«Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor. El que cree en mí no morirá para siempre» Juan 11, 25-26
Hermanos,
Ya hemos avanzado en la Cuaresma. Estamos en el inicio de la quinta semana de Cuaresma, y seguimos este itinerario espiritual que hemos llevado desde el miércoles de Ceniza, seguimos acompañando a Jesús. Y lo estamos acompañando con el evangelio. Es decir, estando junto a Él, junto a sus discípulos, hay veces que en la Biblia dice, «Estaban los apóstoles y los discípulos”, nosotros somos los discípulos. Estábamos allí y lo vamos a acompañar.
Ya en ese paso, sabíamos que Jesús había sido tentado. Ya sabíamos que se había manifestado a Pedro, Santiago y Juan manifestando su gloria, porque Él comenzaba a hablar de que Él se iba, que al entrar en Jerusalén iba a ser sacrificado. Y empezamos a ver aquellas señales, pero vamos a ver cómo termina cada una de esos eventos, de esos episodios de la vida de Jesús de sus últimos tiempos.
El primero fue la samaritana, que ya todos sabemos la historia, pero vamos a quedarnos con el final. Señor, dice ella, «Verdaderamente tú eres un profeta. Dame del agua viva tuya.» Es decir, una reafirmación de la fe con la seguridad aquella, Jesús prometió un agua que nunca se acabaría. “Dame de esa agua”. Y cuando ve a Jesús dice, «Dame, yo creo que tú eres el Mesías. Yo creo”.
Seguimos caminando con Jesús, el buen samaritano. Seguimos caminando con Jesús y se encuentra con el ciego de nacimiento. Jesús es el mismo el que se brinda, llama al ciego, los ojos se los embarra con barro, vete a lavar a la piscina de Siloé y el ciego ve, solamente sabiendo que el hombre que le había hecho eso, que se llamaba Jesús. No sabía quién era. ¿Quién te lo hizo? Ese que llama Jesús. ¿Pero cómo termina? “Señor, yo creo que tú eres el hijo de Dios y tú eres el Mesías”. Fíjense bien, reafirmación.
Jesús sigue y llega allí a donde vivían Marta, María, y Lázaro. Y se entera de la muerte de Lázaro. Amigo de él, como amigo de toda la familia, de Marta y de María. María muy arriesgada, ella siempre dispuesta a moverse, a salir al encuentro, sale al encuentro, le habla y le dice, «Ay, Señor, si tú hubieras estado aquí, esto no hubiera pasado, mi hermano no hubiera muerto.» Fíjense bien que hay una fe grande. Ella tiene una fe grande. “Sí, Señor, sí, yo creo, yo creo que tú eres”. Pero así sigue, esa es Marta, porque Marta es impulsiva. Es así.
Después viene María, que María es más calmada. Y María lo que hace es llorar, imagínense, eso conmueve mucho a Jesús también. Y entonces al ver aquello Jesús decide devolverle la vida a Lázaro. Ya él había dicho que esa muerte iba a resultar en una reafirmación del poder de Dios, de un bien. Porque como les repito muchas veces, solamente Dios es capaz de sacar bien en el mal. El único que capaz de destruir la muerte y dar la vida. Entonces este es el milagro más grande de Jesús, el más grande. La resurrección de Lázaro.
Cuatro días muerto. Eso se dice así para recalcar, cuatro días muerto. Ya apesta. Y Jesús dice, «No se preocupen.» Y Marta la que había dicho, «Sí, yo creo que tú puedes.» Duda. “Sí, sí, yo sé que él va a resucitar en el último día”. Y dice, «Ay, Marta. Aquí está el que tiene el poder sobre la muerte, sobre la vida, el que ha vencido la muerte. Lázaro, sal fuera”. Y así acaba la historia de Lázaro.
Después hay otros episodios que no están narrados, no los hemos leído en que hay algunos que dice dicen, «Ay, pero este hombre tiene gran poder.» Pero otros llenos de furia interior, de rencor interior, de envidia, esa misma muerte de Lázaro fue como el detonante, para que se preparara entonces la detención de Jesús y toda su pasión hasta su muerte. Pero la muerte no queda ahí. El que había resucitado a Lázaro dándole una vida, que después volvería a morir Lázaro. Ese Jesús, resucita para siempre. ¿Creemos en esto?, el Señor nos preguntará. ¿Creen en esto? Nuestra respuesta tiene que ser de corazón. Sí, Señor, yo creo que tú eres el Señor de la vida y tú has vencido a la muerte.
Hermanos, nosotros no hemos venido como juguetes de Dios. Hay algunos que ni piensan en Dios, que nosotros somos productos de la naturaleza como cualquier otra forma de vida de la creación que estamos viendo de este hermoso paisaje de El Cobre. Como los árboles, como los animalitos, las cosas, el fruto de la tierra, del cultivo. ¿Por qué? Porque somos productos de la naturaleza.
Y hay otros que creen en Dios. Sí, tiene que haber algo, es más lógico creer que existe un Dios que hizo todas las cosas, que creer que todo esto salió así porque salió. Nosotros nunca aceptamos nada en nuestra vida de algo sin saber ¿Por qué fue pasó? Ah, porque pasó. No, ha habido un apagón grande ahora. Grande. ¿Por qué pasó? Por algo. Por algo pasó. Y así, eso es nuestra vida. ¿Por qué, hermanos? Porque nosotros hemos sido creados por Dios por amor y nosotros hemos sido creados para la vida eterna.
Esa es la diferencia. Nosotros hemos venido al mundo en esta carne mortal, pero para llegar a vivir la vida eterna junto a Dios. ¿Creemos que el Señor nos llama a vivir la vida eterna, y que nuestra vida con las alegrías, los sufrimientos, tiene sentido porque el Señor ha vencido la muerte, y al final el Señor quiere que volvamos a él en la vida eterna, porque para eso nos hizo? Es así ¿Tú crees? Sí, yo creo, Señor, que tú eres el autor de la vida y que tú me das la vida eterna. Esa tiene que ser nuestra respuesta siempre.
La primera lectura de Ezequiel, es aquel drama del pueblo de Israel que se había tenido que ir, gran cantidad de personas, la diáspora. Habían tenido que salir, los habían obligado a irse. Le hacían la vida imposible allí. Entonces se habían ido y ese pueblo clamaba, clamaba con volver a Jerusalén y volver al pueblo. Y este profeta es un hombre de esperanza, y él utiliza la muerte como un símbolo. Ellos habían muerto en tierras extranjeras. No habían podido regresar a Jerusalén, donde estaba el templo, donde estaba el Señor.
¿Y qué es lo que dice el profeta? Dice unas palabras bellísimas. Dice, «Yo les voy a sacar de sus sepulcros. Y yo les daré vida para que vayan a Jerusalén”. Fíjense bien qué fuerte es eso. “Yo les voy a sacar de sus sepulcros y vayan a Jerusalén”. Ellos esperaban eso como lo más grande que podían recibir. No conocían precisamente esto que acabamos de compartir, de que hemos somos criaturas de Dios para la vida eterna. Eso es lo que el profeta les dice a aquellos judíos que estaban lejos de la patria, “yo les sacaré de su sepulcro y los llevaré a Jerusalén”. El Señor nos dice a cada uno de nosotros, «Yo les voy a sacar de sus sepulcros, les voy a sacar de la muerte, les daré la vida, pero no la vida que termina en el tiempo, sino la vida eterna. Ustedes van a volver a la casa de Dios, que es estar junto a él, vivir junto a él”.
Los judíos en el tiempo de Ezequiel querían llegar a Jerusalén que era la casa de los judíos, estaba el templo. El Señor Jesús nos llama a todos nosotros, “ustedes, los justos los que han creído que yo soy el Señor, aquellos que han hecho el bien, ustedes volverán a la casa de donde han salido”. ¿Cuál es la casa? La vida eterna junto a Dios. Estaremos junto a él. Eso es lo que el Señor nos dice. Confianza, hermanos, confianza. Tengan puestos los ojos en lo que es clave y fundamental.
Hay otra notica que quisiera también recalcar esa manera de Marta de decir las cosas, “sí, Señor, tú puedes”. Yo creo, hermano, que es un momento que nosotros también tenemos que confiar mucho en Dios, porque hay cosas que el pecado se ha metido en el medio y no podemos. Y entonces nos quedamos así. Hay que pedirle a Dios. “Señor, tú puedes ayudar a este pueblo. Tú puedes. Ayúdalo”.
Ayúdanos con la sabiduría, para que todos sepamos el bien que tenemos que hacer, para que sobre todo aquellos que tienen el destino del pueblo cubano en sus manos, se llenen de la sabiduría de Dios para hacer y buscar siempre el bien. Y para que estén dispuestos a cambiar lo que haya que cambiar, porque el bien del pueblo va por encima de cualquier otra cosa y consideración.
“Sí, Señor, tú puedes. Mete la mano, Señor. Ayúdanos. Y como el pueblo de Israel, también nosotros confiamos, Señor. Confiamos. Lo necesitamos, lo queremos y lo esperamos. Tú sí puedes devolver la vida, puedes devolver la esperanza. Que este pueblo tenga mucha esperanza, Padre, Señor Jesús”. Amén.
