“Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” Mateo 11,5
Hermanos,
Estamos caminando en el Adviento. Hemos visto que ya son tres velitas, tres lucecitas, ya hay más luz, ya se está acercando el nacimiento de Cristo, que es la luz del mundo. Es por eso que el Adviento, además de ser un tiempo de recogimiento interior, de buscar, de mirar la vida de uno con sinceridad, es tiempo para preguntarnos qué cosa Dios quiere. Los cristianos tenemos que hacer eso, si los cristianos no hacemos eso, solamente cumplimos ritos, no. Para eso se hace el Adviento. Es un tiempo como el pueblo de Israel. Me gusta siempre utilizar la imagen de que en el Adviento está condensado en cuatro semanas toda la historia de Israel.
Es decir, los profetas tardaron tanto tiempo anunciando que vendría el Mesías. Dios que nos dio las tablas de la Ley y se esperaba vivir en plenitud encontrándonos con Dios y que, desde el principio con Moisés, se fue preparando ese pueblo. Después los profetas al ver como ya el pueblo hasta tenía un rey, pero qué va. El pueblo sabía que no caminaba según los pasos del Señor y ahí vienen los profetas. Y que las promesas de este mundo y los anhelos que todos vivimos en este mundo son muy limitados y pasan. Ya de eso hemos hablado mucho, desde cuando estábamos celebrando la fiesta de Cristo Rey hace cuatro domingos. Esperamos mucho, luchamos mucho y al final podemos adquirir cosas, pero siempre de manera limitada.
Pues bien, en este tercer domingo de Adviento nosotros tenemos esta vestidura rosada clara, y la velita también es rosada clara. Hermanos, la iglesia cuando pone un signo, un símbolo no lo pone porque qué color más lindo, a alguien se le ocurrió. No, la iglesia lo pone para decirnos, este domingo se llama el domingo de Gaudate, es decir, estén alegres. ¿Por qué estamos alegres? Hermanos, porque nosotros sí sabemos que ya el Mesías vino. El pueblo de Israel sabía que vendría, la fe lo mantenía firme. El Señor lo dice, los profetas lo anuncian y ese pueblo con paciencia, a lo mejor muchos se desesperaron.
Pero nosotros sabemos que el Mesías ya está, ya vino. Él nos alcanzó la salvación. Entonces, es un momento así, en medio de este tiempo de preparación de ir a lo esencial, decir, toda esa petición de fuerza, de paciencia, todo eso tiene que siempre estar para un cristiano, debe ser vivido en alegría. Entonces, por eso la velita rosada para distinguir.
Vamos a las lecturas. Me gusta repasar un poco el domingo anterior. El domingo anterior hablamos de cómo sería ese Mesías. ¿Y a partir de qué lectura? De la de Isaías, igual que ahora, estamos leyendo el capítulo 35 del profeta Isaías. El domingo pasado, la lectura de Isaías, describían cómo sería ese Mesías. Yo lo voy a decir rapidito. Era un Mesías que vivía en la verdad, no utilizaba la palabra verdad el texto, pero decía, Él no va a juzgar en apariencia. También decía, Él no va a actuar por habladurías, el Señor va a actuar según la verdad. Esa es la primera característica de ese Mesías que vendría. No como la verdad de los hombres, que por muy buena voluntad que se tenga podemos estar equivocados, o no sabemos de qué estamos hablando. No. Él habla en verdad, y la verdad es hacer concordar el pensamiento con la realidad de las cosas. Esa es la definición de verdad.
La segunda era que era un Dios de justicia. Y entonces él hablaba que el Mesías vendría a hacer la justicia que nosotros queremos que se haga. Siempre lo digo y lo dije y lo voy a algo a decir, ¿quién quiere justicia en este mundo? ¿Quién? ¿Quién? La tercera la paz. Y se acuérdese bien que, con esa poesía de Isaías, igual que esta lectura que es una poesía pura, ojalá se de en las escuelas para que la gente vea lo que es un poema. Es una profecía escrita en el género poema. Entonces decía que él iba a traer la paz. ¿Y qué ejemplo ponía? Acuérdense el ejemplo, que el león y el corderito iban a pasear juntos, que el niño iba meter la mano en la cueva de la serpiente e iba a cogerla, y que el oso y la vaca iban a pastar juntos.
Entonces, esa es la característica, un Mesías en la verdad, un Mesías que va a traer justicia, un Mesías que va a traer la paz.
El mismo Isaías, pero yo diría que esto se refiere a que nosotros nos demos cuenta de qué es lo que estamos viviendo. En esta lectura Isaías le da una esperanza al pueblo. El pueblo estaba mal. Y ustedes saben que el mal tiene muchas categorías, ¿no es verdad? El mal supremo es el demonio. Pero después muchos males en la vida, muchos males, falta de caridad, tantas cosas, injusticia y todo lo demás. Pero entonces Isaías le dice, hermanos, estén alegres.
Y la alegría cristiana no viene de una jarana, de un chiste, de que la estoy pasando bien. La alegría cristiana viene de la confianza en Dios. Estoy alegre porque Dios se ha entregado por mí y sé que esta justicia, este anhelo de verdad que yo tengo y de paz se va a cumplir. ¿Cuándo? Cuando el Señor quiera, cuando Él lo estime, cuando Él nos diga. Por lo tanto, esto lo que estamos pasando en este mundo es pasajero, lo bueno y lo malo. Tenemos que prepararnos y en eso hemos insistido mucho a decir, yo sí quiero un verdadero Salvador que es para siempre, que me salve para siempre.
Entonces, dice, «Sean alegres.» Y entonces, ¿por qué dice que estemos alegres? ¿Por qué lo dice? Que se alegre el desierto y la tierra seca. Que reverdezca y se cubra de flores la pradera. Allí aparecerá toda la grandeza del Señor, todo el brillo de nuestro Dios. Es decir, todo lo que estaba seco, árido, sin producir, estéril, eso será superado. Y si eso es así, ¿cómo no vamos a estar alegres?
Acuérdese bien que el pueblo de Israel vivía en el desierto. Ellos sabían lo que era la sequía, lo que era la aridez, la esterilidad del terreno, la falta de lluvia a lo mejor a nosotros esto no nos dice, pero imagínese estas frases dichas a ese pueblo que sí sabía lo que era vivir la esterilidad, y que le digan todo ese páramo que ustedes ven ahí, todo eso va a florecer. Era lo más grande que se le podía decir.
Y eso es lo que el Señor nos dice a nosotros ahora. Entonces nosotros ahora ponemos la imagen que queramos nosotros ahí. Yo he luchado por la justicia, va a haber justicia para todos los hombres, el máximo. Pero entonces ya tenemos que estar alegres. ¿Por qué? Porque confiamos, porque tenemos fe, porque el Señor vendrá, porque el Señor ya nos ha salvado. Estamos en la cruz.
En los textos de los de los salmos, todavía era la esperanza esa, era la esperanza de saber que los profetas lo decían y creíamos que el Señor le daría la respuesta de fe que era que él vendría a salvar a los hombres. Pero entonces viene una serie de recomendaciones. Robustezcan las manos débiles, y afirmen las rodillas que se doblan. Díganle a los que están asustados, temerosos, incrédulos que no saben entonces. Calma, no tengan miedo, tranquilos, porque ya viene su Dios a vengarse y a darle a ellos su merecido, Él mismo viene a salvarlos a ustedes.
Fíjense bien, hermanos, las imágenes también aquí. Si Jesús utilizaba el desierto, yo tengo que utilizar las imágenes que nosotros tocamos aquí. Ustedes saben que estamos pasando una crisis de virus, de muchos tipos. Los científicos saben cómo se llaman todos, son tantos. Ya nosotros no sabemos los cubanos cuál tenemos. Viene uno, no sabemos si se repite o si es otro diferente. Hermanos, pero aquí yo creo que, en Cuba, no me gusta decir por cientos, pero yo creo que el pan nuestro de cada día es encontrarnos con personas que a lo mejor el primer saludo es, ¿y que cómo te sientes? Bueno, tengo esta mano agarrotada. “Robustezcan las manos débiles”. Y tú hablas con el otro y te dice, he vuelto para atrás, el pie izquierdo lo tengo, que no puedo. Y usted va a cualquier lado y usted se encuentra con un grupo de personas caminando así…
Y ustedes dirán, ¿qué hace el padre diciendo esto? Hermano, nosotros sí entendemos lo que es la mano frágil y el pie enredado. Eso nosotros sí lo sabemos. Y si eso nos pasa físicamente, vamos a aprovechar las imágenes, es que de la misma manera que yo trato de tomar paracetamol o no sé cuántas cosas, para fortalecer las manos, y las rodillas, y los pies. ¿Y qué estoy haciendo yo hoy para fortalecer mi fe y creer en ese Cristo que vino a salvarme, el Salvador prometido y que sí va a cumplir las escrituras?
Me preocupo de la mano, me preocupo de los pies. Me da pena que la gente me vea cojeando, pero ya son tantos los que cojeamos. Entonces, hermanos, vamos también a darle importancia a fortalecer mi fe, a fortalecer mi espíritu, a poner remedio. Cuando empezó toda esta vorágine. Hay paracetamol, sí. Y vitamina C, sí, toma dexametazona, no tomen mucho, pero los médicos dicen que tome alguno. Consulte con el médico, voy a hacer la propaganda ahora yo. Consulte con el médico antes de tomar cualquier cosa. Muy bien.
Pero de la misma manera que nos preocupamos porque dormimos mal, porque no podemos hacer nuestras labores. Hermanos, ¿y el espíritu cómo lo vamos a cuidar? ¿Qué medicina vamos a tomar para que, no la mano, sino para que mi espíritu esté más cerca de Dios? ¿Cuáles son los remedios espirituales que me llevan a Dios? Y aquí, de la misma manera que podemos decir vitamina C, complejo B porque eso ataca a los nervios y te da neuropatías y cosas de esas. Ah, pues yo les digo a ustedes que el remedio es la palabra de Dios. Utilicemos el remedio de la palabra de Dios, utilicémosla.
Utilicemos el remedio de una lectura buena. Utilicemos remedio de los sacramentos. ¿Qué tiempo hace que no me confieso? ¿Qué tiempo hace que no le pido perdón a Dios? ¿Qué tiempo hace que no voy a la iglesia a recibir la comunión o a participar con la comunidad cristiana? Eso son los remedios.
Entonces, alguien podría decirme, padre, pero aquí donde yo lo estoy oyendo no tenemos oropuche, sika, ni dengue, no sé cuál más. Hermanos, ese es otro problema, entonces yo me creo que yo no necesito eso, y no soy capaz de dedicarle al Señor un tiempo para decir, «Señor, yo estaré bien físicamente, estaré bien socialmente porque tengo, no los lujos, pero sí lo que necesito. ¿Y qué tiempo yo te dedico a ti, Señor?”
Entonces, tengo que ver si yo también estoy un poco enfermo y me descuido. Y de la misma manera que tenemos que recoger la basura para que los mosquitos no nos piquen a mansalva, de la misma manera yo tengo que poner remedio a mi vida, y decir qué cosa yo debo y no debo hacer para estar con Dios. Pero para estar con Dios no porque Dios me manda, no, para vivir la alegría de saber que el Señor Jesús ha venido a salvarnos y ha venido a convocarnos como pueblo, para estar con Él en la gloria.
Todo eso hay que vivirlo con la alegría. Fíjense bien la diferencia, no con el dolor de la enfermedad, que a medida que se nos va quitando, nos vamos alegrando un poquito. Sino con la alegría que aumenta cada día sabiendo, que más cerca va a estar mi encuentro con el Señor, porque la alegría de Cristo no se acaba, la alegría de Cristo aumenta hasta encontrarnos con Él que será, vaya… Pablo decía que no podemos imaginar estar con el Señor.
Entonces vamos a hacer eso. Vamos a tratar, hermanos, también de curarnos del virus de la indiferencia religiosa, del virus de no dedicarle tiempo a Dios; del virus de que muchas veces nos hacen cualquier idea, cualquier cosa que viene y entonces cuestionamos y el Señor me dice por qué.
Entreguémonos al Señor y veremos como nosotros, viviendo la alegría de saber que Él nos llama, fortaleciendo nuestra vida espiritual, fortaleciéndola y viendo también cómo los dones del Señor se multiplican en nosotros, cómo nos ayuda a vivir aquí en la tierra aspirando a los del cielo siempre; entonces, nosotros nos vamos a dar cuenta que tenemos que ir caminando hacia la Navidad, hacia Jesucristo, luz del mundo.
No quiero alargar mucho, pero tengo que decir algo de Juan el Bautista. Acuérdense que los tres personajes del Adviento son Isaías anunciando en el tiempo, vendrá un Mesías. Juan el Bautista, profeta también, también educado en el Antiguo Testamento, pero es el profeta que dice, «Ese es el Mesías”. Isaías lo anunció remotamente, vendrá uno, prepárense. Pero ya Juan dice, ése es.
Juan buscaba a Dios, fíjense bien, él predicaba a Dios y la gente iba a él. Y él predicaba según los profetas, conviértanse, conviértanse, cambien de vida, reciban el agua como signo de conversión. Pero Juan era aquel que esperaba y que buscaba. Era como nosotros, todos bautizados, pero buscamos a Dios como Juan. Y Juan sí decía, «Vayan a ver si ese es el Mesías de verdad esperado”. Él no se quedó con lo que él sabía, no, yo sí, porque yo soy aquel que… No. Vayan a ver si es ese, ¿para qué? Para seguirlo. Así nosotros tenemos que hacer, hermanos, así.
Tenemos que buscar a Dios diariamente. Y vamos a hacer tiempo, vamos a hacer espacio. Hacer el tiempo en Cuba que estamos buscando dónde comer, y dónde buscar, y dónde hacer las cosas. En otros lugares, vaya, su según su vida, en las facilidades o en las no facilidades que tengan, pero vamos a hacer tiempo para todo ponerlo en las manos del Señor, y para acercarnos a Él.
Que el Señor nos ayude a vivir así y a ser como Juan también, aquellos que hablan y nos dicen que Jesús, el Mesías, ya está aquí entre nosotros. Síganlo.
Que el Señor nos ayude.

Neidys Gusto en saludarte de nuevo FELIZ Y SANTO ADVIENTO GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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