En el evangelio de hoy se habla de un tal Lázaro. Lázaro es nombre de persona enferma, necesitada. Lázaro es un nombre que significa “Dios ayuda”. Recuerden que el mendigo que pasaba hambre junto a la mesa del rico también se llamaba Lázaro. Pienso que quizás todos tenemos algo de Lázaro, algo de enfermedad, algo que sanar.
- Hay enfermedades del corazón: son las más frecuentes y dolorosas: es la enfermedad del que no ama o no es amado; la del que sufre de soledad e incomprensión; la del que no es aceptado ni estimado; la del que todavía no ha podido perdonar a quien lo ofendió.
- Hay enfermedades del alma: cuando nos volvemos duros e insensibles; cuando hemos perdido compasión; cuando no somos misericordiosos, cuando el alma se nos llena de callos.
- Hay enfermedades del cuerpo: cuando nuestras pasiones se desbordan, y la ira, la lujuria, la gula, dominan en nosotros; cuando dejamos de ser personas y nos ponemos al triste nivel de los animales.
Afortunadamente para Lázaro, él tenía un amigo. ¡Y qué amigo! ¡Jesús mismo! Ésta es la gran noticia que hoy se proclama: Quien tiene un amigo ya está salvado. Alguien lo dijo bellamente: Amar a una persona es decirle “tú no morirás porque yo te llevaré siempre en mi pensamiento y en mi corazón. Tú no morirás porque siempre estarás conmigo”. El Jesús en quien creemos es el Dios amigo, el que acaricia a los niños, el que comparte una comida, el que abre su corazón, el que llora una muerte, el que entrega su vida.
Dejemos que Jesús nos diga hoy: “Yo soy la resurrección y la vida”. Dejemos que él abra nuestros sepulcros.
Dios mismo lo había anunciado: “Yo mismo abriré los sepulcros de ustedes”. Dejemos que Jesús nos grite lo mismo que él dijo a Lázaro: “Sal fuera de tu sepulcro”. Salgamos del sepulcro de la tibieza, de la rutina, de los caminos hechos, de la desesperanza. Salgamos del sepulcro de los egoísmos, de la vida materializada. Salgamos del sepulcro de la tristeza, de la soledad, del miedo, del sufrimiento. Y aceptemos a Jesús como el único que tiene palabras de vida eterna. Que Jesús sea el centro de nuestras vidas.
Escuchando este evangelio podríamos pensar, como Marta, que Jesús podría haber evitado la muerte de su amigo Lázaro. Lo real es que quiso hacer suyo nuestro dolor por la muerte de nuestros seres queridos y, sobre todo, quiso mostrar el dominio de Dios sobre la muerte. En este pasaje del Evangelio vemos que la fe del hombre y el amor de Dios se buscan y, finalmente, se encuentran. Y la respuesta de Dios no es un discurso, no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús que dice: “Yo soy la resurrección y la vida… ¡Tengan fe! En medio del llanto sigan teniendo fe, aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quiten la piedra de su corazón! Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte.
También hoy nos repite Jesús a nosotros: “Quiten la piedra”. Dios no nos ha creado para la tumba, nos ha creado para la vida, bella, buena, alegre. Pero como dice el libro bíblico de la Sabiduría (2, 24) “por envidia del diablo entró la muerte en el mundo” y Jesucristo ha venido a librarnos de los lazos de la muerte.
Por lo tanto, estamos llamados a quitar las piedras de todo lo que sabe a muerte: por ejemplo, la hipocresía con la que vivimos la fe es la muerte; la crítica destructiva hacia los demás es la muerte; la ofensa, la calumnia, son la muerte; la marginación de los pobres es la muerte. Y hoy el Señor nos pide que quitemos estas piedras de nuestros corazones, y la vida volverá a florecer a nuestro alrededor. Cristo vive, y quien lo acoge y se adhiere a Él entra en contacto con la vida. Sin Cristo, o fuera de Cristo, no sólo no hay vida, sino que se recae en la muerte.
La resurrección de Lázaro es también un signo de la nueva vida que tiene lugar en el creyente a través del Bautismo. Gracias a la acción y al poder del Espíritu Santo, el cristiano es una persona que camina en la vida como una nueva criatura.
