«Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno” Mateo 5, 37
Hermanos,
En muchas ocasiones estoy consciente de que yo les he dicho, y eso me lo tengo que aplicar yo también, que nosotros tenemos que darnos tiempo para meditar la palabra de Dios. La palabra de Dios no es solamente aquello que uno escucha cuando va a misa el domingo. Efectivamente ese es un momento privilegiado. Es la palabra de Dios que se proclama a la comunidad cristiana y que se presenta con mucha solemnidad como para decirnos, esta es la palabra de Dios, escúchenla, póngala en práctica.
Pero nosotros tenemos que ser asiduos a la lectura de la palabra de Dios. Tal vez somos asiduos con muchas cosas, a ver novelas en la televisión. Ahora, en estos tiempos que todos los días hay una noticia diferente que llama la atención, y después la prensa ese mismo día la está comentando, y entonces todos estamos pendientes al noticiero, ¿qué dice? ¿Qué dijo fulano de tal? ¿Qué dijo?
Entonces, ¿y qué tiempo le dedicamos al día a escuchar la palabra de Dios? Que es de Dios, no es de ningún hombre que nos puede engañar o que puede decir cosas, lo que se le ocurra, puede decir verdad, puede decir mentira, ¿quién está exento de eso? Puede decir lo que le conviene y ocultar lo que no le conviene. No, si nosotros queremos ser buenos cristianos, caminar según Dios que nos ha dado la vida y que sabemos que es luz del mundo, pues tenemos que tratar todos los días de leer un pedacito de la palabra de Dios.
Aquí en Cuba nosotros hemos tratado y lo hemos logrado, de conseguir un libro que le llamamos El Evangelio del Día, que eso ustedes lo pueden adquirir los que están fuera de Cuba en cualquier librería católica, que viene el Evangelio diario que se lee en la misa de ese día. Aquí en Cuba nosotros hacemos un esfuerzo de conseguir ayuda, de conseguir presupuesto y empresas editoriales que nos ayudan. Y la verdad que repartimos entre nuestras comunidades miles de estos libros. Y la gente lo busca, para que busquemos el evangelio del día y por lo menos lo leamos, lo mantengamos en cuenta durante ese día, para que ilumine nuestra vida, por lo menos durante ese día.
Entonces, hermanos, tenemos que hacer ese esfuerzo. Ahora tenemos muchas más facilidades porque está el internet y en el internet uno mete ahí enseguida la palabrita Evangelio del día y te sale. Si lo quieres para leerlo el texto lo tienes, si lo quieres para escucharlo lo escuchas mientras haces otra ocupación. Es decir, no podemos decir, «Ay, yo no tengo tiempo.» No. Si voy en el auto lo pongo y estoy oyendo el evangelio en el auto. Si estoy cocinando, lo pongo y mientras cocino oigo el evangelio. Pero, hermanos, acostumbrémonos a darle valor y peso al Evangelio porque es la fuente de vida, es la palabra de Dios.
Precisamente en los domingos anteriores, yo lo he hecho hincapié en eso, creo que en todas las iglesias también, se ha presentado Cristo como luz del mundo. Isaías lo dice, claro, la luz llegará a todas las naciones y esa luz es Cristo. Pero en el evangelio del domingo pasado, se decía que nosotros somos los que tenemos que ser portadores de esa luz. Cristo vino para iluminarnos, nos entregó el ejemplo de su vida, nos entregó su palabra, nos entregó los sacramentos, la comunidad cristiana, la iglesia, pero ¿para qué? ¿Para que lo tengamos como una pieza de museo? ¿Algo que yo creo pero que nada más?, no.
El Señor hizo todo eso para decirnos, «Aprendan, conozcan la palabra de Dios porque ustedes tienen que ser la luz del mundo.» En el domingo pasado, vamos a ver si lo encontramos aquí, porque vale la pena recordarlo. Dice así Isaías, empieza así. “Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán en tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Entonces tu luz surgirá como la aurora y tus heridas serán sanadas rápidamente. Si sacias al hombre oprimido, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía”.
Aquella luz que es Cristo, luz de las naciones, aquí se nos dice cómo nosotros tenemos que ser luz de Cristo en el mundo, que esa es nuestra misión. Al recibir el bautismo, recibir el sacramento que nos hace hijos de Dios, que es la luz del mundo. Por lo tanto, nosotros tenemos que transmitir esa luz. Entonces, quedémonos con esto. Soy llamado por Dios para ser luz del mundo. ¿Cómo soy luz del mundo? Cumpliendo los mandamientos de Dios. El primero, amarás a tu Dios por sobre todas las cosas y a los demás trátalo como a ti mismo. Esa es, ahí está la ley entera. Ahí está la ley entera.
Por eso, en el texto de este de este domingo, nosotros vemos que se refiere a nuestra responsabilidad ante la ley. “Si tú quieres, puedes observar los mandamientos y está en tus manos permanecer fiel”. Ante el hombre está la vida y la muerte. Lo que prefiere cada cual le será dado. Esa es la responsabilidad. Nosotros somos hombres libres, creados por Dios libres. Y en el fondo eso se reduce a ¿yo soy libre para hacer el bien o para hacer mis caprichos? Yo soy libre para hacer el bien. Pero tengo la libertad de escogerlo o no escogerlo.
El Señor me llama a la libertad para que siempre haga el bien, porque el mal hace daño, o a mí mismo, o a mi familia, o a los demás. Fijémonos cada uno de nosotros como los pecados que están entre los diez mandamientos que están puestos como de una forma negativa la mayoría, no robes, no mates, no desees los bienes ajenos, etcétera, no maldigas. Es decir, que están puestos así para que nosotros nos guiemos y los busquemos. Y dice así que si nosotros queremos ser luz del mundo y queremos vivir según Dios quiere, que sea haciendo el bien, tenemos que cumplir los mandatos del Señor. Tenemos que cumplir los mandatos del Señor. Él nos da la libertad. Pero nosotros tenemos que acoger el bien.
Esa es la libertad. No hacer mis caprichos, sino hacer el bien. Hermanos, no hay discusión ni duda posible. Si yo cumplo los mandamientos de la ley de Dios, estoy en el camino del bien. Por eso en el salmo hemos rezado “dichosos aquellos que quieren vivir haciendo la voluntad de Dios”. El Señor quiere que cada uno de nosotros, de los que me están viendo en la televisión, los que están aquí, cada uno de nosotros viva así, que sean dichosos, es lo que Él quiere y nos ofrece el camino a la voluntad de Dios.
Lo rezamos en el Padre nuestro, me gusta repetir esto, porque hay veces que repetimos, que rezamos el Padre nuestro como una repetición, no lo que estamos diciendo, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Es decir, que yo viva según tu voluntad. Aquí viene, entonces, aquella frase, «Yo no he venido a sustituir la ley. Al contrario. Yo he venido para que la ley de Dios se cumpla”. Dice que hasta el puntico de la I. Lo que es todo. He venido a darle plenitud a la ley.
Si los mandamientos allá en el desierto decían, no robes, no mates, obedece, esto, lo ¿Cuál es los mandamientos? ¿Cuál es el primer mandamiento? Y el único que el Señor Jesús responde. Él no repite los diez mandamientos. Él solo les menciona, se trata de los 10 mandamientos en aquella aquel encuentro de Jesús con aquel joven rico, bueno, era un muchacho bueno que quería hacer la voluntad de Dios. Y le dice, «¿Qué tú haces?» Dice, «Yo cumplo.» ¿Por qué? Porque yo cumplo la ley de Dios, no robo, no mato. Vaya, hago el bien. El Señor se quedó admirado, tú cumples la ley. Pero le dijo, «Pero te pido un poco más, ¿tú quieres dar un poco más? Entrega a todo, entrégate al Señor”. Y eso el Señor nos los pide a todos. A uno de una manera, a otro de otra.
Pero el Señor redondeó todo eso y dijo, «Ama al prójimo como a ti mismo.» Ama a Dios y ama al prójimo. Le dio plenitud a la ley. Todas esas normas no robes, no mates, todo eso se puede unificar en aquello, haz el bien, no hagas el mal, trata a tu hermano como tú quieres que a ti te traten. Si hiciéramos eso, si yo, ustedes, siempre hiciéramos eso, si los gobernantes de la tierra hicieran eso, ¿se imaginan? Todos, los que tienen autoridades eclesiales, civiles, políticas, económicas, si tratáramos a los demás como nosotros quisiéramos nos traten a nosotros ¿Qué pasaría? Sería la felicidad en la tierra, solamente habría aquellos males naturales propios de lo caduco que nuestra existencia, pero estaría el bien ahí flotando, flotando.
Hermano, el Señor nos pide eso. El Señor es la luz del mundo, fíjense como el evangelio se sigue uno con otro. El Señor es la luz del mundo. Nosotros somos la luz del mundo y para ser luz del mundo tengo que hacer el bien. ¿Y cómo yo sé que hago el bien? Conociendo la palabra de Dios y viviendo según la palabra de Dios. Entonces, busquemos la palabra de Dios. Tengamos la voluntad, pidámosle al Señor porque es una gracia, la voluntad de hacer siempre según su palabra, hacerlo, hacer siempre el bien.
Y entonces seremos dichosos, lo dice el texto. Alcanzaremos la misericordia de Dios y haremos felices a muchas personas. El mal nunca hace feliz a nadie. El bien siempre hace feliz a alguien. Y esos son axiomas, son así verdades que no se pueden refutar. El mal nunca hace bien. El bien siempre hace bien.
Que Dios nos ayude, hermano, a vivir así.

Neidys Gusto en saludarte Se, muy bien la situación de nuestra patria y el pueblo sufriente. Nuestras oraciones siempre esta Cuba. Espero se pueda solucionar lo antes posible. GRACIAS!!! AMDG Saludos René M Smith HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. Está citada por el papa Francisco en «Gaudete et Exsultate», 169, nota 124 “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49)..
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