“Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero» Mateo 13, 30
Hermanos, vamos a escuchar una breve meditación. Podemos sentarnos.
Hermanos, las lecturas de hoy van en torno a un tema que era el tema que Jesús se refería constantemente, la naturaleza de Dios. Entonces, Jesús lo explicaba en parábolas. Ya después Juan en sus cartas dice, «Dios es amor”. Entonces los evangelistas que escribieron, los autores de la Biblia que escribieron bajo inspiración del Espíritu Santo, y la iglesia, el pueblo de Dios, los apóstoles, los que designaron los otros, toda la iglesia después, fueron sacando las lecturas aquellas que explicaban mejor el por qué, por ejemplo, Dios es clemente.
Dios es clemente. El pueblo de Israel sabía que Dios era bueno con ellos, era su pueblo. Pero había que recordárselo muchas veces, porque muchas veces se iban detrás de otros ídolos, pero ellos tenían esa visión del Dios que era inflexible. Lo sacó de Egipto, castigó al faraón. Para para ellos no podían ni pronunciar su nombre. Era un Dios severo. Que todavía nosotros muchas veces lo vemos así actualmente. Hay personas que piensan en ese Dios que castiga. Acuérdense de aquello cuando éramos niños, ya no se usa mucho, pero cuando nosotros éramos niños, hace muchísimo tiempo. Decían, «Óyeme, acuérdate que Dios castiga”. Qué cosa, ¿eh? Dios que se manifiesta como clemente y como misericordioso. Y, sin embargo, acuérdate que Dios castiga. Aparte de meter miedo con otras cosas.
Pero vino Jesús y Jesús, el perfecto revelador del Padre, vino a decir quién era él. Pero Jesús no lo dijo así por decirlo, porque nunca se había hablado de esto. No, en el Antiguo Testamento, además de presentar muchas veces ese Dios inflexible, esa es la palabra inflexible, se manifestaba el Dios que había elegido al pueblo de Israel, era su pueblo, y se manifestaba ese Dios que era cercano, aunque se mantenía muy distante del pueblo. Pero con el tiempo, el pueblo de Israel se dispersó por muchos lugares. Perdió el territorio que tenía, vino abajo, cayó en desgracia. Entonces empezó a mezclarse con muchos pueblos, es decir, a juntarse viviendo en otras naciones. Y muchos del pueblo de Israel estuvieron atentos a lo que se decía de su fe.
El libro de la Sabiduría que nosotros estamos leyendo, es precisamente un libro que es producto de ese encuentro entre la teología del Antiguo Testamento y el nuevo pensamiento. Y la pregunta era, ¿cómo nosotros explicamos esta teología del Antiguo Testamento de un Dios que tiene el poder suficiente para todo, creador de todo, que nos hizo por amor? ¿Cómo nosotros explicárselo a esta gente? Y el libro de la Sabiduría es un libro que empieza a traducir aquel pensamiento del Antiguo Testamento un poco fijo, y empieza a buscar ahí mismo, aquellas otras frases que Dios lo veía de manera como, muy fuerte, muy castigador muchas veces, y empezaron a descubrir otras maneras que en el mismo Antiguo Testamento se veían de Dios.
Entonces empezaron a sacar y a buscar, porque está lleno de todas esas imágenes. Dios no olvida su pueblo, Dios los saca de Egipto, Dios les da la tierra prometida, Dios les hace ganar algunas batallas, Dios hace… recordándole siempre cuál es la palabra de Dios. Y este libro es para decirnos, hablarnos de la naturaleza de Dios según el pensamiento de la época. Por eso este libro de la Sabiduría, ahí está esa relación entre la fe que tenemos del Antiguo Testamento, la fe bíblica y el pensamiento, la razón, la lógica. Y desde que empieza “no hay Dios fuera de ti”, eso de que hay muchísimos dioses, falso. Solamente puede haber lógicamente un Dios. Porque si Dios es todopoderoso, no puede haber dos personas todopoderosas.
Fíjense, esto es muy sencillo, esto parece una cosa de muchachos, pero no lo es. Dice, «Tú no tienes que demostrarle a los demás, por qué tú has querido hacer el mundo así. No tienes que demostrarlo, sí. ¿Quién puede? ¿Quién puede preguntar echártelo en cara? ¿Quién? ¿Quién tiene poder para eso?” Sigue. Y aquí viene la frase que a mí me gusta para hoy. “Tu fuerza es el principio de tu justicia y tu dominio sobre las cosas te da el poder para perdonar”. Fíjense bien, Dios clemente, Dios misericordioso, Dios que tiene poder para hacer lo que Él quiera. Pero precisamente ese poder es el que le da fuerza para saber perdonar, porque Dios no puede desdecirse, y Dios es perdón, y la fuerza de Dios en ella reside el perdón. Él quiere perdonarnos.
Y sigue así, “al obrar así, Señor, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano. Y has dado a tus hijos la dulce esperanza, que después del pecado dejas lugar al arrepentimiento. Tu fuerza, Señor, es la que te hace ser clemente. Tu fuerza, Señor, es la que tú te has te apiade de nosotros los hombres. Tu fuerza, Señor, es la que quiere ser cercano a nosotros”. Por lo tanto, nosotros si tenemos que obrar en el bien, y en la verdad, y en la razón, y en la lógica, nosotros tenemos que imitar a Aquel que nos dio la vida, que precisamente en el poder ahí está la capacidad de perdonar y el deseo de perdonar.
¿Qué se nos pide a nosotros entonces? Que nosotros también seamos capaces de perdonar como Dios nos perdona y Dios nos quiere. “Al obrar así, Señor, que en tu poder está la clemencia y el perdón, nos enseñaste a nosotros que nosotros tenemos que ser humanos”. ¿Con quién? Con el otro. Y nos ha dado a tus hijos la dulce esperanza de que a pesar de que nos equivoquemos, vayamos por malos caminos, no queramos arrepentirnos, Tú nos das el perdón. Esa es la idea que nosotros podemos llevarnos hoy. Yo no sé si parece un poco alta, pero es así, señores.
¿Quién puede echarle en cara a Dios lo que ha hecho? ¿Quién tiene ese poder? ¿Quién? ¿Quién? Si a veces no podemos echárselo ni a los mismos que viven aquí en la tierra. Cuando alguien hace cosas que no debe o abusa del poder, ¿quién puede echárselo en la cara? ¿Quién? ¿Quién? No, Señor, ¿quién te va a ser si tú tienes el poder, la gloria, la sabiduría? ¿Quién somos nosotros? Pero nosotros tenemos la dulce esperanza de que después del pecado nosotros podemos llegar al arrepentimiento. Y mira, aquí viene la otra parte, ¿cómo nosotros podemos llegar al arrepentimiento? si muchas veces nos empecinamos en hacer las cosas como no deben ser, buscando el Espíritu Santo.
Por eso, la segunda lectura, que es bueno que ustedes la lean, que es la carta de Pablo a los Romanos, el capítulo 8, dice algo precioso. Dice, «El Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad”. El espíritu es la debilidad nuestra de cada día porque no sabemos cómo pedir, ni qué pedir en nuestras oraciones. Y hay veces nos vamos por cosas superfluas, y no le pedimos a Dios lo que verdaderamente nos interesa, que es ser personas dignas, unidas a Dios, luchadoras, buscando el pan de cada día, pero amando a Dios, sabiendo que Él es el Señor de todo. Pero dice, «No tenga miedo.» ¿Por qué? “Porque el propio Espíritu ruega por nosotros con gemidos y súplicas que no se pueden expresar”.
Dios conoce nuestros corazones y el Espíritu Santo le pide a Dios por cada uno de nosotros, pero nosotros dejémonos llevar por el Espíritu Santo. Y Dios que penetra en nuestro corazón escucha los anhelos del Espíritu. Hermanos, seamos fieles. Pidamos al Espíritu Santo que nos llene. Oigamos la palabra de Dios. Tengamos a Dios por sobre todas las cosas, que nos dé fuerza en las debilidades para pedir lo que más nos conviene, y para saber de qué, aún del mal Dios es capaz de sacar un bien. Pidamos eso.
¿Cuál es la otra oración? El Evangelio. Y aquí también se manifiesta la generosidad y la bondad de Dios. Se siembra la semilla buena, cae la semilla mala y entonces viene lo que nos pasa a todos nosotros. Señor, castígalos, castígalos porque siempre queremos que actúen sobre los demás. Ojalá que Dios no se fije mucho en los nuestros, no vaya a ser que también… Entonces, y el Señor le dice, «No dejen que crezcan, al final se sabrá quién da buen fruto, démosle la oportunidad”. Porque el Señor no quiere que nadie se pierda. El Señor quiere que todo el mundo vaya ahí, al lado de Él, de su mano.
Y voy a terminar haciendo una referencia al Padrenuestro. Esto que yo he dicho aquí, que tenemos que ser como como el Señor, como Dios, ser humanos. Cuando nosotros rezamos el Padre nuestro, ¿cómo terminamos el Padrenuestro? “Señor, perdona nuestras ofensas y perdona todos nuestros pecados. Así como nosotros perdonamos a aquellos que nos han ofendido”, y han pecado y nos han hecho el mal y pecado en contra de nosotros. Seamos humanos, sepamos perdonar como queremos que Dios nos perdone.
Y si queremos buscar el bien, vamos al Padrenuestro, al principio, que dice, «Señor, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Y esa voluntad de Dios empieza a hacerse cuando cada uno de nosotros quiere, desea y hace, la voluntad de Dios.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así, a buscar su voluntad y ser humanos con todos los demás. Que el Señor nos acompañe siempre.
