Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 11 de enero de 2026 Fiesta del Bautismo del Señor

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” Mateo 3, 17

Hermanos,

Este domingo concluimos el ciclo de Navidad, el tiempo de Navidad. Perdón. Comenzamos la Navidad el 25 de diciembre con el nacimiento del niño Dios, así se cumplían las escrituras diciendo que Dios mandaría un Salvador. Claro está, este salvador vino al mundo de la manera más inesperada para el pueblo de Israel.

Ellos querían que viniera alguien que les arrebatara del dolor, de la situación injusta que vivían, tanto políticamente como en el pueblo de Israel entre ellos. Y es un niño, es un niño el que viene. Los pastores le reconocieron y la Biblia, el evangelio en eso preciso, vieron a un Niño con su madre envuelto en pañales.

Después los Reyes, que representan a todos los habitantes del mundo entero, los pastores representaban al pueblo de Israel, al pueblo humilde de Israel, esos eran los pastores, y a todo el pueblo, ellos eran los os representantes. Y después viene los Reyes, representando al mundo entero, a todos los pueblos. Eso lo celebramos en estos días y el último fue el domingo pasado cuando celebramos la Epifanía del Señor.

Yo me acuerdo que ese domingo yo dije, que había varias manifestaciones de Dios, varias manifestaciones iniciales de Dios. Es decir, después él hizo muchos milagros, muchos signos, pero al principio él era un hombre cualquiera.

Había venido de un lugar, imagínense ustedes, la Galilea de los paganos y de un pueblo en que la misma la misma palabra de Dios, uno de los apóstoles dice, «¿Y de Nazaret puede venir algo bueno?» Es decir, Él vino de allá, de donde nadie esperaba nada, pero como para Dios nada es imposible, como nosotros rezamos en la oración al final de la misa refiriéndose a Cuba, pidiendo precisamente que en Cuba también nosotros podamos levantarnos.

¿Y de Nazaret puede venir algo bueno?, pues sí. El Señor, como me gusta repetir, sabe sacar cosas buenas de lo que aparentemente puede ser malo o difícil de entender, comprender o no aceptarlo. Muy bien.

Ya Jesús ha cumplido años. Jesús vive con sus padres en Nazaret. Hay un episodio que cuando Jesús como siendo niño de 13 años van al templo a Jerusalén con los padres que lo van allí a presentar por su mayoría de edad, y ¿Él se manifiesta allí como Dios?, no, Él se manifiesta allí como alguien que tiene un conocimiento especial. Sabía mucho y discutía con los sabios.

Pero de la misma manera que Jesús se manifiesta ya como Dios, ese es el Salvador, le dice el Ángel de los pastores, vayan a verlo. Con los Reyes Magos exactamente igual, la estrella significaba el poderío de Dios y del pueblo, decir que el Mesías que nacería de Dios.

En este pasaje, que es el primero de lo que se llama la vida pública de Jesús, en este pasaje nosotros vemos que Jesús sigue anonadado, como escondido. De esta manera que Él hace lo mismo que hacían los cientos de judíos que iban con Juan. Juan predicaba un mensaje de conversión. Él lo predicaba y como signo de esa conversión, de ese deseo de conversión, pidiendo la fuerza de Dios para convertirse, Juan los bautizaba con agua, es decir, les echaba agua.

Más que bautismo, él derramaba agua. Juan no decía, «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» Ese es el bautismo cristiano, el que instituyó Jesús. Juan lo que hacía era un bautismo de conversión. Derramar agua, el agua como signo de purificación, de purificación. Y Jesús va a ser purificado. Juan le dice, «Señor, si tú eres» Juan sí sabía, si tú eres, el que debo ser bautizado soy yo por ti. No, hace falta que cumplamos la voluntad de Dios. Y derrama el agua sobre Él como ese bautismo de conversión.

Y en ese momento se oye la voz del cielo, este es mi Hijo amado, en el que tengo puesta mi complacencia. En esta traducción dice, al que amo con cariño, con mucho cariño. Hermanos, cuando Jesús fue a recibir, salió de su casa, salió de la casa para salir a la calle a hacerse público, es decir, él era carpintero, él socializaba con todo el mundo, pero él sabía que había venido a una misión y por eso es que él comienza así, poniéndose en las manos de Dios, recibiendo aquello que Juan ofrecía, ese bautismo de conversión.

Y de ahí Jesús sale a predicar, a manifestarse, y por eso es que el bautismo del Señor es otro otra epifanía. Recordemos el domingo pasado que dijimos que epifanía era manifestación. Entonces, el bautismo del Señor es la epifanía que Dios manifiesta explícitamente sobre Él, este es mi Hijo amado, a quien amo con cariño, a quien amo con cariño. Y Jesús comienza su obra. Su obra predicando la buena noticia del reino.

En los domingos que vienen, y en los días entre semanas que vienen, la iglesia nos presenta los primeros pasos que da Jesús. Empieza a predicar, se hace notar, hace algunos milagros que no se narran, hace algunos milagros y él empieza a llamar discípulos.

Y aquí viene esta nueva etapa que es la iglesia. Él no se queda solo predicando el reino de Dios. Él que se hace hombre quiere que todos los hombres participen con Él en esa aventura grande de llevar a todos los hombres de todos los pueblos y de todas las épocas, hacia Dios Padre.

Fíjense bien que es una aventura tremenda, llevar a todos los hombres al encuentro de Dios. Y Él sabe que, para eso, el que se hizo hombre, Él necesita de los hombres. Y por eso empieza a llamar. En las próximas dos semanas nosotros vamos a ver Jesús llamando a Juan, llamando a Santiago, ellos que se interesan, algunos para saber quién es Él. Juan que le manda a alguno de sus discípulos para que le conozcan. Él llamando.

Entonces ¿Qué significa eso, hermanos? Eso significa que el Señor Dios nos respeta tanto, que quiere contar con nosotros aun, para darle a conocer a Él. Que nosotros participemos con Él en esa dicha de decir, «Este es el Hijo de Dios, es nuestro Salvador. Escúchenlo”. Para eso tenemos que estar dispuestos en estos días, atentos, atentos a ver. Si el Señor llama a Pedro, a Santiago, a Juan, el Señor me ha llamado a mí.

Hermanos, y todos los que creemos que Jesús es el Señor, hemos sido llamados por Dios de alguna manera, para hacer su obra. Y aquí vamos a hacer como un paréntesis. Vimos en la primera lectura de Isaías, preciosa esta primera lectura de capítulo 42. Es un poema. Ojalá que se puede estudiar por el contenido, pero también por la forma en que está dicho. Es un poema que alaba al siervo de Yahvé.

En el libro del profeta Isaías hay unos cánticos que se llaman del siervo de Yahvé. Ese siervo de Yahvé que había sido puesto por Dios, llamado por Dios, que había sido preparado por Dios, para que algún día fuera el salvador del pueblo, para que algún día trajera la justicia. Y eso está dicho en palabra cruda, los ciegos ven, los cojos caminan. Es decir, muy sencillas son palabras crudas, pero que hablan de cambio, hablan de un movimiento que supera todo lo malo. Y no solamente es eso, dice que también la justicia estará y que no quedará nadie fuera, sino que su mensaje es para todos. Entonces, fíjese como el pueblo se fue preparando.

Después vienen otros cánticos de Yahvé, en el mismo libro del texto de Isaías, que se lee fundamentalmente en la Semana Santa, en los cuales se ve otro aspecto que aquí se menciona, que ese Siervo de Dios, en diferencia a lo que pensaban muchos en Israel, no era una gente que venía a imponerse a hacerse un reino con la fuerza. No, dice, «La caña partida, él no va a hacer daño a nadie. Él va a sufrir”. Ya los otros cánticos hablan más de ese sufrimiento.

Hermanos, eso nos dice que ese Mesías anunciado es Jesús. Y que los discípulos de Jesús entendieron rápidamente que aquello que había dicho Isaías hacía 700 años antes, se cumplía en Él. Siendo él, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador, el esperado; sin embargo, se presentó indefenso, entre lo último. Como para decirnos, señores, el poder de Dios no viene por la fuerza, la imposición, sino el poder de Dios viene por el amor.

Él se entrega, Él se da. Fíjense como toda la fe cristiana se hilvana, se teje desde aquellos profetas, desde el inicio, desde la descripción de aquellos patriarcas que luchaban por el pueblo, y que esperaban una posición grande del pueblo, en toda la existencia, en el mundo y que de él vendría un Mesías. Entonces nosotros vemos cómo se va cumpliendo Jesús, y los primeros discípulos, entre ellos los evangelistas que ellos recogían todo eso, ellos empezaron a hacer la lectura de la vida de Jesús a partir de aquellas escrituras, porque en Él se cumplía todo.

Pues Jesús empezó su ministerio. Jesús se lanzó, se dio a conocer. Y ahí entramos nosotros. Pedro, que fue aquel que le negó y todas esas cosas que hizo Pedro, que sacó la espada y que él sí se imponía. Pedro fue uno de aquellos que se convirtió. Seguro que él había recibido el bautismo de conversión de Juan. Y Pedro también vivió escondidito. Los primeros cristianos pasaron por ese momento duro. ¿Qué vamos a hacer? Nos persiguen. La gente no cree que es Maestro resucitó ni que es el Hijo de Dios, ni que es el Mesías, ni el Salvador.

Pero el Espíritu los fue llenando de gracia y Pedro se lanza a predicar. Este es uno de los primeros discursos de Pedro. Y este primer discurso de Pedro, que está aquí en las lecturas, nosotros vemos como él empieza a decir a centrar su discurso en Jesús. Y él sí manifiesta que Jesús vino para salvarnos y para traer la paz.

La palabra, la paz, salvarnos, justicia. Está en la lectura de Isaías, está en Pedro y también está en el bautismo del Señor, porque el Señor vino a traernos la paz. Entonces, hermanos, Pedro nos dio la pauta. Si quieren seguir a Jesús, tiene tienen que ser aquellos que lo buscan, y aquellos que lo siguen, y aquellos que lo anuncian, ¿qué los anuncian con qué? Con su vida y que lo anuncian de palabra.

¿Qué nos dice eso a nosotros? Que nosotros también estamos llamados a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, a que Jesús es capaz de transformar nuestra vida, que tenemos que acogerlo y que también tenemos que anunciarlo. Unos con una vocación más definida, dedicar su vida al anuncio del Reino, otros a anunciar a Jesús en la vida cotidiana, diaria, familiar, pero siempre anunciarlo.

Nuestro bautismo nos hace hijos de Dios. Nuestro bautismo nos dice que somos un hombre nuevo. No como los hombres nuevos que muchas veces en la política se habla, hay que lograr un hombre nuevo, no, el hombre nuevo llamado por Dios, aquel que vive en la justicia y aquel que busca la santidad, y la santidad es estar unido a Dios. Ese es el hombre nuevo. Y todo los que estamos participando en esta santa misa, queremos ser hombres nuevos.

Lo que pasa es que la vida muchas veces nos hace olvidarnos de esto o nos distrae, o no sé, se opone a esa decisión, y es el momento de decir, como lo hizo Jesús, que decidió lanzarse a predicar la buena noticia. O Pedro. Decir, «¿Y yo qué hago?» ¿Y yo qué hago? ¿Yo qué hago? ¿Me acuerdo de que soy hijo de Dios? ¿Me acuerdo que estoy llamado a la santidad? ¿Me acuerdo que estoy llamado a hacer el bien y a vivir en el amor y en la caridad? ¿Me acuerdo de estas cosas?

Hermanos, es así. ¿Me acuerdo como Pedro? Pedro tuvo que aprender mucho para poder hablar de esa manera. ¿Yo me acuerdo de leer la Biblia, o de leer otros libros que me eleven el espíritu a Dios, que me reafirmen en la fe, que me ayuden a transmitir a Jesús a otros, que hagan que yo cambie de la vida, que yo la cambie para el bien?

Hermanos, el bautismo es así, porque ahí viene el bautismo cristiano. El bautismo cristiano ya no es un bautismo de que yo quisiera convertirme. Si no es bautismo cristiano es Dios que te pone las manos arriba y te dice, «Tú eres mi hijo, en Cristo Jesús”. Soy hijo de Dios. ¿Tenemos conciencia de que soy hijo de Dios? ¿Tenemos esa conciencia? Lo somos, porque estamos bautizados. Pero, ¿y somos conscientes también?

¿Vivimos eso de sentir, soy un hijo de Dios tengo que dar testimonio, soy un hijo de Dios tengo que apurar la santidad? Sea lo que sea. Maestro de escuela, gobernante, esposo, esposa, lo que sea. ¿Yo tengo conciencia de que yo tengo que aspirar a la santidad, que ser bueno? Y aquí viene la frase genial de Pedro. ¿Conocieron a Jesús? Sí, ustedes supieron de Jesús. Pero ese Jesús que ustedes mataron, ese pasó por la vida haciendo el bien. Nosotros queremos pasar por la vida haciendo el bien como Jesús. Ese es un signo de conversión y es un signo de sentirnos hijos de Dios.

En este momento cuando hablo de esto, yo siempre me digo que bueno que al final de mi vida alguien, por lo menos uno, pueda decir pasó por la vida haciendo el bien. ¿Hemos pensado en eso? Que nuestros hijos digan, digan, él pasó por la vida haciendo el bien. Y con un esposo, con la esposa, él pasó por la vida haciendo el bien, ella pasó por la vida haciendo el bien. Sí, hermanos.

Estas lecturas de esta Navidad nos ayudan a confiar en Dios, que es el Mesías, el Señor, que nos ama y me dio a Jesús. Pero las lecturas de hoy también es un impulso. Ojalá que nosotros comencemos este tiempo que comienza ahora con ese impulso, que a Jesús lo llevó a recibir el bautismo de conversión y empezar a predicar.

Que el Señor nos ayude, nos ayude así. Cada cual, según su vocación, cada cual según su estado. Pero, hermanos, tomemos en serio aquello de decir, «Somos hijos de Dios.» Eso es más grande que el ADN que tenemos dentro nuestro. Porque el ADN es criatura de Dios. Como lo somos nosotros, nuestro ADN. Pero el hijo de Dios, el Señor nos lo da. Toma. Eres mi hijo.

El Señor estoy seguro que también me dice a mí, a ti, a ti, a ti, nos dice, «Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hijo amado.» Y nos anima a decir, «Escúchenlo»,  para que aprendan a vivir como hijos.

Que Dios nos ayude, hermano, a vivir así.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 11 de enero de 2026 Fiesta del Bautismo del Señor

  1. Neidys Gusto en saludarte Pidiendo mucho por mi patria GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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