Mensaje radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el V domingo de Pascua, 3 de mayo de 2026

Buenos días a todos. Soy Mons. Juan de Dios, Obispo de esta diócesis. Hoy nos encontramos, queridos oyentes, en la intimidad del Cenáculo. Jesús está a punto de partir, y sus palabras están impregnadas de una ternura infinita. Les invito a abrir sus corazones.

Comenzamos con la medicina más poderosa contra el miedo. Jesús sabe que sus amigos se sienten huérfanos, perdidos, como un barco sin timón. Por eso, su primera palabra no es una doctrina, sino un consuelo: No se turbe su corazón’. ¿Cuántas turbulencias tenemos hoy? Enfermedades, traiciones, el futuro incierto… Pero Él nos dice: ‘Crean en el Padre, crean también en mí’. La fe no es un calmante que elimina los problemas, sino una certeza que nos dice que, pase lo que pase, hay un lugar preparado para nosotros. Jesús no se va a construir un palacio; se va a prepararnos una morada. ¡Qué intimidad! Él mismo es el arquitecto de nuestra esperanza.

Tomás, por su parte, tan práctico y sincero, se expresa con espontaneidad: ‘Señor, no sabemos a dónde vas’. Y la respuesta de Cristo es el corazón de este evangelio: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’.

En un mundo que nos ofrece muchos atajos como el dinero, el poder, el placer, Jesús se presenta como el único Camino que no decepciona.

  • No es un mapa frío, sino una persona a quien seguir. Para llegar al Padre, no basta con saber religión, hay que caminar con Jesús.
  • Es la verdad. En medio de tantas noticias falsas y medias verdades, Él es la verdad plena. Vivir en la verdad es vivir sin máscaras delante de Dios.
  • Y la vida. No una vida cualquiera, sino la vida eterna que empieza hoy. Y Felipe le pregunta: ‘Muéstranos al Padre’. Qué respuesta tan impresionante: ‘Quien me ve a mí, ve al Padre’. La ternura de Jesús es la ternura de Dios.”

Por otra parte, Jesús no nos deja llorando su ausencia, nos delega su poder. ‘El que cree en mí, hará las obras que yo hago, y aún mayores’. ¿Obras mayores que caminar sobre el agua o resucitar muertos? Sí: transformar el odio en amor, el dolor en esperanza, construir la paz en medio de la guerra. Eso sólo es posible si oramos en su nombre. ‘Yo haré lo que pidan en mi nombre’. No se trata de una fórmula mágica, sino de pedir lo mismo que Jesús querría pedir: el bien del hermano, la gloria del Padre.”

Cristo regresa al Padre, se va, pero no nos deja huérfanos. Quien ama, obedece. Y la obediencia no es un sometimiento triste, sino la alegría de vivir como Él. Nos promete al Paráclito, al Espíritu Santo, el ‘Defensor’, el que está ‘a nuestro lado’.

El mundo no puede recibir al Espíritu porque no lo ve. Pero nosotros, los creyentes, lo sentimos en el corazón. Esa paz que el mundo no da, esa alegría íntima en medio del sufrimiento, es la señal de que el Espíritu vive en nosotros. No estamos solos. El Padre, el Hijo y el Espíritu vienen a hacer su morada en el alma que ama.”

Y terminamos con ese regalo inmenso: La paz les dejo, mi paz les doy’. No como la da el mundo, que es una paz superficial, una tregua pasajera. La paz de Cristo es la serenidad de saber que, aunque todo se derrumbe, el Amor sigue firme.

La manifestación de Dios no es un espectáculo, sino una confidencia al alma que ama. Esa es nuestra victoria. El mal puede molestar, pero no puede vencer a quien vive unido a Cristo.

Que María de la Caridad, nos ayude a encontrar a Su Hijo y a reconocerlo a Él como único Camino, Verdad y Vida.

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