Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 21 de diciembre de 2025, Cuarto Domingo de Adviento

“Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa” Mateo 1, 24

Hermanos,

Contemplemos este misterio de salvación que el día 25 vamos a celebrar con alegría, el nacimiento del Niño Dios. Pero ya llevamos desde el principio del Adviento preparándonos para este acontecimiento. He dicho en domingos anteriores que para mí y así lo creo, el Adviento es como la condensación de todos los siglos del Antiguo Testamento, sobre todo esos momentos en que los profetas empezaron a anunciar que Dios no abandonaba a su pueblo, sino que Dios le daría un Salvador y que ese Salvador vendría a rescatar a Israel y a todos los pueblos del mundo.

Porque en el Antiguo Testamento, aunque Israel es el protagonista, siempre se decía que al final todos los pueblos mirarían hacia Jerusalén. Entonces hemos visto que el primer personaje Isaías, que desde que empezó el Adviento los cuatro domingos hemos leído sus profecías, todas ellas anunciando de una manera u otra el Mesías, diciendo cómo sería, que sería un rey de justicia, un rey de verdad, un rey de paz y todas las cualidades que iba a tener este Mesías y que el pueblo lo reconocería.

Hay otra profecía de Isaías que se lee en otro momento, por ejemplo, en el tiempo de Cuaresma, cuando hay que narrar precisamente cómo ese Mesías esperado, como rey, en definitiva, después muere en la cruz para salvarnos. Para reafirmar el amor que Dios tiene por nosotros, y demostrarlo hasta el extremo del amor de Dios que es dar la vida por los demás.

En estos días seguimos con Isaías. Isaías hace la última profecía, más o menos así. Al principio decía, «Vendrá un Mesías”. Después ya últimamente proclamaba ya próximo ese Mesías. En la lectura del domingo pasado nosotros vimos como Juan el Bautista es el que lo señalaba. Ese, ese que está ahí es el Mesías. Ése, ya no era alguien anunciado en los siglos, sino alguien señalado. Ese es el Mesías. Juan el Bautista, profeta del Antiguo Testamento, pero que conoció a Jesús. Isaías lo vislumbrará en la fe, vendrá. Juan el Bautista lo señaló. Ése es.

Hoy nos toca un tercer personaje, y el tercer personaje vamos a decir que es la Virgen. Pero en casi todo el Evangelio que hemos leído es José. Vamos a decir así, el protagonista de la serie es José. Y la Virgen está puesta ahí como el centro, porque de ella es que depende, ya fue la que dijo que sí, al Señor, todo lo demás.

Pero José es interrogado precisamente a partir de lo que dice María, «Sí, yo quiero ser la madre del Salvador, si tú lo quieres, Señor. No entiendo, pero si tú lo propones, yo quiero ser”. Entonces, este personaje es José y la Virgen. Y la Virgen y José son los padres del Señor Jesús. Es curioso este relato. Es curioso porque Isaías, los profetas, anunciaban que el Mesías sería descendiente de la tribu de David. Después lo señalaron más próximo. Lo señalaron que nacería del tronco de Jesé, una de las ramas de los descendientes de David. A través de Jesús, pues Jesús sería el Mesías, y esa paternidad le viene de José. De José al Señor. José descendiente de David, del tronco de Jesé.

Y vemos como José, como cualquier hombre de la época y de esta época ante una situación, se ha casado con la virgen, está comprometido, no han vivido juntos, como dice el texto, ella está en estado. Y José normalmente dice, debo de repudiarla, ese hijo no es mío. Bien. A lo mejor otro hubiera hecho un escándalo.

José fue muy medido y también muy caritativo, podemos decir así, amaba a María, no cabe la duda que la amaba. Y el Ángel le manifiesta, “José no dudes de tu mujer porque tu mujer está llena de Gracias”. Así dice el texto de la Biblia. No lo inventaron los católicos, ni los ortodoxos, no, así dice el texto de la Biblia.

Ella la llena de Gracia, la bendita entre todas las mujeres, dichosa porque ha creído. ¿Qué más vamos a decir de una mujer? ¿Qué más? Eso, llena de gracia, dichosa que ha creído, bendita entre todas. Le dice, «Ella va a tener un hijo, sí, está embarazada, va a tener un hijo, pero ese hijo es obra del Espíritu Santo”. Y hace una cosa que a nosotros nos pasa desapercibido, porque cuando un niño nace los padres se ponen de acuerdo ahora para ponerle el nombre, aunque casi siempre la madre, la abuela, el abuelo, lo que dicen sí tal nombre.

Pero en esa tradición patriarcal de aquella época, era el hombre el que designaba y el nombre tenía un sentido. El nombre no era en aquella época como ahora, que se buscan una combinación de sílabas, esto, lo otro para poner un nombre, o el nombre de un cantante. No critico a nadie que tenga esos nombres, porque cada cual es lo que es. Y yo siempre digo, que, si hay una persona que tiene un nombre un poco así difícil de pronunciar, que no se avergüence, que lo diga con orgullo, porque eso es un compromiso que ha adquirido. Porque si tiene un nombre raro que nadie más tiene, significa que el primer santo tiene que ser esa persona. Para cuando a otra gente le ponga ese mismo nombre sepa que ya tiene un santo que pida por él en el cielo. Así que no, no se avergüence de los nombres que tienen, eso se lo dieron sus padres.

Pero en aquella época poner el nombre era algo que venía del padre. Además, el nombre tenía un significado. Y José no duda, él fue el que puso el nombre, significando que era el padre. Yo soy el que pongo el nombre. Y cuando alguien pone un nombre hay cierta propiedad. Ese hijo es de mi familia. En aquella época eso era sagrado. Pero dice más, le vas a poner Jesús. Porque él será el Salvador. Él salvará al pueblo. Por eso es que nosotros decimos que Jesús es el Salvador.

Y por eso nosotros eh veneramos José de tal manera, el esposo de la Virgen, que vaya José es un santo, es patrono de la iglesia. Porque si cuidó al niño Jesús, Jesús es la cabeza de la iglesia, entonces José es protector de toda la iglesia, de ustedes, de mí, de las hermanas, de los lectores, de todos. Por eso es que hay muchas órdenes religiosas que tienen como patrono a San José. A San José, patrono de la iglesia.

Entonces, cuando nosotros veneramos a la Virgen con la Anunciación, y en la Anunciación decimos que ella dio el sí en ese momento, además lo dijo físicamente, “sí que se haga en mí según tu palabra”. Pero José siempre se presenta en la Biblia como alguien callado. Ni habla. José no habla en la Biblia. No habla, pero hace. Hay personas que son así, no hablan, pero hacen. Y de la misma manera que crió al niño Jesús, que es cabeza de la iglesia, sabemos que él nos cuida a nosotros.

Pues la Anunciación a José también es esta. Si la Virgen la veneramos y leemos la parte de la Anunciación que es tan bella, entonces también tenemos que leer este evangelio como la Anunciación a José, porque la respuesta es la misma, José no habló, pero hizo. Hizo y le dio nombre. Tú eres el Salvador. No sabía qué pasaría después, pero tú eres el Salvador. Después lleva a María y al Niño a Egipto huyendo. Pero ese José, es el padre.

Entonces, hermanos, nosotros también tenemos hoy, en este domingo, que fijarnos en esta figura de María, que es el tercer personaje del Adviento. María con el sí, callado, pero dicho y con el sí de José, que es el sí realizado, aunque no se diga. En estos días que quedan antes de llegar la Navidad, nosotros pidamos al Señor esa fe firme, esa resolución tanto de María como de José. Sí, hermanos, tenemos que vivir este tiempo así.

Otra idea que yo quería comentar brevemente, porque si nos quedamos con esto solo ya esto basta. Si cogemos José y a María como nuestro ejemplo, para celebrar la Navidad, y la alegría que ellos tuvieron al nacer el Niño y todo lo demás, ya eso basta. Pero yo sí quisiera hacer notar una cosa. Hay veces que leemos los textos, leemos mucho el Evangelio, leemos el Nuevo Testamento porque es Jesús. Ya es la presencia del Salvador, de Jesús, pero fíjense bien que la misa siempre nos pone una lectura del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento.

En la primera lectura, Isaías dijo que el que nacería, que una virgen daría luz y que sería de la familia de David. Y así dice el Antiguo Testamento, ¿por qué? Hermanos porque nuestra fe no es la de un predicador que de momento empezó a decir cosas. No. Nuestra fe es la es la predicación en la seguridad de que Dios mismo se acerca a nosotros en la persona de Jesús, nacido de la Virgen, por obra del Espíritu Santo. Y que no es una cosa que ocurrió ahora, que anteriormente no había un preámbulo, un anuncio. Sí, sí, sí. Por siglos el pueblo de Israel se mantuvo fiel esperando a ese Mesías. Y lo fue anunciando y fue preparando al pueblo.

Aquellos pobres de Yahvé, aquellos seguidores, siervos de Yahvé, que, en medio de las dificultades, como s que nosotros estamos viviendo o aún peores, en medio de esas dificultades se mantuvo, fueron firmes. Firmes en la fe. Entonces, es la historia del cristianismo. Alguien que se iba a predicar en la calle un día, no. Alguien anunciado, alguien señalado, alguien conocido, alguien aceptado, alguien por el cual la gente dio la vida y no porque se la impusieron, no, la dieron. Al contrario, dieron la vida a ellos para ser fieles a aquello que creían y que había sido anunciado.

Sí, hermanos, nuestra fe está arraigada en la historia de la salvación y está datada con la palabra de Dios, que es la del Antiguo y del Nuevo Testamento, que es la Biblia. Así que sintámonos herederos de todo ese pueblo, de toda esa humanidad porque el mismo pueblo de Israel, fue el escogido entre toda la humanidad para salvar a la humanidad. ¿Y a salvarlo en quién? En la persona de Jesús.

Sí hermanos, sintámonos así, como si nosotros fuéramos ese río que va creciendo, que va creciendo hasta llegar a un punto en que todas las aguas se unen, ¿dónde?, en la persona de Jesús. Sintamos dichosos también nosotros y alegres. Además, diré más, cada uno de nosotros recibe a Dios en su corazón. Dios habita en nosotros. El Espíritu Santo habita en nosotros al recibir el bautismo. Nosotros también somos como María y José. Nosotros también hemos dicho, «Sí”, y a través de nosotros es que Jesús tiene que ser conocido.

Entonces, nosotros tenemos que darnos también para que otros conozcan que Dios nos ama, que Dios hace todo lo posible por salvarnos, que Dios nos deja su palabra para que sepamos cómo llegar hasta Él. ¿Cómo llegamos, cómo podemos llegar hasta Él y adquirir la salvación, que Dios se entregue en la cruz y que Dios nos deja? Hermanos, miremos para atrás. ¿Cuántos cristianos que están en los altares santos no han sido tan firmes como María y José? Eso son los santos. Podemos poner de ejemplo, por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta, ahora que estoy mirando a las hermanas aquí misioneras de la caridad. Entregó su vida con una seguridad increíble desarmando a todos los estudiosos y todos que a veces que querían ponerle y sacarla de quicio, pero ya tenía la palabra de Dios en la mano. Podemos seguir buscando. Pedro, Santa Teresa de Jesús, Santa Rosa de Lima, San Francisco.

Hermanos, estamos precedidos por una cantidad de testigos que dijeron, «Sí” y no se amilanaron. Y que sacrificaron muchas cosas, eso nos toca a nosotros ahora. Saber lo que tenemos que sacrificar, saber qué tenemos que hacer para ser firmes seguidores de Jesús y testigos de decir, «Sí, él es mi Salvador”. No es alguien que dijo algo, sino que alguien que fue preparado y anunciado para que todos los pueblos lo recibamos.

Con esta con esta intención, hermanos, vivamos la Navidad. En medio de las dificultades que estamos pasando como como pueblo, como las pasó José y María con el Niño, más o menos como las nuestras, peores o no sé si mejores. Nosotros también sepamos decir sí, que el Señor sabrá y el Señor dirá, «Esa es nuestra fe”. Así que vivamos la Navidad con alegría y sepamos transmitirla con alegría.

No tenemos muchas cosas materiales que dar, que repartir, que tener. No. Pero sí podemos reunirnos en familia y orar juntos. Eso sí, hermanos, hagámoslo. Y los que puedan ir al templo, vayan al templo donde quiera que estén. Aquí no podemos ir por muchos apagones y eso la gente de noche imagínense un poco salir. En otro lugar a lo mejor porque tienen muchas luces, y las luces deslumbran y pierden el camino.

No seamos nosotros los que perdemos el camino, sino afiancemos, afinquémonos ahí junto al Señor y con alegría vayamos al templo, celebremos la Navidad y con alegría en la familia.

Que Dios nos acompañe a todos hermano para ser testigo de Él a toda hora, en cualquier momento y en todas circunstancias. El Señor nos garantiza su fuerza, y su fe y ánimo.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 21 de diciembre de 2025, Cuarto Domingo de Adviento

  1. Neidys FELIZ NAVIDAD!!!!!!!!!!!!!!!!!! FELIZ Y SANTO ADVIENTO GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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