Mensaje radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el V domingo de Pascua, 3 de mayo de 2026

Queridos hijos e hijas: En la lectura escuchada se nos ha compartido la elección de los primeros siete diáconos de la Iglesia para que ayudaran a los apóstoles en su ministerio. Se les dio el nombre de diáconos porque estaban dedicados al servicio de la comunidad, y la palabra griega “diaconía” quiere decir “servicio”. A partir de la reunión de todos los obispos del mundo, entre los años 1962-1965, y que se llamó el Concilio Vaticano Segundo, se restableció al diaconado un carácter permanente, y se invitó a hombres solteros o casados a servir a la Iglesia por medio de él.

En la Iglesia católica, el diaconado es el primero de los tres grados del ministerio ordenado. Los diáconos son ministros del Sacramento, de la Caridad y de la Palabra.

  • Como ministros de los sacramentos, los diáconos bautizan, guían a los fieles en la oración, son testigos en los matrimonios y celebran los funerales. La Biblia describe a San Esteban como “leno de gracia y de poder, y hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo”. San Esteban fue uno de los primeros diáconos ordenados de la Iglesia. También fue el primer mártir cristiano. Esteban se asemejaba tanto a Jesús en su vida santa que su martirio fue un signo tanto natural como sobrenatural de su amor por el Señor. También inspiró a los primeros creyentes cuando se enfrentaron a la primera oleada de persecución brutal por causa de la fe.
  • Como ministros de la caridad, los diáconos son líderes a la hora de identificar las necesidades de los demás y, a continuación, movilizar los recursos de la Iglesia para satisfacerlas. San Lorenzo fue martirizado en el siglo III precisamente por hacer eso. El prefecto de Roma, un pagano codicioso, creía que la Iglesia tenía una gran fortuna escondida. Por eso, ordenó a Lorenzo que le trajera el tesoro de la Iglesia.  El santo le dijo que lo haría en tres días. Entonces recorrió la ciudad y reunió a todos los pobres y enfermos a los que la Iglesia prestaba apoyo. Cuando se los mostró al prefecto, dijo: “¡Este es el tesoro de la Iglesia!”. Enfurecido, el prefecto condenó a Lorenzo a una muerte lenta y cruel.
  • Como ministros de la Palabra, los diáconos proclaman el Evangelio, predican y enseñan en nombre de la Iglesia. San Vicente fue ordenado diácono por San Valerio, obispo de Zaragoza, y recibió el encargo de predicar en la diócesis. Dado que su obispo padecía un defecto en el habla, Vicente actuó como su portavoz. Cuando el emperador romano Diocleciano comenzó a perseguir a los cristianos en España, Vicente respondió en nombre del obispo y ambos fueron llevados ante el gobernador romano. Tras años de tortura y tormento, San Vicente murió a causa de sus heridas en prisión en el año 304, convirtiéndose en el primer mártir de España.

En nuestra Iglesia de Camagüey tenemos actualmente 12 diáconos permanentes. Son ellos Eugenio Viñas, Manolo de la Torre, Albio Reyes, Antonio Romero, Fulgencio Palacio, Vicente Acuña, Eduardo Miranda, Rolando Acuña, José Antonio Morales, Daniel Díaz de Loyola, Harold Pérez y Joaquín Vega.

Quiero citar ahora los tres consejos que dio el siempre recordado Papa Francisco a los diáconos permanentes de la Diócesis de Roma que lo visitaron con sus familias el sábado 19 de junio del 2021. Éstas fueron sus palabras: “En cuanto a lo que espero de los diáconos de Roma, añadiré tres breves ideas más que no van en la dirección de “cosas que hacer”, sino de dimensiones que cultivar.

En primer lugar, espero que sean humildes. Que todo el bien que hagan sea un secreto entre ustedes y Dios. Y así dará frutos.

En segundo lugar, espero que sean buenos esposos, buenos padres, y buenos abuelos. Esto dará esperanza y consuelo a las parejas que pasan por momentos de fatiga y que encontrarán en la sencillez genuina de ustedes una mano tendida. Podrán pensar: “¡Mira nuestro diácono! Se alegra de estar con los pobres, pero también con el párroco e incluso con sus hijos y su mujer”. Hacer todo con alegría, sin quejarse: es un testimonio que vale más que muchos sermones. Y nada de quejas.

Por último, la tercera cosa, espero que ustedes sean centinelas: no sólo que sepan divisar a los lejanos y a los pobres —esto no es tan difícil—, sino que ayuden a la comunidad cristiana a divisar a Jesús en los pobres y en los lejanos, ya que llama a nuestras puertas a través de ellos. Es una dimensión, diría también, catequética, profética, del centinela-profeta-catequista que sabe ver más allá y ayudar a los demás a ver más allá, y ver a los pobres, que están lejos. Pueden hacer suya la bella imagen del final de los Evangelios, cuando Jesús desde lejos pregunta a sus discípulos: “¿No tienen nada que comer?” Y el discípulo amado lo reconoce y dice: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 5.7). Cualquier necesidad, ver al Señor. Así, también ustedes descubran al Señor cuando, en muchos de sus hermanos más pequeños, pide ser alimentado, acogido y amado. Sí, quisiera que éste fuera el perfil de los diáconos de Roma y de todo el mundo. Trabajen en esto. Ustedes son generosos. Sigan adelante.

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