Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el XVI domingo del Tiempo Ordinario, 19 de julio de 2026

Queridos hijos e hijas, les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios:

El Evangelio de San Mateo nos regala hoy tres parábolas que Jesús pronunció junto al mar de Galilea: la cizaña y el trigo, el grano de mostaza y la levadura. Tres imágenes que nos hablan del misterio del Reino de Dios, de su crecimiento silencioso y de su victoria final.

La primera parábola es una de las más realistas,el bien y el mal conviven en la historia. Un hombre siembra buena semilla, pero mientras todos duermen, el enemigo siembra cizaña. Cuando los trabajadores preguntan: “Señor, ¿no sembraste buena semilla? ¿Cómo es que hay cizaña?”, el dueño responde: “Un enemigo lo ha hecho”. Y les pide paciencia: dejen que crezcan juntos hasta la cosecha.

Esta parábola nos enseña dos cosas importantes:

Primero: el mal existe. No todo es bueno en el mundo. A veces nos preguntamos por qué hay tanta injusticia, tanto sufrimiento, tanto pecado. La cizaña está ahí. Pero no siempre debemos arrancarla inmediatamente. Porque al arrancar la cizaña, podríamos dañar el trigo.

Segundo: la paciencia de Dios. El dueño del campo no actúa con violencia. Espera. Dios respeta el tiempo de crecimiento. No arranca el mal de manera abrupta porque sabe que hay una cosecha final. No somos jueces, somos sembradores.

En nuestra realidad, donde a veces la injusticia parece triunfar y el bien parece perderse, esta parábola nos invita a no desanimarnos. El mal no es definitivo. La cizaña no es eterna. Al final, el trigo será recogido en el granero.

En la segunda parábola Jesús compara el Reino de Dios con un grano de mostaza, que es la semilla más pequeña del huerto. Pero cuando crece, se convierte en un arbusto grande donde los pájaros anidan. También lo compara con la levadura que una mujer mezcla en tres medidas de harina y que fermenta toda la masa.

Son parábolas de esperanza. El Reino no empieza con grandes estruendos ni con ejércitos poderosos. Empieza con la semilla más pequeña, con la levadura escondida. Así es la obra de Dios en nosotros. A veces no vemos frutos inmediatos. Parece que nuestro esfuerzo no tiene importancia. Pero Dios trabaja en lo escondido, en lo pequeño.

En nuestra Diócesis de Pinar del Río, cuántas semillas pequeñas se siembran a diario: una visita a un enfermo, una palabra de aliento, una misa dominical, una catequesis, un gesto de perdón. Parece poco. Pero Dios lo convierte en algo grande.

Las tres parábolas apuntan a un mismo final: la cosecha. Al final de los tiempos, el trigo y la cizaña serán separados. Los ángeles recogerán a los que hacen el mal, y los arrojarán al horno; pero los justos brillarán como el sol en el Reino del Padre.

No es una amenaza, es una promesa. El mal no durará para siempre. La injusticia, el dolor, la muerte no tienen la última palabra. Dios hará justicia. Y los que han vivido con coherencia, los que han sembrado el bien en medio de tanta cizaña, brillarán como el sol.

¿Cómo vivir este Evangelio hoy?

Hay tres virtudes que sobresalen en el texto:

La Paciencia: no apresurarnos a juzgar. Dejar que Dios actúe.
La Esperanza: confiar en que lo pequeño crece.
Y la fidelidad: sembrar el bien sin cansarnos, aunque no veamos los frutos inmediatos.

Que María, la Virgen de la Caridad del Cobre, que guardaba todas estas cosas en su corazón, nos enseñe a esperar en la cosecha del Señor.

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