Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 25 de enero de 2026, III Domingo del Tiempo Ordinario

“Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” Mateo 4, 17

Hermanos,

estamos ya comenzando este tiempo que se llama durante el año. Es decir que es el tiempo de la vida cotidiana, diaria, que no hay ninguna celebración particular y especial desde el punto de religioso.

Por ejemplo, primeramente estuvimos ya durante este Año Litúrgico con el tiempo de Adviento, que es el tiempo que nos prepara al nacimiento de Cristo, la celebración del misterio de la encarnación, Cristo que se hace hombre. Después viene el tiempo de Navidad, que es propiamente esa celebración, que la terminamos el día del bautismo del Señor. Y ese mismo día comenzamos entonces, comenzamos el tiempo durante el año, la vida diaria. Y en este proceso, en ese en esa vida diaria, nosotros vamos a estar fijándonos mucho en Jesús. Es decir, en el comienzo de su vida pública.

En la celebración del bautismo del Señor, Juan sintió aquella voz, «Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escúchenlo, mi amado.» Y Juan bautizó a Jesús sabiendo que Juan era el que tenía que ser bautizado por Jesús. Pero como el Señor quería recibir ese bautismo de conversión como un signo, Él no lo necesitaba, pero como un signo para nosotros, hermanos, tenemos que convertirnos. Hoy las lecturas nos recuerdan esa frase de Juan, pero en boca de Jesús.

Entonces, ahí Jesús regresa de nuevo a su casa en Nazaret. Jesús empieza a hacer su vida diaria en Nazaret. Se entera de que Juan ha sido preso y ha sido muerto. Y ya que Él había comenzado en la sinagoga de Nazaret a decir cosas, a hablar, ya Él sale, Él rompe, ese estar en el hogar, en la casa y Él sale a predicar la Buena Noticia, el Evangelio, que nosotros lo tenemos como luz del mundo porque el Evangelio, que es Cristo, es la buena noticia. “Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Entonces Jesús empieza a predicar y ahí comienza el evangelio de hoy en esa primera salida de Jesús.

Pero antes de esto volvamos a la primera lectura que es del profeta Isaías. Y fijémonos bien que, en las misas, dominicales, sobre todo, siempre se comienza con una primera lectura del Antiguo Testamento. El Salmo siempre se refiere, uno de esos himnos cánticos de alabanza del Antiguo Testamento, a alguna idea transmitida en la lectura que hemos escuchado. Después viene el Evangelio en el cual es la persona de Jesús la que se presenta. Es decir, el Antiguo Testamento prepara, inicia, vamos a llamar así, es decir, va preparando el camino, como Juan decía a la venida de Cristo.

¿Y cómo lo presenta en la primera lectura? Luz del mundo. El domingo pasado se decía así, el mismo profeta Isaías lo decía, yo haré a mi siervo, que es Cristo, en definitiva, fue anunciado en aquel momento como el siervo de Yahvé, yo lo haré luz de las naciones. Entonces, hoy nosotros continuamos con ese tema de que el Mesías es luz de las naciones.

Y dice que la tierra esa de Galilea, que era una tierra que estaba por lo menos los judíos la tenían como un poco pagana, ¿por qué? Porque esa tierra había sido gobernaba por los paganos mucho tiempo, y entonces era una tierra que estaba ahí entre un claro oscuro, por eso que dice, vivía en tinieblas. La luz de la palabra de Dios no reinaba allí.

Jesús se fue a esa tierra también. Por eso aquí nos dice que él deja Nazaret, se va a Cafarnaún, y se va a Galilea a predicar el evangelio cumpliendo todo lo que decía el profeta de Isaías, que esa tierra que antiguamente era Neftalí y Sabulón, esa tierra recibiría la luz. Vivía en tinieblas, recibiría la luz. Y ahí viene el contraste, la tiniebla y la luz.

Las tinieblas no solamente son los apagones que nosotros estamos soportando aquí en Cuba y por mucho tiempo, 20 horas, 18 horas, algunos lugares tal vez menos. Y sabemos lo que significa un apagón, no nos permite ver las cosas. Nos paralizan los apagones. Esos son los apagones físicos.

Pero, hermanos, también existen los apagones interiores, espirituales. Esos apagones en que vemos la vida con oscuridad, que no podemos vislumbrar el final de camino, no tenemos la luz que nos dice más adelante lo que hay. Los apagones espirituales porque no tenemos ni la fuerza para para enfrentarlos y tampoco vemos por dónde enfrentarlos, son los que nos llevan al pecado. El pecado es una falta de luz en nuestras vidas. El pecado es pensar que no contamos con la fuerza de Dios para apartarlo. O que la oscuridad del mundo nos lleva a esa situación. El pecado es oscuridad para el alma y produce eso.

Cuando nosotros volvemos a Cristo por el Sacramento de la reconciliación, por el perdón de nuestros pecados, la luz de Cristo empieza a habitar en nosotros, y nosotros entonces tendremos que hacer lo posible para que esa luz permanezca en nosotros. Hermanos, nunca nos sintamos satisfechos, tan satisfechos que seamos tan soberbios que nosotros desdeñemos o no busquemos la luz que es Cristo. Eso nos lleva a la abulia, a la apatía, nos lleva a no progresar espiritualmente, nos lleva a las tinieblas.

¿Cómo nosotros garantizamos la luz en nuestra vida, la fuerza espiritual para luchar, el conocer el camino, conocer el final, el sentido de las cosas? Cristo es el que nos lo da. Hay que buscarlo, hermanos. No dejemos pasar los días así. Preguntémonos, ¿estamos buscando a Cristo para que se disipen mis dudas, esas oscuridades del alma que tenemos, que por el pecado del hombre muchas veces se manifiestan en esas condiciones de pecado en que muchas veces vivimos, en la sociedad que muchas veces vive en oscuridad material, y también espiritual, que no conoce, no conoce el futuro, no sabe dónde va?

Hermanos, hay que buscar a Cristo. Hay que tener a Cristo como mi Salvador. Aunque estemos muy bien económicamente, físicamente, busquemos a Cristo porque la oscuridad del mundo penetra muchas veces en nuestras vidas. Busquémoslo. No dejemos pasar la oportunidad que el Señor muchas veces nos brinda.

Como les decía, siempre tenemos un libro del Antiguo Testamento, el salmo, que un poco habla de la idea del libro que se leyó del Antiguo Testamento. Por eso, en este salmo, el Mesías era la luz del mundo. En este salmo nosotros hemos rezado, el Señor es mi luz y mi salvación. ¿A quién temeré? Si yo tengo la luz en mi camino, ¿a quién temeré? Cristo me dará la fuerza, me dará la verdad, que eso es lo que justifica el seguir luchando y peleando siempre.

Entonces, el Nuevo Testamento que comienza con el Evangelio, ya nosotros vemos aquí, como dijimos, que Jesús da sus primeros pasos. Ya Él empezó a caminar. Él empezó a predicar la buena noticia, que según los salmos es la palabra de Dios es luz para nuestra vida, y colirio, fíjense qué frase, colirio para nuestros ojos. Claro, nuestros ojos del espíritu es la Palabra de Dios.

Pero aquí nosotros vemos que Jesús comienza. ¿Y cómo comienza Jesús? Llamando. Pedro y Andrés vengan, los voy a hacer pescadores de hombres. Santiago y Juan, vengan, pescadores, seguro que eran amigos, pescaban juntos en el lago. Los encontró dispuestos. De tal manera que dijo dice que Pedro y Juan dejaron las redes. Y a Zebedeo, el padre, lo dejaron en la barca. La llamada del Señor Jesús fue tan impresionante que ellos hicieron eso. Y el padre no protestó, no lo dice el texto. El padre encontró lógico que sus hijos se fueran. O no entendió. Pero los hijos sí entendieron.

Hermanos, así es así como comienza Jesús. Nos da la Buena Noticia que ya nosotros hemos recibido, la hemos vivido en las Navidades, nació el Señor Jesús allí en Belén de la Virgen María. Esa luz ya la tenemos, sin conocerla mucho, pero ahora el Señor necesita de nosotros. Ese es otro mensaje que el Señor nos da. Él necesita de nosotros para llegar a ser luz del mundo. Y empezó a llamar a Pedro y a Andrés, a Santiago y a Juan. Y después en otras circunstancias va llamando a otros discípulos.

Si en la primera lectura descubrimos que Dios es el único que nos puede iluminar en nuestra vida y encontrar el sentido de la misma, en esta es que Dios nos llama a cada uno de nosotros. Y cada uno de ustedes que me están escuchando y me están viendo, saben porque lo recuerdan seguro cómo Dios se les acercó a ustedes. Cómo Jesús empezó a hablarles. Algunos desde pequeño en el seno del hogar, y poco a poco fueron creciendo y aceptando esa esa llamada del Señor. Otros, seguro de los que me están oyendo y participando en esta misa virtual, lo recibieron de mayores. Algunos tal vez lo recibieron y después lo dejaron, pero han regresado.

El Señor siempre espera, ¿buscando qué? Buscando luz para el alma, para la vida. Entonces, pensemos en esta llamada que el Señor nos hace a cada uno de nosotros en la persona de Pedro, de Andrés, de Santiago y Juan. Todos somos llamados igual que ellos. Cada uno para el futuro. El de estos apóstoles fue ser apóstoles de la iglesia, columnas de la iglesia, Pedro, ser el aquel que el Señor le deja responsable de la comunidad, cabeza de la comunidad cristiana.

A cada uno de nosotros de otra manera. Aquí hay hermanas. Dios las llamó a eso, a entregarse como hermanas. Aquí hay madres de familia, Dios les llamó a eso, a ser madres de familias cristianas. Entre todos los que están viendo participando en esta misa virtual, hay hombres, hay mujeres, hay niños. El Señor nos llama a cada uno a una misión con una vocación. Y nosotros tenemos que acordarnos de la primera llamada que el Señor nos hace, de la llamada que el Señor nos ha estado haciendo en la vida indicando nuestro camino, de las caídas que hemos tenido en nuestra vida y de la fuerza que hemos tenido para levantarnos.

Pero nunca olvidemos que el Señor cuenta con nosotros, a pesar de nuestros pecados, para que nosotros iluminemos nuestra vida y al mundo con nuestra fe, y eso es lo que el Señor nos pide.

Ahora bien, la segunda lectura que ya es del Nuevo Testamento, pero no de los evangelios, es la vida de los apóstoles, y vemos a Pablo que le escribe a los Corintios. Una comunidad que tenía muchísimas virtudes, que Pablo le escribe dos cartas, pero también tenía dificultades, las naturales, que tenemos hoy, que tendremos siempre, porque estamos en este mundo que es luz y tinieblas. Entonces, nosotros tenemos a Pablo que le escribe a los Corintios.

Y después que le dice una palabra hermosa que corresponden a esa comunidad de Corintios. Hermanos la comunidad de Corinto también tenía sus dificultades. Y precisamente tenemos que leer estas cartas de Pablo y las otras cartas apostólicas. ¿Por qué? Porque nos dicen que situaciones que se nos presentan en la vida y que no sabemos cómo resolverlas, en el seno de la comunidad cristiana, estas cartas nos ayudan a resolverlas, a tomar ejemplo. Y aquí, ¿a qué se refiere Pablo? Pablo dice, «La cabeza de la iglesia es Cristo y Cristo es el único.» Empezaban las divisiones, porque así está el pecado, esa es la oscuridad, las divisiones, que a veces se disfrazan de luces.

Dice, mi predicación, nosotros cristianos ni por mí, por Pablo, dice él, ni por Pedro, ni por Aquiles, ni por el otro, ni por el otro. Nosotros somos cristianos en Cristo, de Cristo y son cristianos por Él. Y el único Salvador nuestro es Él. Y la manera que el Señor tiene para llevarnos esa luz es la iglesia. Ustedes, la comunidad que tiene permanecer unida, dice, «Digan todos, una misma palabra.» ¿Qué significa eso? Que no podemos tener opiniones de gustos. No. Lo que significa que, en lo referente a Cristo, luz del mundo, a la iglesia, una sola palabra. Porque nosotros no somos de fulano, ni de fulano, ni de zutano, de Cristo nuestro Salvador.

¿Por qué hay tantas divisiones en la iglesia cristiana? ¿Por qué? Que cada día surge a lo mejor alguien, ¿por qué? Porque ya ahí Cristo no está en la cabeza. Está cómo yo veo esa presencia. Desconocemos entonces el Espíritu Santo que actuó en la iglesia. Es así. Y surgen divisiones y saldrán tantos grupos cristianos como alguien que diga que yo soy el iluminado.

Nos llama a la unidad. Y como la palabra de Dios es una sola cosa, vámonos un poco a San Juan. Cuando San Juan dice que el mundo todo va a creer que yo soy el Hijo de Dios, cuando los que creen en mí sean una sola cosa. Hoy estamos en esta semana, se está celebrando la semana de unidad de los cristianos, que culmina el 25, porque el 25 es la conversión de Pablo. ¿Y qué es lo que pedimos en esa semana? En esa semana pedimos por la unidad de todos los cristianos.

Eso es algo que tenemos que orar siempre, siempre, dejar nuestras cosas, aquellas cosas nuevas que hemos añadido o que hemos quitado, sobre todo, hermanos, y por lo menos estar unidos en la caridad, por lo menos que nunca se diga que un cristiano está hablando mal del otro. Podrá haber diferencias, que hay que tratar de resolver, pero hablar mal, descalificarlos. No.

Que el Señor nos ayude, hermano, a hablar con una palabra de fe, que es la palabra de los apóstoles. Que es la palabra de aquellos Santos Padres que siguieron con la iglesia, que es la palabra de todos aquellos santos que han mantenido la fe en el tiempo. Agradezcamos al Señor que es luz del mundo, para que también ilumine a todos los cristianos, para que se disuelvan las tinieblas de la división. Y que volvamos todos al único baño que es Cristo, que tiene a Cristo como cabeza.

Que el Señor nos ayude, hermanos, a vivir así. Eso es lo que el Señor nos pide y eso es lo que el Señor nos está diciendo en este comienzo de su predicación apostólica. Amén.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 25 de enero de 2026, III Domingo del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Gusto en saludarte de nuevo. El miercoles me hacen una prueba, para ver si el cancer regreso. GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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