Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 8 de febrero de 2026, V Domingo del Tiempo Ordinario

«Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor?” Mateo 5, 13

Hermanos,

Vamos a entrar en este texto del Evangelio y situarnos. Jesús empezaba a predicar. Había escogido a los apóstoles, les había dicho que le siguieran, empezó a hacer milagros, a enseñar, a llamar la atención.

No porque él lo proclamaba, sino porque él predicaba en la sinagoga, la gente se reunía alrededor de él. Y así, él hacía milagros no para aquello de crear un ambiente. En primer lugar porque hacía falta, una necesidad, es la su voluntad, que es Dios. Como decía San Juan, los milagros eran signos y él empezaba a dar signos, ¿de qué? De que él es el Hijo de Dios y él tenía el poder. Entonces, los milagros no eran para llamar la atención, eran para que la gente supiera, son signos. Ese hace milagro, ¿quién lo puede hacer? Había gente que decía, «hace milagros por poder del demonio». Y entonces él decía aquello que seguro que lo vamos a meditar más adelante en otro domingo. Él decía, «Un reino no puede estar dividido. Yo tengo el poder del milagro, la palabra de Dios».

Entonces, nos situamos en ese Jesús que empezaba a predicar. Ha empezado a predicar. Y uno de los temas que hemos venido siguiendo a través de este tiempo, y ahora al principio de la predicación del Señor en estas primeras semanas del tiempo ordinario, es que la palabra luz se ha repetido continuamente en los evangelios. Seguro que nos recordamos de los evangelios anteriores. Una gran luz vendrá sobre este pueblo. Aquel pueblo Zabulón y Neftalí que vivía en oscuridad y en sombras de muerte, una gran luz le llegó. Sigan al Señor y verán su luz. Él es la luz que nos guía. De ahí sigue entonces que la fe es la que guía nuestros pasos, es la luz que ilumina nuestro camino.

Pero ahora esa luz de Cristo, aquí se presenta como esa luz que ha venido a nosotros para borrar las tinieblas y las sombras de muerte. Esa luz que nos ha llegado y que nosotros hemos recibido, ahora nosotros somos los que tenemos la responsabilidad de llevar la luz a los demás. Aquello que han recibido de gratis, denlo gratis. Tienes la gracia de conocer a Cristo, luz del mundo, que le da sentido a la vida, a toda nuestra existencia, explicando los momentos duros, difíciles y también qué hacer con aquellos que nos atormentan tanto, y también darle gracias a Dios por lo bueno.

¿Es Cristo la luz del mundo? ¿Qué hacemos con ella? ¿Qué hacemos? ¿Nos la guardamos? Si nos la guardamos eso es lo que Jesús nos dice en el Evangelio. “No enciende una vela para ponerla debajo de un trasto para que no se vea la luz”. La sal la tenemos para que dé sabor a la comida, sino para qué sirve la sal. Entonces, la lectura de hoy es una llamada a devolver lo que nosotros hemos recibido.

Si en los domingos anteriores se nos decía que Jesús, Cristo es la luz del mundo, en este claramente nos dicen, «Ustedes son la luz del mundo”. Ustedes son los que pueden llevar luz en medio de las tinieblas. Ustedes son los que tienen que darle sabor a la vida, pero no ese sabor, como antiguamente los fabricantes de cigarro, no. No el sabor de la propaganda por un plato determinado, no. Es sabor de vida de la vida que no se acaba, de la vida que es Cristo, y que esta vida que nosotros tenemos se prolonga y explota así en una gran explosión de amor junto a Dios que es amor. Esa es la luz que nosotros tenemos que dar.

Esa es la luz que tenemos que llevar a nuestro pueblo hoy que tan necesitados estamos. Nuestro pueblo de manera particular y especial, pero creo que todos los hombres necesitamos la luz de Cristo. Y ahí nosotros tenemos que llevar esa luz. Pablo, aquel convertido, aquel que perseguía cristianos, él recibió la luz. Y que Pablo no se podía quedar callado, ese era su temperamento. Y Pablo dedicó su vida a llevar la luz de Cristo a todos los lugares. Y aquí le habla a los Corintios en la primera carta que les hace. Los Corintios eran una comunidad fuerte, muy diversa, era un puerto, una comunidad muy diversa. Y desde el principio, comenzando primero por la sinagoga donde estaban los judíos que conocían el Antiguo Testamento, él empezó, pero después mucha gente se le fue acercando, querían conocer a Cristo.

Entonces, él quería distinguir las cosas como eran. Porque hay veces que uno dice, «Somos la luz del mundo”. Entonces, pareciera como que nosotros fuéramos una gran estrella de fútbol o de la canción, de esas que hacen mucho ruido. Esa es la manera de hacer las cosas en este mundo, además, es para la propaganda, todo lo de la luz. Ellos irradian esa música, esa bulla, esas luces. Bien, pero hay que hacer la diferencia entre la luz del mundo y la luz de Cristo.

Puede que esos espectáculos disipen las tinieblas del corazón. Esa es la luz del mundo que muchas veces, en el oropel, le da sentido a la vida. No, hermanos, la luz que se refiere a Cristo, es la luz del corazón que ilumina a cada persona, y aquí se nos dice que debemos ser luz del mundo y también se nos dice qué tenemos que hacer.

En la primera lectura de Isaías ¿Qué nos dice Isaías? “Compartirás tu pan con el hambriento. Los pobres sin techo entrarán en tu casa. Vestirás al que está desnudo. No volverás la espalda a tu hermano”. Y aquí viene. “Entonces, tu luz surgirá como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente”. Así es como nosotros damos luz. Así es. Tu recto obrar marchará delante de ti. Y la gloria del Señor te seguirá por detrás.

Si apartas el resto, el gesto amenazante y las palabras perversas, si das al hambriento lo que deseas para ti, haz a los demás, lo que tú quieres que te hagan a ti. Fíjense como el evangelio tiene una unidad tremenda. Si sacias al hombre oprimido tratando de que haya justicia. Dice, «Así brillará tu luz en las tinieblas”. Así es como nosotros podemos hacer que la luz brille en nuestro pueblo, en nuestra familia, en nuestra casa, entre los hermanos, en el mundo, no de otra manera. No por los acuerdos que se logran o no, eso ayuda. Pero la luz verdadera es esta del corazón, que te hace cambiar tu vida e iluminará a los demás.

No con grandes titulares, no; haciendo lo poco, que ya lo poco se encargará de resaltar y hacer presente tus buenas obras. Dice, «brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía”. El hombre de fe tiene la fuerza de Dios y la luz de Dios para entender la vida, y saber cómo emplearla y cómo hacer que Cristo sea presente en el mundo. Entonces, aquí viene Pablo, después de Isaías 700 años antes de Cristo, el Antiguo Testamento.

Y aquí viene Pablo, como yo les dije al principio, tremendo hombre. Y él entonces viene diciendo, ¿cómo que la luz del mundo se va a hacer presente? Y viene aquí para no confundirnos con la luz del mundo y la luz de Cristo. Y la luz nuestra, la que nosotros tratamos de dar. Dice, «Yo mismo, hermanos, al venir a ustedes, no llegué con palabras y discursos elevados para anunciar el mensaje de Dios, no con la elocuencia, no con la parafernalia, no. Me propuse no saber otra cosa entre ustedes, sino a Cristo Jesús, y a este crucificado. ¿Predicar qué cosa? A Cristo. A Cristo que es luz del mundo. Y crucificado.

Porque hay veces que la luz del mundo se confunde con el éxito. Y el que tiene éxito es el que tiene mucha luz, irradia luz. La luz de Cristo es la luz que se empequeñece y que a lo mejor los demás la desprecian, como depreciaron a Cristo en la cruz. Dice, «Pero yo vine a predicarle a él. Vine a predicarle él, y a él, el Salvador del mundo, muerto y resucitado”. Cristo en la cruz.

Hay un pasaje precioso que cuando Pablo se enfrenta a una comunidad pagana y entonces dice, “algunos prefieren a Dios, cuando le hablan de Dios, prefieren, dice los griegos, la sabiduría, un atributo de Dios. Los judíos, milagros, otro atributo de Dios. Pero yo les vengo a predicar, y aquí lo dice igual, a Cristo muerto y resucitado. Esa vanagloria del mundo pasa. ¿Qué es lo que queda? Un Dios que nos ama, que nos quiere y se entrega por nosotros. Y así es luz. Y así ha iluminado las tinieblas. Eso es lo que el Señor también quiere de nosotros.

“Me presenté débil, inquieto y con mucho temor. De manera que no tenía lenguaje ni para expresarme. Pero en mí así, se manifestó el Espíritu con su poder para que todos creyeran”. Así es hermanos. Eso es lo que el Señor quiere de nosotros. Vivir haciendo el bien, practicando la justicia, dando esperanza, tanta falta que hace la esperanza. Creando un ambiente cálido con el respeto a cada persona. Ahí la luz de Cristo se va haciendo presente y eso es lo que Dios quiere.  Vayámonos a nuestra a nuestra casa, están ustedes en su casa viendo la televisión y participando en esta misa virtual. Así, sabiendo, hermanos, que lo poco que hagan, eso ayuda a disipar tinieblas.

Les voy a poner un ejemplo de un amigo. Creo que ya lo he dicho otras veces, pero vale la pena, porque pega muy bien. Un día estaba en un país extranjero, fuera de Cuba, y salimos, tuvimos que preguntar una dirección, y nos confundimos, entramos en una tienda grande. Y en esa tienda grande una señora nos atendió muy bien. Ahí nos dio todas las indicaciones. Creo que fue en California en una invitación que me hicieron para celebrar 50 años de matrimonio de varios amigos. Y cuando salíamos para ir al lugar donde esta señora nos indicaba, este amigo rompió la barrera del temor, de la pena y se acercó a esta mujer y le dio un abrazo.

Fíjense. Y le dijo, «Te doy este abrazo porque la verdad tú has sido con nosotros así”. ¿Y ustedes saben lo que la señora dijo? Dijo, «señor, Usted no sabe lo que ha representado ese abrazo para mí. Eso era lo que yo necesitaba hoy ahora. Y Dios me lo dio a través de usted. Yo quería sentir el afecto de una persona porque me sentía mal y vacía. Y usted ha colmado eso”. ¿Se llevó la luz del mundo a esa persona? Sí. Se le iluminó la vida, sí. ¿Le resolvió sus problemas económicos? No, pero a lo mejor le dio fuerza. ¿Fue algo que salió en las noticias? No. ¿Fue un bien que se hizo? Sí. Ahí él fue, sal de la tierra y luz del mundo.

Así nosotros, en las cosas pequeñas, es cuando nosotros podemos llevar más luz a los demás. Lo otro forma parte de la organización de la sociedad, de la vida, pero tenemos que llevar a las personas la luz.

Que el Señor nos ayude a vivir así, hermanos, llevando siempre luz a los demás, eso es lo que el Señor quiere. Si la recibimos, démosla y no tengamos la pena en hacer el bien.

Que Dios nos ayude a vivir así.

Un comentario sobre “Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 8 de febrero de 2026, V Domingo del Tiempo Ordinario

  1. Neidys Gusto en saludarte de nuevo Estoy al día con lo que sucede en mi patria Esto es mas de lo que estábamos esperando. GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..


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