios, respeta su nombre, respeta su palabra y el reino de Dios se va a hacerse presente en ti.» Como yo estoy seguro que muchas personas sienten que aquellos que le llevan una ayuda en la mano, sienten que ahí está el reino de Dios presente.

Sí, hermano, hagamos el reino de Dios presente porque todo lo demás pasa, y el esfuerzo que dedicamos a crear grandes riquezas que se van con el tiempo, o grandes poderes, o creernos mejores que los demás, o que nosotros somos los que tenemos razón y que los demás no la tienen. Eso pasa como el viento, eso es paja que se quema al fuego, como dice aquí. Lo que queda es la palabra de Dios y lo que queda es la gracia de Dios, Dios presente en nuestras vidas.

Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así. Que Él nos ayude. Que el Señor nos acompañe a todos. Amén.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 16 de noviembre de 2025: domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Gusto en saludarte nuevamente No me detectaron cáncer en la ultima prueba GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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