Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 26 de abril de 2026, IV Domingo de Pascua

“Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y  ellas me conocen a mí” Juan 10, 14

Hermanos,

Es verdad que uno tiene que sentirse contento. Hay tantas cosas en la vida que nos ponen tristes, o que nos dan preocupación, o que nos dan desasosiego, pero la verdad que cuando nosotros nos dicen el domingo vamos a la iglesia, solamente por el hecho, fíjese voy a sacar la misa, que es el centro importante, Cristo que se hace presente. Es decir, vamos a escuchar la palabra de Dios. Ya eso nos tiene que dar alegría, ¿por qué? Porque la palabra de Dios es vida. Y porque esa verdad de que Dios me ama, que Jesucristo es mi salvador, el mismo hijo de Dios que se entrega por mí, y entonces eso me da esperanza. Y nosotros lo que necesitamos es esperanza para vivir, para encontrar sentido a las luchas de la vida.

Entonces, solamente por eso, decir voy a escuchar la palabra de Dios, ya tiene que haber en mi corazón algo que me dice, voy a escuchar algo sano, algo bueno, algo que me va a dar aliento, algo que me va a me va a reflejar la verdad de las cosas. Bien. Entonces, las lecturas de estos días, y como siempre me gusta, ustedes saben que hago un pequeño, un breve, hay veces que me extiendo mucho, un breve resumito de lo anterior.

El primer domingo de Pascua, la resurrección del Señor. María Magdalena y los demás que llegaron, Jesús no está aquí, Jesús ha resucitado y ellos llenos de sorpresa, fueron en medio de su temor y en medio de sus inseguridades, de su desconcierto, pues entonces fueron recobrando la paz y la esperanza. El segundo domingo vemos el pasaje de Tomás. Ese domingo que el Señor se presenta ante los discípulos, él no estaba. Después Tomás dice aquella frase y la repito de nuevo, “si no meto los dedos en la en la llaga y si no meto la mano en la llaga en su costado, no creo”. Hasta que se da cuenta y no hubo necesidad de meter el dedo en las heridas de los clavos. “Señor mío y Dios mío, creo, creo, creo en ti”. Y Jesús dijo para nosotros, fíjense que estamos siguiendo el itinerario de los apóstoles. El primer domingo, la alegría y la sorpresa. Y ahora aquella frase que de que el Señor dice, «Dichosos aquellos que crean sin ver porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados ustedes los que creen sin haber visto”. Bienaventurados todos nosotros y todo el que sea bautizado, como dice Pablo en su lectura.

Después, el domingo pasado escuchamos el relato precioso de los dos discípulos de Emaús cuando descubrieron a Jesús en medio de su pesadumbre, de su frustración, de su pesimismo. descubrieron que Jesús les explicó las escrituras y en las escrituras comprendieron que todo lo que estas decían, ¿le conducían a quién? A Jesús. Aquel que había sido muerto en la cruz y que había resucitado. Que era fuente de su dolor, porque lo vieron muerto y crucificado, pero la vez se convierte en fuerte de la alegría, porque se dan cuenta que Él ha vencido.

Y entonces dice que los discípulos, cuando él explicaba, se les llenaba de gozo el corazón, pero no entendían y cuando estaba en la mesa que cogió el pan y el vino, y lo partió, tomen de este pan, se recordaron de la Eucaristía, de la última cena. Y entonces el mensaje del domingo pasado, acuérdense que era que debemos de buscar la palabra de Dios y que tenemos también que acercarnos a la Eucaristía. Es decir, ahí en la Eucaristía es que nosotros descubrimos que Jesús es nuestra vida y que culmina todos los anhelos que puede tener una persona, que es ser feliz y vivir eternamente feliz y en el amor.

Bien, ahora, ¿qué nos dice este cuarto domingo? Como les dije, este cuarto domingo se llama el domingo del Buen Pastor. Eh, leemos el Evangelio de San Juan, el capítulo cuarto del Evangelio de San Juan, y en el cual Jesús empieza a hablar de sí mismo y él, ustedes saben bien que siempre ponía muchos ejemplos, y entonces él se compara con un pastor, el pastor de las ovejas. Aquel pastor que sabe conducir las ovejas. A lo mejor a nosotros no nos dice mucho. A los mayores sí, tal vez, pero a los pequeños, a lo mejor, que no han vivido en el campo, que no saben quién es el pastor y nosotros sí hemos visto como el vaquero, en el caso nuestro, o aquellos pastores que tienen corderos y van guiando las ovejas, quiere a sus ovejas, cuida sus ovejas, las protege de los ladrones, y las cuida y las cura.

Entonces, Jesús quiso decir quién era él. Yo soy el Buen Pastor. Fíjense bien. Los tres primeros domingos tenemos esta lectura que reafirman de que Jesucristo es el único Salvador. Siempre se presenta, siempre se presenta con las llagas. Ante Tomás, mete tus dedos, mete tu mano aquí en el costado, las llagas, Cristo crucificado. Pero estoy aquí vivo, he vencido. Crucificado, pero vivo, he vencido. Con los discípulos de Emaús, exactamente igual. Se presentó como aquel que había sido muerto.  Hermanos, así se presentó él. Yo soy aquel que ustedes crucificaron. Y cuando leemos la primera lectura de hoy también de los Hechos de los Apóstoles, nos encontramos que ya en Pentecostés, Pedro vuelve a hablar de ese de Jesús y dice lo mismo. “Ese que ustedes mataron”, es decir, Jesús se presenta como el principal, que es el vencedor, pero que ha vencido entregándose a sí mismo por la salvación de todos. Es un ejemplo.

Pero este acontecimiento ocurre después de Pentecostés. Ya Jesús ha ascendido a los cielos. El Espíritu Santo ha venido sobre los discípulos. Pedro coge valor y se llena de sabiduría, de valor y sabiduría. Y entonces él que empieza a predicar a todos. Y vuelve a repetir lo mismo. Ese que murió, ese murió por nosotros. Ahí comienza la iglesia. Entonces, en este momento, la iglesia nos pone como evangelio el evangelio del Buen Pastor. Ya Jesús no está presente en medio de ellos, que era el que los guiaba, les enseñaba. Ahora es la iglesia, es el tiempo de la iglesia.

Es el tiempo en que la responsabilidad de hacer presente a Cristo ha recaído sobre nosotros. Entonces ese el tiempo, por eso es que la iglesia nos lo pone hoy como diciendo, «Si quieren buscar un pastor, aunque yo no esté, búsqueme siempre a mí. ¿Dónde me pueden buscar y encontrar? En la palabra de Dios, en los sacramentos, en la comunidad cristiana, en el pobre que hay que ayudar”. Ahí ya Jesús empieza a presentarse como aquel que hay que mirar, que hay que mirar y que buscar, y que acercarse y hacerse uno con él para poder hacerle presente, pero para para poder vivir tan unidos a él que algún día estemos con él en la gloria.

Entonces, ¿cómo debe ser ese pueblo de Dios? ¿Cómo tenemos que ser nosotros bautizados para enseñar a los demás que Jesús es el Mesías, el Señor? Siendo pastores, todos los bautizados tenemos la responsabilidad de llevar a los demás a Cristo, como Pedro lo dijo, «Hermanos de todas las naciones, oigan, acérquense al Señor”. Entonces, ¿qué ejemplo de pastor, de guía, ahora decimos de líder, de dirigente? ¿Cuál es? ¿Cuál es? ¿Qué ejemplo nos presenta Cristo? ¿Quién? Nos presenta aquel que es capaz de dar la vida por los demás, de entregarse a los demás para servir a los demás.

Entonces, hermanos, esta es la lectura de hoy. Y él dice que Él es el pastor que guía a las ovejas. Y él es la puerta. Quien no pase por Él, que es la puerta, fíjense qué imagen más bella esa, no puedo entrar en una casa si no paso por la puerta. Solamente al que se la ha perdido la llave, en un buen sentido así, puede entrar por una ventana, si no el ladrón, es el que entra por la ventana. Él lo dice, el ladrón entra por la ventana, el único que es capaz de entrar por la puerta, es el dueño, es Él. El pastor, el que tiene la llave de la puerta, pero él dice que él es la puerta. Es decir, que para entrar hay que pasar por Él.

Hermano, vamos a pedirle a Dios eso. Que el Señor nos enseñe a buscar a Jesucristo sabiendo que es la puerta que nos lleva a la vida eterna, a la verdad y a la vida. Eso es lo que nos está diciendo esta lectura en este cuarto domingo de Pascua. Él es mi Señor. Las escrituras me hablan de él, se hace presente la Eucaristía, se vive en la comunidad cristiana, como estamos nosotros haciendo ahora donde quiera que estemos unidos en oración todos como comunidad, alabando al Señor y adorando al Señor. Que el Señor nos dé la fuerza para nunca prescindir de Jesús, para siempre buscarle en medio de nuestros pecados, de nuestras infidelidades y de nuestras malas crianzas. Que siempre volvamos, que siempre busquemos al Señor Jesús.

Por eso es que este día también la iglesia pide orar por los sacerdotes, y por aquellos que se sienten llamados a conducir al pueblo de Dios. Los sacerdotes, los diáconos. Pidamos para que el Señor suscite vocaciones y para que sean buenos pastores capaces de guiar al pueblo y encontrarse con Jesús. Capaces de encontrar al pueblo y llevarlo hacia la puerta, es decir, hacia Jesús y decir, «Pasemos por esta puerta que es Cristo, que es la única manera de llegar al cielo. Él es la puerta del cielo”.

Que el Señor nos ayude a vivir así, hermano. Y en esta misa pidamos mucho por nuestros sacerdotes, por el Santo Padre el Papa que está realizando ese viaje apostólico lleno de esperanza y de cercanía en África, por los obispos, y para que surjan nuevas vocaciones, para que nuestro pueblo siempre tenga pastores a la medida de Jesús, que sepan conducir al pueblo. Que Dios nos ayude a vivir así. Amén.

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