“Yo soy Yavé, Dios de ustedes; santifíquense y sean santos, pues yo soy Santo” Lv 11, 44
Hermanos, se acerca el 1ro de noviembre y les quiero compartir una reflexión sobre la solemnidad de Todos los Santos que se celebra ese día.
Desde inicios del cristianismo la Iglesia comenzó a venerar a los mártires como santos, por haberse unido a Cristo por medio de su muerte y entrega. Se les conmemoraba, y así hasta hoy, en el día en que morían, es su dies natalis, día del nacimiento para el cielo. Después de terminadas las persecuciones se empezó a venerar a santos no mártires, los llamados confesores de la fe. También se les asigna el día de su muerte como fecha litúrgica de celebración.
Con el tiempo surgió la certeza de que en el cielo habría muchos otros cristianos santos que nunca serían oficialmente canonizados, pero que merecían ser celebrados en un día común. Así fue que el papa Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los santos y fijó el aniversario para el 1 de noviembre. Gregorio IV extendió la celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX. Después se hizo incluso día de precepto para toda la Iglesia.
La celebración de todos los santos viene a recordarnos algo que es muy importante en nuestra fe: la vocación universal a la santidad de vida. Ser santo es vocación de todo bautizado. San Pablo llama a la Iglesia la congregación de los santos en Cristo. La santidad brota de la unión con Dios, es Él quien nos santifica. La gracia de Dios va trabajando poco a poco en nosotros y va esculpiendo en nosotros la imagen de Cristo. Pero se requiere también una respuesta a esa gracia: es la docilidad del ser humano que deja libremente que la mano de Dios lo trabaje.
La santidad es una, pero debe ser cultivada según la vocación de cada uno. A propósito de esto dice el Concilio Vaticano II: “En los diversos géneros de vida y en las diversas profesiones, hay una sola santidad, cultivada por quienes están movidos por el Espíritu de Dios y, obedientes a la voz del Padre, siguen a Cristo pobre, humilde, cargado con la cruz para merecer ser partícipes de su gloria. Cada uno, según su propios dones y carismas, debe avanzar sin demora por el camino de la fe viva, la cual enciende la esperanza y actúa por medio de la caridad” LG 41.
Si bien la santidad es una para todos, no quiere esto decir que todos están llamados al mismo grado de santidad. Para unos su unión con Cristo es más intensa y profunda que para otros. Esto depende de la gracia de Dios y de la respuesta del hombre a esa gracia. No pensemos tampoco que la santidad es mayor en los consagrados que en los laicos. Se puede encontrar un laico más generoso en su entrega a Cristo que un sacerdote o una monja. Todo depende, repito, de la gracia de Dios y la respuesta del ser humano. Entre los santos canonizados encontramos grandes obispos como San Agustín y humildes frailes como san Francisco, lo mismo que campesinos como san Isidro o intelectuales como Santa Teresa Benedicta de la Cruz, también pescadores como los apóstoles o cibernautas como el beato Carlo Acutis, padres de familia, monjas de clausura, reyes, soldados, etc. También los hay de origen humilde o encumbrado, de talante sencillo o los que fueron grandes pecadores mundanos. Dios no se deja ganar en generosidad, y distribuye su gracia abundantemente para que sus hijos realicemos la vocación a la santidad a la que Él nos llama.
En la fiesta de todos los santos pensemos en nuestra propia santificación. Evitemos la tentación de pensar que eso es para otros o para otro momento de mi vida. Dios nos quiere santos, y lo quiere hoy. Buscar la santidad es la forma de ir adelantando aquí en la tierra la vida del cielo.
Oficina de Prensa del Obispado de Santa Clara
P. Wilfredo Leiter Juvier
