Queridos hermanos y amigos:
Los anteriores domingos hemos celebrado las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y Sangre de Cristo, y el pasado viernes acabamos de tener la gran fiesta en honor al Sagrado Corazón de Jesús.
Hablar del Sagrado Corazón de Jesús es trasladarse a la tarde del Viernes Santo cuando estando Jesús clavado en la cruz, su corazón fue traspasado por la lanza de un soldado romano, brotando al instante sangre y agua, según nos enseña el evangelio de san Juan en su capítulo 19.
OREMOS
Oh Santísimo Corazón de Jesús, fuente de toda bendición, te adoro, te amo, y con vivo dolor de mis pecados, te ofrezco este pobre corazón mío. Hazme humilde, paciente, puro y enteramente obediente a tu voluntad. Concédeme, buen Jesús, vivir en Ti y para Ti. Protégeme en medio de los peligros, consuélame en mis aflicciones, dame la salud del cuerpo, la ayuda en mis necesidades temporales, tu bendición en todo lo que hago y la gracia de vivir santamente siguiendo tus enseñanzas en el Evangelio de modo tal que llegue a tener una muerte santa. En cada necesidad déjame acudir a Ti con humilde confianza diciendo: ’Corazón de Jesús, ayúdame’.
Amén.
En las catacumbas romanas de San Calixto, que se remontan al siglo II de la era cristiana, se reconocen signos del Corazón de Jesús remitiendo su origen a la Cruz. En este sentido, durante los primeros siglos muchos Padres de la Iglesia ya manifestaban una gran devoción por el Sagrado Corazón, entre ellos estaban san Ambrosio, san Juan Crisóstomo y san Agustín de Hipona. Lo cierto es que la devoción al Sagrado Corazón fue cultivada por aquellos cuya delicadeza espiritual los llevaba a contemplar las huellas de la pasión en el cuerpo de Cristo, concretamente la llaga de su costado. Así llega hasta nuestros días esta devoción, dando muchos frutos de santidad en los cristianos.
En las familias cubanas ha sido tradicional tener al Sagrado Corazón de Jesús en la sala de la casa, en el lugar central, presidiendo la vida de la familia.
Puede ser un cuadro, más grande o más pequeño, con una foto a todo color o en blanco y negro, o tal vez una imagen de bulto, lo cierto es que se ha convertido en una referencia en la vida de las familias católicas. Muchas familias lo colocan en una chapilla metálica en la puerta de su casa, con una pequeña inscripción: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confiamos. Qué hermoso poder afirmar: ¡Señor confiamos en ti porque sabemos lo grande que es tu amor!
OREMOS
Oh Santísimo Corazón de Jesús, trae la paz y la prosperidad a nuestra tierra, bendice a los ancianos y ampara de todo peligro a los niños y jóvenes, que no falte el amor y la fidelidad a los esposos ni el consuelo a todos en el trabajo. Que cada día tengamos abundante pan en nuestras mesas y amor en nuestras familias. Que tu bendición descienda sobre todos nuestros buenos afanes y tu consuelo cubra nuestras penas, sé refugio seguro durante la vida para todos. En cada necesidad déjame acudir a Ti con humilde confianza diciendo: ’Corazón de Jesús, ayúdame’.
Amén
El Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: El amor de Dios. Contemplar al Sagrado Corazón nos lleva a descubrir la grandeza de un amor sin comparación y nos mueve a corresponder a ese amor, que nunca pasa de moda.
La carta a los Romanos nos afirma “Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores. Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está precisamente en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores” (Rom 5, 6ss).
A continuación escucharemos un fragmento del evangelio según san Mateo, que podemos encontrarlo en el capítulo 9, a partir del versículo 36 y extendiéndose hasta el capítulo 10
ILUMINACIÓN BÍBLICA
Evangelio Dominical: Mt 9, 36—10, 8
En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.
Cualquier persona, mucho más un cristiano, se siente retado al escuchar en el Evangelio del día la afirmación: “al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas”. Jesús vivía atento a cuanta necesidad y miseria se encontraba en la vida.
El Evangelio nos recuerda que se detuvo junto al ciego, al paralítico, al leproso, a los que tenían hambre, a la pecadora… se detuvo ante toda miseria humana y ninguna de ellas le fue indiferente; era incapaz de pasar de largo sin hacer nada y menos cambiar la vista de dirección para ignorar la realidad.
El fragmento del Evangelio escuchado nos afirma que no se trataba solamente de detenerse junto a una u otra persona, Jesús se fijaba en las multitudes porque estaban extenuadas y desamparadas y se compadecía de ellas. Este era el modo de vida de Jesús: Buscar siempre el bien de todos y cada uno.
Pero aún más, el Maestro de Galilea funda una escuela de misericordia y compasión al llamar a los doce apóstoles y a todos sus discípulos, al enviarlos en su nombre y darles poder para que sean testigos de su compasión en medio de los que sufren y padecen.
Queridos hermanos y amigos, necesitamos aprender mucho de Jesús, necesitamos aprender a mirar a los demás como Jesús los miraba, a acercarnos a ellos con los mismos sentimientos e intenciones de Jesús.
Somos enviados para aliviar los corazones destrozados y sanar las llagas de cuantos nos rodean. ¡Pobre de aquel que sigue de largo frente al sufrimiento de los otros o pasa como quien no ve para no complicarse la vida! Cristianos y no cristianos maduraremos y creceremos mucho, también en santidad, cuando aprendamos la lección que nos dejan las miradas de Jesús.
OREMOS
Oh Santísimo Corazón de Jesús, tú nos enviaste a ser obreros en la mies, bendice a tu Iglesia, compromete a sus hijos para que seamos sal y luz en medio de este mundo nuestro, consuelo del afligido y desorientado y bálsamos de todas las dolencias. Que mirando tu precioso corazón sepamos vernos y sentirnos parte de él, reconociéndote en nuestro agitado camino como Señor y Dios nuestro. Que tengamos la capacidad de sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria. En cada necesidad déjame acudir a Ti con humilde confianza diciendo: ’Corazón de Jesús, ayúdame’.
Amén
Hoy, tú que eres padre de familia, delante del Sagrado Corazón de la sala de tu casa o desde donde estés, eleva esta súplica al Salvador del mundo:
ORACIÓN DE UN PADRE DE FAMILIA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Sagrado Corazón de Jesús…
CONCÉDEME
amor para cuidar de esta familia que he fundado,
manteniéndola unida todos los días de mi vida.
Que mis ojos se cierren a la luz de este mundo
sintiéndome orgulloso de cada uno de sus miembros
porque tu amor reina en el corazón de todos ellos.
AYÚDAME
a comprender a mis hijos,
a escuchar pacientemente
lo que tengan que decirme,
a contestar con cariño
todas sus preguntas.
HAZME
tan amable con ellos, como quisiera que lo fueran conmigo.
No me permitas dirigirme a ellos hablándoles de mal modo,
si no enseñándoles con amor.
DAME VALOR
para reconocer mis faltas para con mis hijos,
no permitas que me burle de sus errores,
ni que los humille o avergüence
ni a solas ni delante de sus amigos
o hermanos.
NO PERMITAS
que induzca a mis hijos a hacer cosas indebidas,
que el ejemplo de mi vida siempre los lleve al bien obrar.
TE PIDO
que me guíes en todas las horas del día, para que pueda demostrarles,
por todo lo que diga y haga, que la honestidad es fuente de felicidad.
HAZ
que tenga siempre a flor de labios una palabra de estímulo,
y que con firmeza y dulzura les ayude a descubrir el valor de ayudar
y compartir con los demás.
AYÚDAME
a tratar a mis hijos, conforme a sus edades,
y no permitas que de los menores exija el criterio de los adultos.
NO PERMITAS
que les robe las oportunidades de actuar por sí mismos con responsabilidad,
de pensar, escoger y tomar decisiones sabias de acuerdo con su edad.
PROHÍBEME
Señor que los agreda física o verbalmente,
con el pretexto de corregirlos,
por el contrario que siempre tenga para ellos:
tiempo y un buen consejo,
un abrazo, un te amo y unos besos.
PERMÍTEME
el poder satisfacer sus deseos justos y necesarios,
pero dame valor siempre de negarles un privilegio
o un capricho que los hará engreídos y egoístas.
HAZME TAN JUSTO
tan considerado y amigo de mis hijos,
que me sigan por amor y no por temor.
AYÚDAME
a ser un líder para ellos y no un jefe,
padre y no un inquisidor,
a ser en todo tiempo maestro y amigo,
que les ayude a descubrirte a Ti,
mi Dios y mi Señor.
Amén.
¡Feliz día en familia!
Oficina de Prensa del Obispado de Santa Clara
