Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el Domingo de Ramos, 29 de marzo de 2026

Queridos hijos e hijas de la Diócesis de Pinar del Río, una vez más me dirijo a ustedes para compartir estos minutos de encuentro con Dios. Hoy la liturgia nos ofrece dos textos evangélicos, pero por razones de tiempo, comentaremos el texto de Mateo.

Hoy la Iglesia entera se viste de fiesta para acompañar a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén. Pero este día, tan lleno de alegría y bullicio popular, es también el umbral que nos introduce en el misterio más profundo de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección del Señor. El Domingo de Ramos es una puerta de dos caras: una mira a la gloria y otra al Calvario. Ambas son necesarias para entender quién es realmente Jesús y qué significa seguirlo.

El evangelista Mateo nos presenta a Jesús entrando en Jerusalén de manera muy particular. No lo hace como un conquistador, sino como un Rey humilde que cumple la profecía de Zacarías: «Digan a la hija de Sión: Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde, montado en un burro» (Mt 21,5; cf. Zac 9,9). Este detalle es fundamental: Jesús no busca el poder de este mundo, sino la entrega total por amor.

La multitud lo aclama con un grito que resuena a través de los siglos: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!» (Mt 21,9). «Hosanna» era una súplica que significaba «Sálvanos, Señor». Pero aquí se convierte en alabanza: el pueblo reconoce en Jesús al Salvador esperado, al descendiente de David que trae la liberación.

Sin embargo, este Rey no corresponde a las expectativas humanas. Muchos esperaban un mesías guerrero que expulsara a los romanos. Jesús viene a librarnos de una esclavitud más profunda: la del pecado y la muerte. Su trono no será un palacio, sino una cruz. Su corona no será de oro, sino de espinas. Su victoria no será militar, sino pascual.

Es conmovedor imaginar la escena que Mateo describe: una gran multitud tiende sus mantos por el camino, otros cortan ramas de los árboles y las agitan. Niños y ancianos, hombres y mujeres, todos aclaman al profeta de Galilea. Pero sabemos que muchos de los que hoy gritan «¡Hosanna!» serán los mismos que dentro de unos días clamarán: «¡Crucifícalo!» (Mt 27,22-23). Esta contradicción nos interpela profundamente.

¿No somos nosotros también así? Cuántas veces recibimos a Jesús con alegría en la Eucaristía, en la oración, en los momentos de consuelo, y luego lo negamos con nuestras obras, con nuestras palabras hirientes, con nuestra indiferencia ante el hermano que sufre. El Domingo de Ramos nos invita a examinar la coherencia de nuestra fe: ¿es una fe de momentos, o una fe que sostiene la vida entera, incluso cuando el camino se vuelve cuesta arriba?

Mateo nos muestra también que, después de la entrada triunfal, Jesús se dirige al Templo y lo purifica (Mt 21,12-13). Es un signo de que su reino exige conversión, limpieza interior, renovación. No podemos seguir aclamándolo con los labios si nuestro corazón está lejos de Él.

La liturgia de este día tiene una particularidad: después de la procesión con los ramos, proclamamos el relato de la Pasión según san Mateo (26,14-27,66). La alegría inicial da paso a la solemnidad del dolor. La Iglesia nos enseña así que no podemos celebrar la entrada triunfal sin mirar de frente el sufrimiento que le sigue. Es una lección para nuestra vida: la fe no es evasión, sino asumir la realidad con esperanza.

El Domingo de Ramos nos invita a tomar una decisión: ¿vamos a acompañar a Jesús hasta el final, o nos quedaremos a la vera del camino cuando la procesión se torne difícil? La Semana Santa que hoy iniciamos es una oportunidad para renovar nuestro compromiso de ser discípulos no solo en los momentos de gloria, sino también en los de prueba.

Hoy, al bendecir los ramos, recordamos que Dios no nos abandona. Así como Jesús entró en Jerusalén para cumplir su misión redentora, Él quiere entrar en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestros corazones, para transformarlos desde dentro. No viene como juez, sino como Salvador; no viene a condenar, sino a dar vida.

La Semana Santa no es un espectáculo que observamos desde fuera, sino un misterio en el que participamos. Cristo nos invita a subir con Él a Jerusalén, a cargar nuestra cruz con esperanza, a creer que, después del dolor, viene la vida nueva. Como dice el salmista: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4).

Que esta Semana Santa sea para todos nosotros un verdadero camino de conversión, encuentro y esperanza.

Que María, Madre de la Espera, ponga a Jesús en nuestro corazón.

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