«Mira, tu Rey viene a ti, humilde, montado en un burro, en un burrito, cría de una bestia de carga» Mateo 21, 5
Hemos escuchado el relato del Evangelio, muy simple, muy narrativo. Jesús se había preparado y estaba preparando a sus discípulos y le tocaba entrar en Jerusalén. El pueblo que había oído los milagros que había hecho, pues muchos salieron a recibirle.
Recordemos un poquito los últimos evangelios, recordemos que la celebración de la Semana Santa que culmina con la Pasión de Cristo, termina triunfante con su resurrección. Eso fue preparado. Y recordando los evangelios de las semanas pasadas, el primero fue el de la samaritana. Recordemos que ella entendió que era el Señor, porque le reveló cosas muy íntimas de ella, muy personales. Y ella se da cuenta que aquel, que era capaz de leer los corazones, ese tenía un don de Dios. Y por eso ella dice, «Sí, yo creo, yo creo que tú eres el Mesías.» Fíjense bien que siempre es esa reafirmación de la fe de la persona. Jesús los milagros los hace precisamente como signos de su soberanía, y además de que Él siempre proporciona el bien. A ella le hizo cambiar de vida.
Después seguimos Y tenemos el evangelio del ciego de nacimiento. Aquel hombre que no veía y que al final sabía que un tal Jesús le había devuelto la vista, había un hecho un poco de barro y se lo había untado en los ojos y le dijo, «Ve y lávate en la piscina de Siloé, la fuente de Siloé”. Y él decía, «Ese Jesús fue”. Cuando Jesús le pregunta, ¿tú crees en el Mesías, en el hijo de Dios?, y le dice «¿quién es?» Y cuando Jesús le dice, «Yo soy”. ¿Cuál fue la respuesta de aquel hombre? Yo creo. Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.
Pero Jesús sigue. La samaritana fue en Samaria. Después este hombre en la piscina de Siloé, pero sigue su camino y en ese camino llega a Betsaida. Cuando se enteran de que Jesús estaba cerca, le avisan de que había muerto su amigo Lázaro, el hermano de Marta y María, y Jesús va a consolarlas y también a manifestar su gloria y su poder. Entonces viene aquel pasaje cuando Marta enseguida se le acerca, «Ay, Maestro, si tú hubieras estado aquí, esto no hubiera pasado”. Jesús le dice, «Pero, ¿tú no crees la resurrección, tú no crees?”. Ella dice, «Sí, yo creo en la resurrección final, pero yo creo que tú tienes el poder que hubiera salvado a mi hermano”. Pero bueno, llegó el momento en que Jesús dice, «Vamos, ¿dónde está tu hermano?», «Maestro, lleva 4 días muerto y ya tiene mal olor”.
Y Jesús le recuerda, «¿Tú no decías que tú creías que yo tenía el poder? ¿Por qué dudas?» Y esa es la pregunta que también el Señor nos hace a nosotros. ¿Por qué dudan ante el poder de Dios? ¿Por qué dudamos ante el poder de Dios? Y ya nosotros conocemos la historia. Lázaro sale afuera, se le saltan las vendas mortuorias. y Lázaro sale y tiene su vida. Como decía, las tradiciones dicen que fue después obispo de Marsella.
Y ya Jesús va entrando a Jerusalén. Ese milagro de devolverle la vida a un muerto que llevaba cuatro días enterrado, fue el que disparó todas las alarmas entre los poderosos de Jerusalén que no podían aceptar que Él era el Mesías. Ellos querían un Mesías triunfante, un Mesías que iba a poner a Jerusalén por encima de todas las naciones, y que el pueblo judío iba a ser el centro de la atención de los hombres de todos los hombres del mundo. Pero qué va, Jesús se manifiesta como aquel que tiene poder, pero manso. Era aquel que se acercaba a todo el mundo, aquel que decía denle a Dios lo que le corresponde, y a los hombres las cosas de los hombres, a Dios lo que es de Dios y a los hombres, las cosas de los hombres, pero siempre pasando por los mandamientos de Dios.
He venido para que se cumpla la última tilde de los mandamientos, que ellos habían aprendido durante siglos revelados por los profetas. Entonces, ese Jesús manso, ese Jesús que hablaba en nombre de Dios, ese Jesús que decía que Dios era su Padre, ese Jesús que decía que el Padre y yo somos una misma cosa, eso no se podía tolerar.
Entonces, Jesús entra a Jerusalén con una disyuntiva, hemos dicho, con una controversia haciendo una controversia fuerte. ¿Por qué? Porque por un lado querían eliminarlo, porque se decía todo eso que yo acabo de decir. Pero por otro lado había gente que había visto sus milagros, su cercanía, su palabra de perdón, su palabra de acogida a todo el mundo. Que no había diferencia entre los pueblos, todos somos hijos de Dios. Entonces lo reciben con la alegría, el pueblo que cree en él, que espera de él, que espera de él. y los demás, la trama por detrás, urdiendo cómo cogerlo.
Así Jesús entra a Jerusalén. El pueblo lo proclama. El sigue entonces en esos pocos días desde el domingo al viernes, él sigue predicando en la en la en el templo. Él sigue rodeado de las personas que le quieren, pero la trama viene por detrás. En la oscuridad. La claridad es de Dios. Esa oscuridad no es de Dios. Esas tramas ocultas, esas tramas que planifican ¿Cómo yo me salgo con las mías y no importa lo que aplaste? Así fue con Jesús. Entonces, hermanos, entramos ya en la semana que hoy comenzamos, la Semana Santa.
El jueves vamos a celebrar la Cena del Señor, que la vamos a escuchar en la lectura de la Pasión que vamos a tener a continuación después de las lecturas. El viernes la crucifixión. En medio de eso está la realización de la traición de aquellas fuerzas ocultas del mal en contra de Jesús. Está la caída de Pedro, aquel que decía que él está ahí para que nadie se sienta seguro, sino que confíe en Dios. Está también su resurrección gloriosa. Que eso es lo que nos queda al final de la Semana Santa. La Cruz es el camino para llegar a la a la Resurrección. Y eso es lo que el Señor nos dice.
Cada uno debe cargar con su cruz porque la vida es así. Y cada uno debe de cargarla como Jesús, ofreciéndola. Y cada uno tiene que buscar el bien para él, para su familia, pero, pero sabiendo que eso es de cruz. Y que el evangelio, muchas veces nos pide cosas que nos resultan un poco difíciles, pero tenemos que confiar en él, porque su Palabra es palabra de vida. Y a lo mejor no le entendemos, o no nos conviene entenderla. Hermanos, esta Semana Santa es pegar bien los pies en el suelo y alzarnos. Y alzarnos sabiendo que tenemos la palabra de Dios en nuestras manos. Pero sabiendo sobre todo que Cristo se entregó en la cruz por mí, por mis pecados. Él me salvó.
Entonces vivamos así esta celebración. Llevemos nuestro ramo a las casas y pongámoslo como es costumbre aquí, detrás de las puertas. El ramo de guano bendito que está ahí. ¿Para qué? ¿Qué significa? Que queremos que Dios esté en nuestra casa. Que queremos que Dios entre por esa puerta. Porque entrando Él, entrando Jesús en nuestra casa, nuestra casa está en paz y tenemos que procurar que se lleve en paz y no entorpecer la obra de Dios.
Entonces, cada familia, cada uno que pase al ver el ramo bendito, diga, Señor, gracias por estar aquí. Gracias por mirarte a ti que sufriste, que dijiste, «Aparta de mí este cáliz si es necesario, pero que se haga su voluntad”, dame esa fuerza para yo también hacerlo. Dame la gracia de comprenderte, dame la sabiduría de saber interpretarte, y dame la valentía y la voluntad de decir, Aquí estoy, Señor. Aquí estoy viviendo, luchando en la vida como cualquier otra persona, pero confiando en ti, sabiendo que esta cruz no es la definitiva. Mi cruz no es la definitiva. La cruz de mi familia no es la definitiva. El dolor del mundo que es bastante, nuestro pueblo lo tiene mucho, no es el definitivo. Ahí está la salvación. Está Cristo, el Señor, que nos llama a la vida eterna y a buscar el bien, la justicia y la paz aquí.
Hermanos, nuestra celebración es una celebración dolorosa porque acompañamos a un suplicio. Acompañamos a alguien que se entrega, que sufre injustamente. Pero es la fiesta más gozosa, la más grande de los cristianos y yo diría del mundo. ¿Qué es del mundo? Porque, aunque la gente no lo sepa, Cristo muere por todos. Y todos estamos llamados a vivir eternamente junto a él. Esa es nuestra fe. Por eso, los que puedan vayan en estos días a la iglesia. Oren en sus casas. Lean la Pasión.
Pregúntenle al Señor qué quiere de cada uno de nosotros. Y que nos dé la fuerza de voluntad para seguirle a él, como Jesús, que se hizo hombre para cumplir la voluntad del Padre, y el Señor nos dio la vida para nosotros también vivir con honestidad, con bien, como debe ser, siguiéndole a él.
Que tengamos esa voluntad de decir como la samaritana, «Sí, yo creo”, o como el ciego, «Sí, yo creo en ti”, o como Marta, «Señor, yo creo que tú eres la resurrección y la vida”. Hermanos, que sea esa nuestra vida en esta semana. Vívela con intensidad. Dejen aquello superfluo en esta semana, déjenlo. Entréguenle a Dios eso en sus vidas. No nos distraigamos en esta semana de esta celebración hermosa.
Por eso, hermanos, ahora vamos a escuchar la palabra de Dios, cuando Isaías nos dice que ese Mesías vendrá, ese Mesías vendrá a salvarnos, ese Mesías cargará con el pecado de todos, y que será manso y humilde de corazón. Cuando el Evangelio nos recuerda que debemos hacer la voluntad de Dios.
Cuando la carta a los Filipenses, nos recuerda que Dios siendo Dios soberano de todo, se anonadó y se hizo hombre como uno cualquiera, como nosotros, para llevarnos a todos hacia el Padre. Se hizo hombre para llevarnos a todos hacia el Padre, en todo menos el pecado. Dejó su condición divina, vamos a decir así, de ese poder y se hizo hombre como cualquier otro siendo, Dios a la vez. Y vamos a escuchar el relato de la Pasión. Y después haremos silencio. Hemos entrado en Semana Santa.
Es un tiempo de dedicarnos a lo esencial, de acompañar a Jesús en esa semanita. Si lo hemos acompañado durante la Eucaristía en su caminar hacia Jerusalén, vamos a estar con Jesús allí en Jerusalén. En esta semana, escuchando las tramas, la complicidad de Judas, la manipulación de aquellos, de la esperanza de los que creían en él. Vamos a estar ahí. Nosotros seremos uno más de los que recibió Jesús con esperanza. Y celebremos entonces, y procuremos ir al templo los que puedan ir. Procuremos, para compartir con la comunidad este misterio de salvación tan grande.
Que el Señor nos acompañe. Y ahora, continuemos nuestra celebración.
