Queridos hermanos y hermanas de la Diócesis de Pinar del Río:
En este IV Domingo de Pascua, la liturgia nos invita a contemplar una de las imágenes más bellas y consoladoras de toda la Escritura: Jesús como el Buen Pastor. Pero el Evangelio de hoy, tomado del capítulo 10 de San Juan, nos presenta primero otra imagen: Jesús como la puerta de las ovejas. “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10,9). No es una imagen menor. En la cultura pastoril, el redil era un recinto sin puerta de madera; el pastor mismo se acostaba en la entrada durante la noche, convirtiéndose así en la puerta que protegía a las ovejas de los lobos y los ladrones. Jesús es esa puerta. Él es quien nos protege, quien nos da seguridad, quien nos permite entrar y salir con libertad.
Esta imagen nos habla de un Dios que no nos aprisiona, sino que nos abre horizontes. “Podrá entrar y salir”, dice Jesús. No es una fe que nos encierra en un templo, sino que nos impulsa a salir al mundo, a ser testigos de su amor. La puerta no es un muro que aísla, sino un umbral que comunica. Cristo es el paso entre la vida vieja y la vida nueva, entre el pecado y la gracia, entre la muerte y la resurrección.
Jesús contrapone su figura a la de los ladrones y salteadores, que trepan por otra parte. Ellos no entran por la puerta, sino que se cuelan para robar, matar y destruir. ¿Quiénes son esos ladrones hoy? Son todas las voces que nos prometen felicidad fácil, riqueza sin trabajo, placer sin límites, éxito sin responsabilidad. Son las ideologías que esclavizan, las adicciones que roban la libertad, el consumismo que mata el alma, la indiferencia que destruye la comunidad. Jesús, en cambio, ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia.
El Evangelio nos dice que las ovejas conocen la voz del pastor y no siguen a un extraño. ¿Cómo reconocemos hoy la voz del Buen Pastor en medio de tantas voces que nos gritan desde todos lados? La voz del Pastor se reconoce porque es una voz que llama por nuestro nombre. No es una voz anónima, genérica. Es una voz personal, íntima, que conoce nuestra historia, nuestras heridas, nuestras esperanzas.
También se reconoce porque es una voz que camina delante de nosotros. El pastor no va detrás arreando, sino adelante mostrando el camino. Jesús no nos empuja, nos guía. No nos exige lo que Él no ha vivido primero. Él ha pasado por la muerte y ha resucitado, y ahora camina delante de nosotros hacia la vida eterna.
Y finalmente, es una voz que da la vida por las ovejas. Jesús no es un asalariado que huye cuando ve venir al lobo. Él se queda. Él protege. Él se entrega. En la cruz, Jesús mostró hasta dónde llega su amor: hasta dar la vida por cada uno de nosotros.
En estos días de Pascua, cuando aún resuena el “¡Aleluya!” de la Resurrección, estamos llamados a preguntarnos: ¿Reconozco la voz del Buen Pastor? ¿La escucho en la oración, en la Palabra, en los hermanos? ¿O sigo voces extrañas que me prometen felicidad pero me dejan vacío? ¿Entro por la puerta que es Cristo, o intento trepar por otras partes?
Queridos hermanos, nuestra Diócesis de Pinar del Río está llamada a ser un redil donde todos nos sintamos seguros, donde todos podamos entrar y salir libremente para anunciar el Evangelio. Pero para eso necesitamos pastores según el corazón de Dios: sacerdotes, catequistas, agentes de pastoral que no sean asalariados, sino testigos que den la vida.
Que María, la Virgen de la Caridad del Cobre, que supo escuchar la voz de Dios y seguirla hasta la cruz y la resurrección, nos enseñe a reconocer la voz del Buen Pastor. Que nos ayude a entrar por la puerta que es Cristo, para tener vida, y vida en abundancia.
